La increíble historia real de Lizzie Borden… Era una maestra de catequesis que descuartizó a sus padres. ¿O no?

Lizzie Borden. 1890

Introducción: El silencio en la casa de Second Street

La mañana del 4 de agosto de 1892 amaneció pesada y sofocante sobre Fall River, Massachusetts, una bulliciosa ciudad de fábricas textiles que lidiaba con las convulsiones sociales de la Edad Dorada estadounidense. Dentro de la modesta y hermética casa del número 92 de Second Street, una vivienda que carecía ostensiblemente de las comodidades modernas que su propietario podría permitirse sin problemas, reinaba una tensa calma. Era el hogar de Andrew Jackson Borden, uno de los hombres más ricos y notoriamente frugales de la ciudad. Aproximadamente a las 11:10 de la mañana, ese silencio opresivo se rompió con un único y frenético grito que resonaría en los anales del crimen estadounidense. «¡Maggie, baja!», gritó Lizzie Borden, de 32 años, a la criada irlandesa de la familia, Bridget Sullivan. «¡Baja rápido! ¡Padre ha muerto! Alguien ha entrado y lo ha matado».

Bridget, a quien la familia llamaba «Maggie», bajó corriendo las escaleras y se encontró con una escena de un horror inimaginable. Andrew Borden yacía desplomado en el sofá de la sala de estar, con el rostro destrozado y ensangrentado, desfigurado casi por completo por al menos diez golpes de un arma similar a un hacha. La habitación, sin embargo, no mostraba signos de lucha; había sido atacado mientras dormía. La pesadilla se agravó poco después, cuando una vecina, que buscaba una sábana para cubrir el cuerpo, subió al piso de arriba e hizo un descubrimiento aún más espeluznante. En el dormitorio de invitados yacía el cuerpo de Abby Durfee Gray Borden, la madrastra de Lizzie. Llevaba muerta al menos una hora y media, su cuerpo de 95 kilos boca abajo en un charco de sangre, con la cabeza brutalmente mutilada por 18 o 19 golpes salvajes.

En el centro de esta vorágine se encontraba Lizzie Borden: una mujer soltera de 32 años, remilgada y respetable, conocida en todo Fall River como una devota maestra de catequesis y una dedicada miembro de la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza. Las secuelas inmediatas de los descubrimientos la pusieron en el foco de la atención nacional, planteando una pregunta que horrorizaba y fascinaba al público a partes iguales: ¿Podría este parangón de la feminidad victoriana ser responsable de uno de los dobles asesinatos más brutales y audaces que el país había visto jamás?.

Una fortuna en una jaula de austeridad: El mundo de los Borden

El hogar de los Borden era una olla a presión de resentimiento, ambición social y una frugalidad asfixiante, que reflejaba las profundas ansiedades culturales y de clase de su tiempo. Los conflictos internos de la familia no eran meras disputas domésticas; eran una manifestación de las tensiones más amplias que atenazaban a una América en rápida industrialización, donde las antiguas familias protestantes yanquis sentían que su estatus se veía amenazado por un panorama social cambiante. Fall River era una próspera ciudad industrial, pero marcadamente segregada entre los yanquis de Nueva Inglaterra nativos y los nuevos trabajadores inmigrantes que trabajaban en las fábricas de algodón. Las frustraciones profundamente arraigadas de Lizzie se veían alimentadas por la negativa de su padre a utilizar su considerable riqueza para aislar a la familia de un mundo que ya no dominaba, lo que convertía los asesinatos en un posible, aunque horrible, acto de ascenso social.

El patriarca: un estudio de la contradicción

Andrew Jackson Borden era un hombre de considerable riqueza y posición en Fall River. Descendiente de una influyente familia local, había amasado una fortuna valorada entre 300.000 y 500.000 dólares —el equivalente a más de 10 millones de dólares actuales— a través de astutas inversiones en fábricas textiles, bienes raíces y banca. Fue presidente de un banco y formó parte de los consejos de administración de varias otras instituciones financieras y empresas. Su ascenso fue un testimonio de su perspicacia para los negocios, aunque también se le consideraba un financiero adusto y despiadado que se había ganado muchos enemigos.

