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Come, reza, ladra en Netflix sabe exactamente por qué tienes un perro

Cinco alemanes viajan a los Alpes para corregir a sus mascotas. Los perros están perfectamente.
Veronica Loop

Hay una comedia que los espectadores españoles reconocen de inmediato, aunque no sepan nombrarla: la de la persona que lleva su propio desastre bajo el brazo, convencida de que el problema está en otro lado. La tradición que va de Calderón de la Barca hasta La que se avecina, pasando por el esperpento valleinclanesco, ha cultivado durante siglos ese mecanismo preciso: el personaje incapaz de ver lo que el público ve desde el primer minuto. Come, reza, ladra, la nueva comedia alemana de Netflix dirigida por Marco Petry, trabaja sobre ese mismo filón. Cinco dueños de perros viajan a los Alpes tiroleses para que un adiestrador de renombre corrija el comportamiento de sus animales. Los animales no tienen ningún problema.

El dispositivo de la comedia no es el perro. Es la distancia entre lo que cada personaje cree que ha venido a solucionar y lo que el espectador sabe desde el primer plano que ese personaje no puede ni quiere mirarse. Urschi es una política que adoptó a su perra Brenda como estrategia de imagen; el animal no le gusta y nunca le ha gustado, pero la gestión de la apariencia pública exige tenerlo. Helmut y Ziggy son una pareja que lleva años discutiendo a través de un Yorkshire terrier mimado llamado Gaga, como si el perro pudiera absorber lo que el matrimonio no quiere nombrar. Hakan es descrito como distante, y su pastor belga Roxy, como inseguro: la simetría entre esos dos adjetivos cruzando la frontera de especie es la escritura más afilada de todo el material previo. Babs llega con un Rottweiler que reproduce con exactitud alguna energía en ella que también está fuera de control.

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En el paisaje de la comedia popular española esto resulta inmediatamente legible, aunque por razones distintas a las que operan en Alemania. Donde la tradición germana tiende a llevar sus comedias hacia el malestar sostenido —la incomodidad de Toni Erdmann de Maren Ade, que en 2016 tomó la misma observación sobre la distancia entre el yo real y el yo representado y se negó a resolverla con calidez— la comedia española preferida por el gran público ha apostado siempre por el reconocimiento afectuoso. En Aquí no hay quien viva y en La que se avecina, los vecinos tampoco se ven a sí mismos con claridad: el chiste reside precisamente en la brecha entre la autopercepción de cada personaje y lo que la comunidad puede ver sin esfuerzo. Come, reza, ladra opera con esa misma lógica de galería de tipos, pero trasladada a un entorno alpino que sustituye al bloque de pisos madrileño por la naturaleza como cámara de presión. Los Alpes no son decorado: son el lugar donde no hay escapatoria lateral.

El personaje más rico, y el que concentra la mayor carga cómica, es Urschi, interpretada por Alexandra Maria Lara, actriz asociada en el imaginario internacional con la gravedad histórica —El hundimiento, The Reader, Rush— que aquí se enfrenta a un registro completamente distinto. Su herramienta es la precisión, no el abandono: genera comedia manteniendo la compostura de su personaje justo hasta el momento en que esa compostura resulta insostenible. Es exactamente la habilidad que requiere la política que ha convertido a un perro en instrumento de relaciones públicas: alguien que ha profesionalizado la distancia entre lo que siente y lo que muestra, colocada en un lugar donde esa profesionalización tiene cada vez menos espacio para operar. La pregunta que la película necesita responder es si el guion le da tiempo suficiente en ese punto de suspensión —el instante antes del derrumbe, cuando la máscara todavía está puesta pero ya no puede sostenerse— o si lo resuelve demasiado pronto en el calor grupal.

Devid Striesow, actor de formación teatral clásica con una trayectoria que incluye Los falsificadores y All Quiet on the Western Front, trae a la pareja en conflicto una técnica de microajuste que el cine alemán popular raramente aprovecha con esa limpieza: la cara que discrepa antes de que la voz lo haga. Y Rúrik Gíslason —futbolista islandés, ganador del programa de baile televisivo Let’s Dance en Alemania, sin apenas trayectoria interpretativa previa— interpreta al adiestrador en su tercera lengua. La comedia secundaria que genera su casting es completamente independiente del guion: alguien demasiado físicamente improbable para ser un gurú fiable, navegando el alemán con la deliberación visible de quien sabe que cada frase es también un logro técnico, sosteniendo una autoridad que la película va desmantelando en silencio. Alexandra Maria Lara ha dicho públicamente que no necesitó la protección que esperaba ofrecerle en el rodaje. Ese detalle dice más sobre la actuación que cualquier clip promocional.

El momento cultural en que llega Come, reza, ladra es peculiarmente preciso, y no solo en España. El retiro de bienestar —esa forma commodificada de autoexamen que promete transformación y entrega, en el mejor de los casos, perspectiva temporal— se ha convertido en fenómeno de masas. El mercado español de turismo wellness ha crecido de forma sostenida durante los últimos cinco años; los retiros de desconexión digital, de mindfulness, de adiestramiento integral del yo, tienen ahora la suficiente presencia cultural para ser reconocidos sin explicación, y esa reconocibilidad es el primer requisito de la comedia de situación. El campo de adiestramiento canino que es en realidad terapia de grupo es una premisa con bordes afilados si el guion quiere usarlos. Come, reza, ladra, según las primeras lecturas críticas, prefiere no usarlos.

La comparación con Faraway, la otra comedia alemana de Netflix producida por el mismo equipo —Olga Film, productores Viola Jäger y Marina Schiller, y la misma guionista Jane Ainscough—, resulta reveladora. Faraway llevaba a una mujer insatisfecha a Croacia para que el cambio de escenario precipitara el autoconocimiento. Come, reza, ladra aplica la misma lógica a cinco personajes simultáneamente y añade perros. Es la misma estructura narrativa, extendida y multiplicada. Que el equipo repita la fórmula no es una crítica: es una estrategia con resultados probados en la plataforma. Pero sí sitúa la película con precisión: no es una comedia que aspire a decir algo nuevo sobre sus personajes o su momento. Es una comedia que aspira a que sus personajes resulten reconocibles y a que el reconocimiento sea placentero.

Eat Pray Bark
Eat Pray Bark. Netflix

Come, reza, ladra llega a Netflix el 1 de abril de 2026. Está dirigida por Marco Petry a partir de un guion de Petry, Ainscough y Hortense Ullrich, producida por Olga Film —compañía de Constantin Film— y rodada en Seefeld, en el Tirol austriaco, con fotografía de Marc Achenbach.

Lo que la película no puede decirse a sí misma, y que es también lo que no puede decirle al espectador de manera directa, está justo debajo de su calidez. El perro en Come, reza, ladra está absorbiendo el trabajo emocional que su dueño no puede realizar: la brecha entre la imagen pública de la política y su indiferencia real hacia el animal, el conflicto matrimonial desplazado hacia un terrier, la desconfianza del hombre reservado comunicada sin palabras al perro que vive más cerca de él. La película revela todo esto. Lo que no puede decir es que la revelación también es una actuación. Que el grupo de desconocidos que regresa a sus ciudades respectivas habiendo comprendido sus problemas está ahora interpretando la comprensión. Que esa interpretación es también una forma de esquivarse. Que los perros —el pastor inseguro, el Rottweiler desbordante, el terrier consentido— no son solo espejos. Son testigos. Y los testigos no arreglan lo que reflejan.

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