Análisis

El regreso a lo auténtico: Por qué las nuevas generaciones están abandonando los filtros por la «vida real»

Del auge de los móviles básicos al fenómeno del 'de-influencing', la búsqueda de la honestidad radical marca el fin de la era del postureo digital.
Molly Se-kyung

Tras años de perfección bajo filtros y un scroll infinito, ha surgido una reacción cultural imparable que está transformando nuestra forma de consumir contenido. Desde publicaciones de Instagram sin retoques hasta el sorprendente regreso de los móviles con tapa, cada vez más personas deciden plantar cara a la fatiga digital. Este giro hacia lo auténtico y las experiencias fuera de línea revela un deseo profundo de forjar conexiones genuinas en un mundo que, de tanto estar conectado, ha terminado por sentirse artificial.

La rebelión de lo analógico

En una época dominada por los smartphones de última generación, resulta llamativo ver a jóvenes adultos utilizando con orgullo cámaras desechables o teléfonos de hace veinte años. Estos dispositivos de baja tecnología han dejado de ser reliquias para convertirse en símbolos de resistencia: una forma de reclamar el tiempo y la atención que las pantallas nos roban constantemente. En redes sociales como TikTok o Instagram, las fotos de estudio están siendo sustituidas por los «photo dumps» —galerías de imágenes cotidianas— y confesiones directas a cámara sin maquillaje ni guiones preparados.

El hartazgo de la perfección

Este movimiento se ha gestado a fuego lento durante los últimos años. Durante los meses de confinamiento, cuando nuestra existencia se redujo casi por completo a lo que ocurría en una pantalla, el público empezó a cansarse de los catálogos de vidas ideales. Mientras algunas celebridades recibían duras críticas por mostrar celebraciones lujosas en momentos de crisis, la audiencia empezó a conectar con creadores más cercanos: estudiantes grabándose de manera informal en sus habitaciones o familias compartiendo sus desastres culinarios en la cocina. La honestidad pasó de ser un detalle secundario a convertirse en el valor más cotizado del mercado digital.

Salud mental y el fenómeno del ‘de-influencing’

Detrás de esta búsqueda de lo real existen factores determinantes, siendo el agotamiento el principal. Las generaciones que nunca conocieron un mundo sin redes sociales sufren hoy el estrés de estar «siempre conectados». Además, la creciente concienciación sobre la salud mental ha dejado claro que las identidades digitales excesivamente cuidadas suelen alimentar la ansiedad y la soledad. Como respuesta, ha surgido con fuerza el «de-influencing», una tendencia donde los creadores instan a sus seguidores a no comprar ciertos productos sobrevalorados, cuestionando el consumismo desenfrenado y el entusiasmo fingido de la publicidad tradicional.

Nuevos límites para la era digital

En un clima de incertidumbre económica y global, lo auténtico ofrece un respiro necesario. Las charlas sin filtros y las experiencias reales resultan reconfortantes frente a un estilo de vida que a menudo parece optimizado por algoritmos. Esta evolución está cambiando nuestros hábitos diarios: muchos usuarios ya publican contenido sin editar y establecen límites estrictos, como horas libres de pantallas, la recuperación de libros en papel o el uso de grupos privados para socializar en lugar de retransmitir su vida a cientos de desconocidos. Incluso las ventas de los llamados «dumbphones» (teléfonos básicos sin internet) han experimentado un repunte, confirmando que una parte importante de la juventud desea recuperar su autonomía.

El fin del postureo corporativo

Este cambio también ha llegado a las marcas y figuras públicas. El marketing tradicional de perfección absoluta ya solo genera desconfianza. Ahora, las empresas optan por mostrar a personas reales y momentos espontáneos para sintonizar con el ánimo del público. Incluso en el ámbito laboral, el discurso del éxito constante está dando paso a una comunicación más abierta sobre el agotamiento y el bienestar. Al final, esta rebelión silenciosa no busca abandonar la tecnología, sino utilizarla de forma más intencionada, recuperando el control sobre nuestra identidad, nuestro tiempo y nuestra atención.

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