Arte

Cecily Brown y la pregunta por el tiempo: por qué la pintura sigue importando en la era digital

La exposición en la Serpentine de Londres reabre el debate sobre memoria, deseo y presencia material en tiempos de imágenes fugaces
Lisbeth Thalberg

En una época marcada por la velocidad, la reproducción digital y el consumo instantáneo de imágenes, la artista Cecily Brown vuelve a colocar la pintura en el centro del debate cultural. Su exposición en la Serpentine de Londres no solo confirma la vigencia del medio, sino que plantea una pregunta incómoda y urgente: ¿qué significa mirar despacio cuando todo nos empuja a lo contrario?

En una cultura definida por la inmediatez, la pintura puede parecer un gesto casi desafiante por su insistencia en el tiempo y la duración. El regreso de Brown a Londres refuerza esa postura y sitúa su obra dentro de una reflexión más amplia sobre la memoria, el deseo y la relevancia persistente de la pintura como un medio físico y reflexivo.

A lo largo de su trayectoria, Brown se ha asociado con una forma de abstracción figurativa en la que cuerpos y paisajes emergen, se disuelven y reaparecen en superficies densas y vibrantes. Sus lienzos están en constante tensión. Las pinceladas chocan, se arrastran y se superponen; la perspectiva se descompone; las figuras apenas se intuyen. Mirar deja de ser un acto pasivo y se convierte en una experiencia activa, incluso incierta.

En la Serpentine South, las obras recientes dialogan con pinturas realizadas a comienzos de los años 2000, permitiendo rastrear la persistencia de ciertos motivos. Amantes entrelazados en entornos boscosos, cuerpos semisumergidos en paisajes acuáticos y escenas que oscilan entre el idilio pastoral y la carga erótica reaparecen con el paso de las décadas. No se trata de nostalgia, sino de una exploración constante: cada repetición funciona como un experimento para comprobar hasta dónde puede tensarse una imagen antes de fragmentarse.

La naturaleza, en manos de Brown, nunca es meramente descriptiva. Aunque la exposición dialoga con el entorno de Kensington Gardens, donde se ubica la galería, el parque funciona más como un paisaje mental que como un escenario concreto. En sus pinturas, el límite entre el cuerpo humano y el entorno se desdibuja. La carne se confunde con el follaje, las extremidades evocan ramas, el agua diluye los contornos. El resultado es una fusión inquietante en la que deseo y paisaje resultan inseparables.

La relación entre imagen y superficie es central en su práctica. Brown ha descrito la pintura como un proceso físico guiado por el propio material. En lienzos recientes como Froggy would a-wooing go y Little Miss Muffet, realizados entre 2024 y 2025, las referencias a canciones infantiles aparecen apenas para ser desestabilizadas por capas espesas de pintura. Pequeñas figuras inspiradas en ilustraciones victorianas parpadean en los márgenes de lo reconocible. Si existe una narración, queda deliberadamente frustrada.

En otras piezas anteriores, como Bacchanal, Couple o Teenage Wildlife, la sensualidad de la pintura como sustancia cobra protagonismo. Los cuerpos se funden, pero sus contornos son inestables y a veces indistinguibles del terreno que los rodea. El interés de Brown por el erotismo se articula a través de un lenguaje pictórico que oscila entre la revelación y el ocultamiento. La superficie se convierte en un espacio de tensión donde lo visible está siempre a punto de disolverse en la abstracción.

La muestra incluye además dibujos y monotipos que evidencian la amplitud de sus referencias visuales. La literatura infantil —desde los mundos de Beatrix Potter hasta Orlando the Marmalade Cat de Kathleen Hale— convive con ilustraciones clásicas de Ladybird. Los animales funcionan como metáforas del comportamiento humano y remiten a la ambigüedad moral de los cuentos tradicionales. Bajo la aparente dulzura de estas fuentes late una inquietud persistente: la inocencia nunca está del todo garantizada.

La biografía de Brown suele describirse como un relato transatlántico. Nacida en Londres en 1969 y formada en la Slade School of Fine Art, se trasladó a Nueva York en 1994 tras un periodo decisivo en la New York Studio School. La escala de la ciudad y su tradición pictórica marcaron profundamente su desarrollo. Durante tres décadas, su trabajo ha dialogado tanto con Willem de Kooning y Francis Bacon como con la tradición narrativa e ilustrativa británica.

Sin embargo, la exposición en Londres evita la idea simplista de un regreso a casa. Más bien sitúa su obra dentro de una historia más amplia de la pintura entendida como espacio de retorno y revisión. Su insistencia en ciertas composiciones —incluida una serie reciente de “nature walk” inspirada en la imagen de un tronco caído que cruza un río— revela su convicción de que la variación es un método. Al modificar escala, paleta y formato, Brown convierte cada pintura en una investigación abierta, no en una declaración cerrada.

Esa actitud resulta especialmente pertinente en el presente. Frente a un ecosistema visual dominado por la circulación digital y la reproducción inmediata, sus lienzos reclaman presencia física. Obligan al espectador a detenerse, ajustar la mirada y permitir que las formas se configuren con el tiempo. El significado no se impone: se construye.

El compromiso histórico de la Serpentine con el acceso público gratuito intensifica esta experiencia. Ubicada en un parque real, la galería se sitúa en la intersección entre ocio y contemplación. Las escenas de parejas paseando y figuras que deambulan por senderos arbolados dentro de los cuadros dialogan con la vida que transcurre fuera del edificio. La frontera entre arte y entorno se vuelve permeable.

En última instancia, la exposición no busca ilustrar historias concretas, sino poner a prueba la resistencia misma de la pintura. Las superficies registran gestos, dudas y revisiones; son huellas de tiempo acumulado. Así, la obra de Cecily Brown reafirma la capacidad de la pintura para albergar complejidad sin necesidad de resolverla.

En un momento en que se cuestiona el futuro del medio, esta muestra en la Serpentine de Londres demuestra que la relevancia de la pintura no reside en la novedad, sino en la persistencia. Al regresar una y otra vez a imágenes familiares y permitir que se transformen con los años, Brown convierte la repetición en una forma de pensamiento y reivindica una manera de mirar que se resiste a desaparecer.

Debate

Hay 0 comentarios.

```
?>