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El muñeco de arcilla en Netflix: el cuidado como puerta al horror

Molly Se-kyung

泥娃娃 (Ní Wá Wa / El muñeco de arcilla) es una película de terror folclórico taiwanesa que plantea una pregunta incómoda desde sus primeros minutos: ¿qué ocurre cuando la capacidad de una mujer para sanar y restaurar es exactamente lo que la convierte en un objetivo? La película no responde desde el género de acción, sino desde algo más perturbador: la lógica cotidiana del cuidado.

Mu-hua es restauradora de artefactos culturales. Su trabajo consiste en reconocer objetos dañados y devolverlos a su integridad. Cuando su marido Hsu-chuan trae a casa una muñeca de arcilla rota desde una casa abandonada que su empresa de videojuegos VR estaba escaneando para un nuevo proyecto, Mu-hua no actúa de forma irracional. Actúa exactamente como ha sido formada para actuar. Y eso es lo que la película, con precisión calculada, convierte en terror.

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Un director que llegó al horror desde el montaje

Shieh Meng-ju no es un realizador recién llegado al cine. Es uno de los montadores más respetados de Taiwán, con créditos en producciones como Detention, The Tag-Along 2 y The Soul, tres de los títulos más relevantes del cine de género taiwanés de la última década. Su debut en la dirección lleva impresa esa formación: Mudborn es una película que entiende el terror como una cuestión de ritmo y retención, no de acumulación de sobresaltos.

La primera mitad del film transcurre con la cadencia de un drama doméstico que va dejando señales leves, casi imperceptibles, de que algo está desplazado. La pareja —Hsu-chuan, desarrollador de juegos de realidad virtual; Mu-hua, embarazada y volcada en su trabajo— está construida con suficiente autenticidad emocional para que la intrusión, cuando ocurre, resulte una violación de algo que el espectador ya había empezado a querer proteger.

Tony Yang interpreta al marido con una contención que se va agrietando a medida que sus competencias —técnicas, racionales, profesionales— resultan inútiles ante una amenaza que opera en el interior de su esposa. Cecilia Choi, nominada al 1er Premio del Cine de Entretenimiento de Taiwán por esta interpretación, sostiene las secuencias más físicamente exigentes del film con una precisión que impide que la posesión devenga espectáculo. Lo que transmite no es la presencia de una entidad ajena, sino la ausencia de sí misma: una mujer que observa desde el interior de su propio comportamiento sin poder interrumpirlo.

El cuerpo como territorio disputado

El horror corporal de El muñeco de arcilla ha sido señalado por la crítica internacional como la apuesta formal más ambiciosa del film. Las secuencias de efectos prácticos —rostros que emergen bajo la piel, tejidos que se deforman, el vientre del embarazo como espacio interior invadido— no funcionan como imágenes gratuitas. Funcionan como argumentos.

El cuerpo que es violado en esta película no es un cuerpo genérico. Es el cuerpo de una mujer embarazada, un cuerpo cuyas fronteras ya han sido renegociadas socialmente en función de lo que lleva dentro y de lo que se espera que produzca. La criatura y el espíritu comparten ese interior. El film sabe exactamente dónde está situando su horror, y lo sitúa allí de forma deliberada.

La secuencia que concentra con mayor precisión el argumento de la película es aquella en la que múltiples rostros presionan desde bajo el abdomen de Mu-hua. No es simplemente una imagen de violación física. Es la imagen de un territorio que era privado y ha dejado de serlo: el cuerpo materno como campo de disputa entre lo que ella lleva y lo que ha entrado sin ser invitado.

Lo virtual y lo maldito operan con la misma lógica

Uno de los elementos que distingue El muñeco de arcilla de otras producciones del subgénero es su integración de la tecnología de realidad virtual, el entorno profesional de Hsu-chuan. La VR no funciona aquí como mero decorado contemporáneo. Funciona como segundo registro del mismo mecanismo: tanto el objeto maldito como el entorno digital son espacios construidos que se sienten reales mientras se habita en ellos, y que pueden contener algo que nunca fue formalmente invitado.

El clímax de la película explota este paralelo de forma espacialmente audaz. El director divide la escena final en tres espacios simultáneos: Ah-shen, el exorcista, aislado con el espíritu; Hsu-chuan dentro del entorno VR; y Mu-hua poseída en el interior del coche que los conecta. La cámara se desplaza continuamente entre los tres. El efecto es que no existe posición de observación segura: dondequiera que se sitúe el plano, el peligro ocurre fuera de él.

La formación de Shieh como montador convierte este clímax tripartito en algo que se siente formalmente inevitable, no construido. Es la argumentación del film hecha geometría: el horror no puede contenerse en un solo lugar porque nunca estuvo localizado en la muñeca. Estaba en la red de relaciones que rodeaba a la muñeca.

Una herencia que el final no puede cerrar

El desenlace de El muñeco de arcilla es, en términos narrativos, una victoria. Mu-hua y su hija sobreviven. El espíritu es neutralizado. Pero Hsu-chuan persiste únicamente como un constructo de realidad virtual: una versión digitalizada de sí mismo con la que su esposa y su hija pueden interactuar cuando lo deseen. El mecanismo que introdujo la maldición en su hogar se convierte en el mecanismo de su presencia póstuma.

Esta resolución no es un final de esperanza. Es una pérdida que se parece, desde ciertos ángulos, a suficiente. Y el film la ofrece sin adorno, con la misma sobriedad analítica que ha gobernado sus mejores momentos.

La pregunta que el final no puede cerrar no es sobre la supervivencia de Mu-hua. Es sobre su hija, nacida de un cuerpo que fue poseído durante la gestación, hija de una mujer cuya vulnerabilidad era inseparable de su capacidad para restaurar lo roto. La formación está disponible para ser transmitida. El espíritu ha sido derrotado. La canción de cuna no ha sido silenciada. Y en algún lugar de la lógica de este mundo, hay otro objeto roto esperando que alguien con las manos adecuadas lo encuentre.

El muñeco de arcilla (泥娃娃 / Ní Wá Wa / Mudborn) es una producción taiwanesa dirigida por Shieh Meng-ju, con Tony Yang, Cecilia Choi y Derek Chang. Fue estrenada en Taiwán en octubre de 2025 y está disponible actualmente en Netflix a nivel mundial.

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