Sin embargo, Andrew era legendariamente «tacaño». Eligió vivir en una casa modesta en la poco elegante Second Street, un barrio cada vez más poblado por los inmigrantes católicos que trabajaban en las fábricas de la ciudad. Esto era una fuente de profunda vergüenza para Lizzie, que anhelaba vivir entre la élite de la ciudad en el frondoso enclave de la alta sociedad conocido como «The Hill». Lo más irritante de todo era que Andrew se negaba a instalar comodidades modernas como fontanería interior o electricidad, tecnologías que eran características comunes en los hogares de los ricos de la época. La casa de los Borden, un símbolo de su posición social, era en cambio una jaula de austeridad anticuada.

Las hijas: solteronas en espera

A los 32 y 41 años, respectivamente, Lizzie y su hermana mayor, Emma, estaban solteras y vivían en casa, una situación común para las mujeres de su clase, pero que probablemente generaba un tipo de frustración único. En apariencia, Lizzie era un modelo de decoro victoriano. Era un miembro activo de la Iglesia Congregacional Central, enseñaba catequesis a los hijos de inmigrantes recién llegados y participaba en numerosas organizaciones benéficas, como la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza y la Sociedad de Esfuerzo Cristiano. Su compromiso cívico era tal que, con solo 20 años, fue nombrada miembro del consejo del Hospital de Fall River.

Emma, por el contrario, era más discreta y encajaba en el estereotipo de una solterona recluida. En su lecho de muerte, su madre le había hecho prometer que siempre cuidaría de la «pequeña Lizzie», un papel que Emma parecía haber cumplido diligentemente durante décadas.

La madrastra: una presencia no deseada

La dinámica familiar se complicaba aún más por la presencia de Abby Borden. Andrew se casó con ella tres años después de la muerte de su primera esposa, Sarah, cuando Lizzie era solo una niña. La relación entre Lizzie y su madrastra era, según todos los testimonios, fría y tensa. Lizzie creía que Abby, hija de un vendedor ambulante, se había casado con su padre únicamente por su riqueza y estatus social. Se refería a ella deliberadamente como «la señora Borden» y corregía a cualquiera que llamara a Abby su madre, un detalle que la policía anotó con interés después de los asesinatos. La familia estaba tan fracturada que las hermanas rara vez comían con sus padres.

El punto de ebullición: dinero y resentimiento

Las tensiones en el hogar giraban frecuentemente en torno al dinero. En 1887, Andrew transfirió una propiedad de alquiler a la hermana de Abby, lo que enfureció a sus hijas. En respuesta, Lizzie y Emma exigieron y recibieron la casa en la que habían vivido antes de 1871, que compraron a su padre por un dólar simbólico. Apenas unas semanas antes de los asesinatos, en una curiosa transacción, le vendieron esta propiedad de nuevo por 5.000 dólares. Otro incidente, simbólico del desprecio de Andrew por los sentimientos de Lizzie, ocurrió cuando decapitó unas palomas en el granero con un hacha. Lizzie había construido recientemente un gallinero para las aves, y su matanza fue motivo de gran disgusto.

Presagios y venenos: los días antes del hachazo

Los días previos a los asesinatos estuvieron cargados de señales ominosas y sucesos inquietantes. Estos acontecimientos, vistos en secuencia, sugieren un claro patrón de premeditación que fue pasado por alto o deliberadamente ignorado durante el juicio posterior. El intento de adquirir veneno no fue un acto aislado, sino probablemente la primera fase de un plan de asesinato que, al fracasar, obligó a cambiar a un método mucho más brutal y visceral.

Una casa aquejada por la enfermedad

A principios de agosto, toda la familia Borden —Andrew, Abby y Bridget Sullivan— se vio afectada por una grave y violenta enfermedad estomacal, caracterizada por vómitos persistentes. Lizzie afirmó más tarde haber sentido solo náuseas. Abby se alarmó tanto que visitó al médico de la familia, el Dr. S.W. Bowen, expresando su temor de que la familia hubiera sido envenenada. Andrew no era un hombre popular, y le preocupaba que sus enemigos los estuvieran atacando. El Dr. Bowen, sin embargo, desestimó sus preocupaciones, atribuyendo la enfermedad a un cordero mal conservado que habían comido durante varios días.

