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Oscar Wilde, la memoria cultural y la vida póstuma de un genio escandalizado

A un siglo y cuarto de su muerte, la vida y la obra de Oscar Wilde siguen influyendo en los debates sobre identidad, arte y juicio histórico. Una importante subasta en Londres devuelve su legado personal al centro de la escena pública.
Martha Lucas

Ciento veinticinco años después de que Oscar Wilde muriera en el exilio, su presencia mantiene una vigencia inesperada. En una época marcada por la revisión de figuras culturales antes marginadas o condenadas, la reaparición de sus manuscritos, cartas y objetos personales invita a una nueva atención no solo sobre su escritura, sino sobre la forma en que las sociedades recuerdan, reinterpretan y otorgan valor a vidas artísticas atravesadas por la controversia.

La historia de Wilde es inseparable de cuestiones que siguen siendo profundamente actuales: el control de la identidad, el costo de la visibilidad y la relación incómoda entre el genio artístico y el poder social. Condenado en Londres en 1895 por actos homosexuales, pasó dos años en prisión antes de exiliarse en Francia. París, donde desde hacía tiempo se movía entre escritores y artistas, se convirtió en refugio y destino final. Allí murió en la oscuridad, para encontrar más tarde una presencia monumental en el cementerio de Père Lachaise, bajo la escultura alada de Jacob Epstein.

Los materiales reunidos por el coleccionista británico Jeremy Mason recorren este arco vital con una amplitud poco común. A lo largo de seis décadas, Mason no buscó una sola etapa de la carrera de Wilde, sino su totalidad, desde la ambición juvenil hasta el triunfo teatral, el encarcelamiento y el declive. El resultado no es un santuario de celebridad, sino un registro documental de un escritor cuya voz pública era inseparable de su vulnerabilidad privada.

Entre las piezas figuran fotografías tempranas tomadas en Nueva York en 1882, cuando Wilde aún estaba construyendo su personaje como provocador estético, vestido de terciopelo y seda para el circuito de conferencias en Estados Unidos. En otros documentos, las cartas revelan un tono más íntimo: notas dirigidas a la crítica Ada Leverson escritas pocas semanas antes de su arresto, correspondencia sobre el vegetarianismo y amonestaciones juguetonas enviadas a un niño, impregnadas de la ironía moral que define su prosa. Incluso se conserva una factura de las flores de su funeral, un recordatorio austero de la escasa ceremonia que acompañó su muerte.

Las obras literarias incluidas en la colección subrayan el alcance formal y la mirada internacional de Wilde. Primeras ediciones de El retrato de Dorian Gray y La balada de la cárcel de Reading aparecen junto a manuscritos y borradores, incluidos materiales relacionados con Shelley y ensayos sobre el papel del artista. Salomé, escrita en francés y concebida para Sarah Bernhardt, da cuenta de su profunda implicación con la cultura continental y de su negativa a quedar confinado dentro de las normas literarias inglesas.

Estos objetos plantean inevitablemente preguntas sobre la propiedad y el significado. Manuscritos y cartas dejan de ser actos privados de comunicación para convertirse en mercancías, con precios determinados por la escasez, la procedencia y la mitología. Al mismo tiempo, funcionan como testigos históricos. Complican la caricatura habitual de Wilde como mero ingenioso o mártir, y revelan en cambio a un escritor en pleno trabajo, atento a la amistad, al oficio y a la textura cotidiana de la vida.

Que Wilde ocupe hoy un lugar consolidado en el canon literario, y cada vez más en el discurso público sobre la historia LGBTQ+, marca una inversión profunda de su fortuna. La circulación de sus efectos personales refleja no solo admiración, sino un esfuerzo más amplio por recuperar voces que fueron silenciadas por la ley y la convención. En este sentido, la dispersión de la colección es menos un final que otro capítulo en la larga vida póstuma de Wilde.

Mientras sus palabras siguen siendo representadas, adaptadas y citadas, los frágiles papeles y fotografías asociados a su figura recuerdan que la memoria cultural se construye a partir de rastros materiales. Interpelan sobre cómo las sociedades eligen recordar a quienes antes rechazaron, y qué significa cuando la rebeldía misma pasa a formar parte del patrimonio.

DOUGLAS (LORD ALFRED) Portrait photograph of Lord Alfred Douglas, by Cameron Studio, SIGNED BY THE SITTER ("Alfred Douglas", and in a different hand "à 23 ans") on the image, [c.1893] Estimates_1,000 - 2,000
DOUGLAS (LORD ALFRED) Portrait photograph of Lord Alfred Douglas, by Cameron Studio, SIGNED BY THE SITTER («Alfred Douglas», and in a different hand «à 23 ans») on the image, [c.1893] Estimates_1,000 – 2,000

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