Ciencia

El aerogel inspirado en los búhos que podría silenciar el rugido grave de las ciudades

Un material ultraligero, basado en la estructura de las plumas de los búhos, absorbe el retumbar profundo de motores sin recurrir a espumas voluminosas. Los investigadores creen que podría ayudar a controlar una de las formas más difíciles de contaminación acústica en la vida moderna.
Peter Finch

El gruñido bajo de un autobús al arrancar, el zumbido constante de una autopista por la noche, el rumor lejano de maquinaria en obras: son sonidos que se filtran por paredes y ventanas. A diferencia de los ruidos agudos que aparecen y desaparecen, las frecuencias bajas persisten. Vibran a través del hormigón y el vidrio, convirtiendo hogares y oficinas en cámaras de resonancia de un murmullo mecánico continuo.

Los ingenieros llevan décadas intentando domar estos tonos profundos. El aislamiento acústico tradicional se basa en espumas gruesas y pesadas o en barreras densas que bloquean las vibraciones por pura masa. Funcionan, pero a un precio: paneles voluminosos, más peso y materiales que no siempre son respetuosos con el medio ambiente.

Ahora los investigadores han encontrado inspiración en un cazador sorprendentemente silencioso: el búho. Estas aves son famosas por volar casi sin hacer ruido, en parte gracias a la delicada estructura de sus plumas. En lugar de bordes lisos, presentan flecos suaves y capas porosas que dispersan la turbulencia del aire y amortiguan el sonido. Los científicos han replicado esta idea a una escala mucho menor, diseñando aerogeles de nanofibras —materiales formados por fibras extremadamente finas entrelazadas en una red porosa, similar a una esponja— capaces de atrapar y disipar el ruido de baja frecuencia.

Un aerogel suele describirse como “humo sólido” porque está compuesto en su mayoría por aire sostenido por una estructura casi etérea. Esta nueva versión utiliza fibras enmarañadas tan finas que se miden en milmillonésimas de metro. Cuando las ondas sonoras profundas penetran en el material, no simplemente rebotan. Se ven obligadas a atravesar un laberinto de diminutos conductos. En el proceso, su energía se transforma en pequeñas cantidades de calor, debilitando la vibración antes de que pueda propagarse.

El ruido de baja frecuencia es especialmente persistente porque sus ondas largas se cuelan por rendijas y paredes delgadas. Por eso los graves del equipo de música de un vecino parecen viajar a través del suelo. Al ajustar con precisión el espacio y la densidad de las nanofibras, los investigadores comprobaron que podían atacar estas ondas largas con mayor eficacia que las espumas convencionales, y hacerlo con una fracción del grosor y del peso.

El resultado es un material capaz de reducir el ruido intenso de motores hasta niveles considerados seguros, sin necesidad de acolchados gruesos. Como los aerogeles son en su mayoría aire, resultan excepcionalmente ligeros. Esto abre posibilidades en ámbitos donde el peso importa: dentro de vehículos, alrededor de maquinaria industrial e incluso integrados en paneles de construcción sin añadir volumen. Los primeros diseños también ponen el acento en la sostenibilidad, con procesos y componentes pensados para ser menos perjudiciales que muchas espumas sintéticas.

La contaminación acústica suele considerarse una molestia menor, pero sus efectos son acumulativos. La exposición crónica al tráfico o al zumbido industrial se ha relacionado con el estrés, la alteración del sueño y problemas cardiovasculares. A medida que las ciudades se densifican y los vehículos eléctricos introducen nuevos tipos de ruido tonal, gestionar el sonido deja de ser solo una cuestión de comodidad para convertirse en un asunto de salud pública.

Lo más llamativo de esta investigación no es solo el material en sí, sino la forma en que replantea el problema. En lugar de combatir el ruido con más masa, los científicos se inspiran en sistemas biológicos que funcionan gracias a su estructura. El búho no silencia el bosque por ser pesado; lo logra mediante una geometría sutil. Ese giro —de la fuerza bruta a la precisión arquitectónica— refleja una tendencia más amplia en la ciencia de materiales, donde el diseño microscópico puede superar al simple tamaño.

Aún queda camino antes de que los aerogeles inspirados en los búhos recubran muros urbanos o cerramientos industriales. Deben demostrar su durabilidad, su viabilidad económica y su capacidad de producción a gran escala. Pero el principio es claro: a veces, el camino hacia un mundo más silencioso no pasa por barreras más gruesas, sino por soluciones más ligeras y cuidadosamente diseñadas.

Si estos materiales saltan del laboratorio al uso cotidiano, el cambio quizá no sea espectacular ni visible. Puede que se perciba simplemente como la ausencia de un zumbido bajo y persistente. En un mundo que rara vez se vuelve más silencioso por sí solo, eso ya sería una transformación significativa.

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