Una conversación premonitoria

La tarde del 3 de agosto, la víspera de los asesinatos, Lizzie visitó a su amiga Alice Russell. Durante su conversación, Lizzie habló con una sensación de pavor, diciéndole a Russell que sentía «que algo se cierne sobre mí». Expresó su temor de que un enemigo desconocido de su padre pudiera intentar hacerle daño o quemar la casa, citando su naturaleza «descortés» como motivo de su impopularidad. Esta conversación puede interpretarse como un intento calculado de sembrar la idea de una amenaza externa, una táctica clásica de distracción para desviar futuras sospechas.

El intento de comprar ácido prúsico

El suceso más incriminatorio ocurrió ese mismo día. Lizzie Borden fue identificada positivamente por Eli Bence, un dependiente de la farmacia Smith, como la persona que intentó comprar diez centavos de ácido prúsico, también conocido como cianuro de hidrógeno, un veneno de acción rápida y mortal. Afirmó que necesitaba la sustancia para limpiar una capa de piel de foca. Bence, al encontrar la petición sospechosa, se negó a vendérselo sin receta. Este incidente, que vincula directamente a Lizzie con un intento de adquirir veneno apenas 24 horas antes de que sus padres fueran asesinados con un arma completamente diferente, sugiere un plan calculado. Cuando el Plan A (veneno) fracasó, tanto porque la familia solo enfermó como porque no pudo obtener más, el asesino se vio obligado a recurrir al Plan B: el hacha. La posterior decisión del tribunal de excluir este testimonio del juicio fue un golpe crítico para la capacidad de la fiscalía de establecer la premeditación.

Una hora y media de infierno: reconstruyendo los asesinatos

Los acontecimientos del 4 de agosto de 1892 se desarrollaron con una cronología escalofriante y metódica que hace que la teoría de un intruso externo parezca casi imposible. El lapso de noventa minutos entre los dos asesinatos apunta abrumadoramente a un asesino que se sentía cómodo y familiarizado con la casa, sus ocupantes y sus rutinas: alguien de dentro.

El día comenzó sobre las 7:00 de la mañana con un desayuno normal para Andrew, Abby y John Morse, el cuñado de Andrew que se había quedado a pasar la noche. Después de la comida, Morse estableció su coartada saliendo de la casa aproximadamente a las 8:48 para visitar a otros parientes, con planes de volver para el almuerzo. Andrew partió para sus rondas de negocios matutinas poco después de las 9:00, dejando solo a Lizzie, Abby y la criada, Bridget Sullivan, en la casa cerrada con llave.

En algún momento sobre las 9:30, Abby subió al dormitorio de invitados del segundo piso para hacer la cama. Al mismo tiempo, Bridget salió al patio para comenzar la tarea de una hora de lavar las ventanas de la planta baja. Fue durante este intervalo, entre las 9:30 y las 10:30, cuando Abby fue emboscada y brutalmente asesinada. La investigación forense concluyó que primero fue golpeada en el lado de la cabeza, lo que la hizo caer boca abajo, antes de que su asesino le asestara otros 17 golpes en la nuca.

Durante la siguiente hora y media, el cuerpo de Abby Borden yació sin ser descubierto mientras su asesino permanecía dentro de la casa. Alrededor de las 10:30, Bridget terminó sus tareas exteriores y entró, cerrando la puerta mosquitera detrás de ella. Minutos después, Andrew Borden regresó a casa. Al encontrar la puerta cerrada, llamó para entrar. Mientras Bridget forcejeaba con la cerradura atascada, testificó que escuchó una «risa ahogada» o «risita» desde lo alto de las escaleras, que supuso que era de Lizzie. Este es uno de los testimonios más condenatorios de todo el caso; en ese momento, el cadáver de Abby yacía a pocos metros, y su cuerpo habría sido visible para cualquiera que estuviera en el rellano del segundo piso.

