Ciencia

Los bosques no son tan solidarios como creíamos: nuevos estudios cuestionan la “internet” secreta de los árboles

Durante años se habló de una red subterránea que permitía a los árboles ayudarse y enviarse señales. Sin embargo, investigaciones recientes dibujan un panorama más complejo, donde la competencia pesa tanto como la cooperación.
Peter Finch

Pasear por un bosque invita a imaginar a los árboles como vecinos tranquilos que se apoyan mutuamente. Libros y documentales populares han descrito vastas redes de hongos bajo tierra que conectan sus raíces, permitiéndoles compartir nutrientes e incluso enviar señales de alerta. La idea se popularizó con el nombre de “wood wide web” y transformó la manera en que muchas personas entienden los ecosistemas forestales.

Las conexiones subterráneas existen. Hongos microscópicos se adhieren a las raíces y extienden filamentos en forma de hilos por el suelo. Esos filamentos pueden enlazar varios árboles, formando redes por las que circulan agua, carbono y nutrientes de una planta a otra. Experimentos iniciales sugirieron que árboles más viejos o vigorosos transferían recursos a otros más jóvenes o sombreados, reforzando la imagen de una comunidad cooperativa.

Investigadoras como Suzanne Simard contribuyeron a dar visibilidad a estas redes y a su posible relevancia ecológica. Con el tiempo, la idea de que los árboles “cuidan” activamente de sus vecinos trascendió el ámbito científico y se instaló en la cultura popular.

Pero trabajos más recientes están matizando esa narrativa. En lugar de actuar como socios generosos, los árboles conectados por hongos podrían comportarse más bien como competidores que comparten un espacio limitado. Las mismas redes que permiten el flujo de recursos también transmiten señales químicas entre plantas cercanas. Esas señales pueden revelar si un vecino está estresado, crece con rapidez o es vulnerable a enfermedades.

Desde esta perspectiva, los árboles no necesariamente envían ayuda. Más bien ajustan su propio crecimiento en función de la información que perciben. Si un árbol cercano atraviesa dificultades, otro conectado podría aumentar su consumo de recursos para aprovechar la oportunidad. Si un rival prospera, puede redirigir su crecimiento para competir mejor por la luz y los nutrientes. La red deja de parecer un sistema de caridad y se asemeja más a un canal de información.

Las interpretaciones anteriores tendían a resaltar ejemplos llamativos de intercambio de recursos, a menudo en condiciones controladas. Estudios más recientes indican que esos casos podrían no reflejar la realidad cotidiana de los bosques. En entornos naturales, los árboles compiten con intensidad por la luz solar, el agua y los nutrientes del suelo. Las redes fúngicas que los conectan evolucionaron en ese contexto competitivo y podrían beneficiar principalmente a los propios hongos, al vincularse con múltiples huéspedes.

Este cambio de enfoque importa porque transforma nuestra visión de los ecosistemas. Concebir los bosques como comunidades cooperativas reforzó la idea de que la naturaleza se basa en el apoyo mutuo. Reconocer el papel de la competencia y el oportunismo no convierte al bosque en un lugar más hostil, pero sí más realista. Los organismos pueden estar interconectados sin ser altruistas.

También influye en cómo científicos y gestores ambientales abordan la conservación. Si las redes subterráneas funcionan sobre todo como canales de información y no como sistemas de ayuda, proteger la salud del bosque puede depender menos de preservar árboles “benefactores” y más de comprender cómo la competencia moldea su resiliencia.

La imagen de los árboles como vecinos protectores quizá perdure en el imaginario colectivo. Sin embargo, a medida que avanza la investigación, los bosques se perfilan no como colectivos armónicos, sino como sistemas dinámicos donde conexión y competencia conviven lado a lado.

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