Lizzie bajó entonces y, sobre las 10:40, habló con su padre. Le dijo que Abby había recibido una nota citándola para visitar a una amiga enferma y que se había marchado. Esa nota nunca se encontró, y nunca se identificó a ningún mensajero. Tras su breve conversación, sobre las 10:55, Andrew se tumbó en el sofá de la sala de estar para echar una siesta, y Bridget, terminadas sus tareas, subió a su pequeña habitación en el ático del tercer piso para descansar. A los pocos minutos, aproximadamente a las 11:10, el asesino volvió a atacar. Andrew fue atacado mientras dormía, recibiendo 10 u 11 golpes salvajes en la cabeza que dejaron su rostro irreconocible y le partieron un ojo en dos. El ataque era tan reciente que, cuando fue descubierto, sus heridas todavía manaban sangre fresca. Fue entonces cuando Lizzie gritó a Bridget, poniendo en marcha el descubrimiento de la horrible escena.

La investigación: una red de mentiras y un vestido en llamas

La investigación de los asesinatos de los Borden fue un estudio de contradicciones, obstaculizada desde el principio por la ineptitud de la policía y los poderosos códigos sociales de la era victoriana. La deferencia mostrada a Lizzie como mujer de clase alta impidió directamente una búsqueda adecuada de pruebas, creando la misma «duda razonable» que más tarde aseguraría su libertad. Su estatus social actuó como un escudo eficaz, desviando el escrutinio en momentos críticos en los que una investigación más rigurosa podría haber descubierto pruebas condenatorias.

El comportamiento y la coartada de Lizzie

Los testigos que llegaron a la caótica escena quedaron impresionados por la notable, casi desconcertante, compostura de Lizzie. Mientras los vecinos y amigos estaban angustiados, Lizzie permaneció tranquila, no derramó ni una lágrima y sus manos estaban firmes. Este autocontrol fue visto por muchos como antinatural para una hija afligida en una época en la que se esperaba que las mujeres se desmayaran o se volvieran histéricas ante la tragedia.

Su coartada para el momento del asesinato de su padre fue inmediatamente sospechosa. Afirmó haber estado en el desván del granero durante 15 o 20 minutos, buscando plomos para una futura excursión de pesca. Los investigadores de la policía lo consideraron muy improbable. El desván estaba sofocantemente caluroso ese día de agosto, y una búsqueda en la zona no reveló huellas en la gruesa capa de polvo del suelo, lo que indicaba que nadie había estado allí recientemente. Además, su historia cambió bajo interrogatorio; en varias ocasiones afirmó estar en el patio trasero, comiendo peras en el desván o buscando los plomos.

La escena del crimen y la incompetencia policial

La investigación se vio comprometida desde el principio. La mayor parte de la policía de Fall River asistía a su picnic anual, dejando a un solo agente para responder a la llamada inicial. La casa pronto fue invadida por docenas de agentes, médicos, vecinos y curiosos, que entraban y salían, contaminando lo que debería haber sido una escena del crimen sellada. Aunque esta fue solo la segunda vez en la historia que se tomaron fotografías de la escena del crimen (la primera fue en el caso de Jack el Destripador), el manejo de las pruebas físicas fue descuidado.

Críticamente, la policía realizó solo un registro superficial del dormitorio de Lizzie. Más tarde admitieron en el juicio que no llevaron a cabo un registro adecuado porque Lizzie «no se sentía bien», una sorprendente negligencia en el cumplimiento del deber nacida de la deferencia hacia su género y clase social.

Las pruebas (o la falta de ellas)

En el sótano, la policía encontró dos hachas y la cabeza de un hacha con un mango que parecía recién roto. Se consideró que esta cabeza de hacha era el arma homicida probable, sobre todo porque la ceniza y el polvo que la cubrían parecían haber sido aplicados deliberadamente para que pareciera que había estado guardada durante mucho tiempo. Sin embargo, el caso de esta arma se debilitó gravemente cuando un químico de la Universidad de Harvard testificó en el juicio que su análisis no encontró rastros de sangre en ella ni en ninguna de las otras herramientas recuperadas de la casa.

Durante el registro, la propia Lizzie señaló un cubo con trapos ensangrentados en el sótano, explicando con calma que eran de su ciclo menstrual. En la profundamente reprimida era victoriana, esta explicación fue suficiente para detener cualquier investigación posterior por parte de los agentes masculinos, quienes, debido a los tabúes sociales, no inspeccionaron los trapos ni la interrogaron más.

El vestido quemado

Quizás el acto más incriminatorio ocurrió tres días después de los asesinatos. El domingo 7 de agosto, Alice Russell estaba de visita en la casa de los Borden cuando fue testigo de cómo Lizzie rompía sistemáticamente un vestido de pana azul y quemaba los trozos en la estufa de la cocina. Al ser interrogada, Lizzie afirmó que el vestido era viejo y se había estropeado con una mancha de pintura. Este acto de destruir pruebas potenciales, presenciado por una amiga cercana, se convirtió en una piedra angular del caso circunstancial de la fiscalía en su contra.

El juicio de una mujer victoriana

Lizzie Borden fue arrestada el 11 de agosto de 1892, y su juicio comenzó en el tribunal de New Bedford en junio de 1893. Fue una sensación nacional inmediata, un precursor de los modernos juicios-circo mediáticos que más tarde cautivarían al público. Periódicos de todo el país enviaron reporteros, y la propia prensa de Fall River se dividió profundamente, con los periódicos irlandeses de clase trabajadora atacando la culpabilidad de Lizzie y el «órgano de la casa» de la élite de la ciudad defendiendo su inocencia. El juicio no fue simplemente sobre un asesinato; fue una batalla de narrativas librada en el tribunal de la opinión pública.

El caso de la fiscalía (Hosea Knowlton y William Moody)

La fiscalía, dirigida por el fiscal de distrito Hosea Knowlton y el futuro juez del Tribunal Supremo William H. Moody, se enfrentó a una batalla cuesta arriba. Todo su caso se basaba en una red de pruebas circunstanciales; no tenían pruebas directas, ni confesión, ni un arma homicida vinculada definitivamente al crimen. Argumentaron que Lizzie era la única persona con el motivo —un odio profundo hacia su madrastra y el deseo de heredar la fortuna de su padre— y la oportunidad de cometer ambos asesinatos. Presentaron su coartada inconsistente, su comportamiento extraño y tranquilo, el intento de comprar veneno y el acto condenatorio de quemar el vestido como prueba de una conciencia culpable. La fiscalía señaló su antinatural falta de emoción como un signo de culpabilidad, contrastándola con la histeria esperada de una hija afligida. También tuvieron que lidiar con la desconcertante cuestión de cómo el asesino evitó mancharse de sangre, sugiriendo que Lizzie poseía una «astucia y destreza» únicas para cometer el crimen y permanecer limpia. En un momento de gran dramatismo, los fiscales presentaron los cráneos reales de Andrew y Abby Borden como prueba, lo que provocó que Lizzie se desmayara en la sala del tribunal.

La estrategia de la defensa (Andrew Jennings y George Robinson)

El equipo de defensa de Lizzie, que incluía al exgobernador de Massachusetts George D. Robinson, fue brillante. Desmantelaron sistemáticamente el caso de la fiscalía destacando la falta de pruebas físicas y el hecho de que nunca se encontró ropa ensangrentada, argumentando que esto era una prueba definitiva de su inocencia. Para contrarrestar la afirmación de la fiscalía sobre la oportunidad, sugirieron que un intruso desconocido podría haberse escondido en la casa o haber entrado por una puerta sin cerrar. Su estrategia principal, sin embargo, fue apelar a las sensibilidades victorianas del jurado. Presentaron a Lizzie no como una asesina potencial, sino como el ideal mismo de una mujer cristiana, gentil y piadosa, física y moralmente incapaz de un acto tan monstruoso. Su comportamiento tranquilo, que la fiscalía pintó como culpabilidad, fue reformulado por la defensa como un signo de carácter fuerte, nervios y autocontrol. El alegato final de Robinson capturó perfectamente esta estrategia cuando preguntó al jurado, compuesto exclusivamente por hombres: «¿Para declararla culpable, deben creer que es un demonio. ¿Acaso lo parece?».

El equipo de defensa explicó con éxito el confuso testimonio de Lizzie en la investigación argumentando que era el efecto secundario de la morfina prescrita por su médico para calmar sus nervios. También neutralizaron la historia del vestido quemado haciendo que Emma Borden testificara que el vestido era, de hecho, viejo y estaba manchado de pintura, haciendo que su destrucción pareciera razonable.

La absolución

La defensa se vio favorecida por decisiones judiciales clave. El juez consideró inadmisible la prueba del intento de Lizzie de comprar ácido prúsico, dictaminando que era demasiado remota en el tiempo para estar relacionada con los asesinatos. Además, las instrucciones finales del juez al jurado fueron abrumadoramente favorables a la defensa, desestimando las declaraciones inconsistentes de Lizzie como normales dadas las circunstancias y recordándoles que una «fuerte probabilidad de culpabilidad» no era suficiente para condenar. El 20 de junio de 1893, después de deliberar durante poco más de una hora, el jurado emitió un veredicto de no culpabilidad de todos los cargos. Al oír el veredicto, Lizzie se hundió en su silla y más tarde dijo a los periodistas que era «la mujer más feliz del mundo».

La prisionera de Maplecroft: una cadena perpetua de sospecha

Lizzie Borden ganó su libertad en un tribunal de justicia, pero perdió su vida en el tribunal de la opinión pública. Su absolución no fue una restauración de su existencia anterior, sino el comienzo de una nueva y dorada prisión. Alcanzó la riqueza y el estatus social por los que aparentemente había matado, solo para descubrir que era una victoria hueca. El mismo acto que le dio los medios económicos para vivir como quisiera también erigió impenetrables muros sociales a su alrededor, condenándola a una cadena perpetua de sospecha y aislamiento en la misma mansión que debía ser su premio.

Una nueva vida de riqueza

Inmediatamente después del juicio, Lizzie y Emma heredaron la considerable fortuna de su padre. Dejaron la sombría casa de Second Street y compraron una gran y elegante mansión de estilo Reina Ana en el distinguido distrito de «The Hill» que Lizzie siempre había codiciado. Bautizó la casa como «Maplecroft» y empezó a insistir en que la gente la llamara «Lizbeth», en un intento de desprenderse de su infame pasado. Las hermanas llevaron una vida lujosa, empleando a un gran personal y disfrutando de todas las comodidades modernas que su padre les había negado.

Ostracismo social

A pesar de su inocencia legal y su nueva riqueza, la sociedad de Fall River le dio la espalda por completo. Antiguos amigos la abandonaron, y cuando asistía a la Iglesia Congregacional Central, los feligreses se negaban a sentarse cerca de ella, dejándola aislada en un mar de bancos vacíos. Finalmente, dejó de asistir. Maplecroft se convirtió en el blanco de los niños del lugar, que lanzaban huevos y grava a la casa y tocaban el timbre como una broma. Lizzie se convirtió en una reclusa, rara vez salía de su casa y, cuando lo hacía, viajaba en un carruaje con las cortinas echadas. Su aislamiento se agravó en 1897, cuando fue acusada, aunque nunca imputada, de hurto en una tienda de Rhode Island.

La ruptura final con Emma

Lizzie encontró consuelo en el teatro y desarrolló una estrecha e intensa amistad con una actriz llamada Nance O’Neil. La relación fue objeto de muchos cotilleos, y muchos especularon que era romántica. En 1905, Lizzie organizó una lujosa fiesta en Maplecroft para O’Neil y su compañía de teatro. Para Emma, que había apoyado a su hermana durante el juicio y el ostracismo inicial, esto fue la gota que colmó el vaso. Se mudó bruscamente de la casa y nunca más volvió a hablar con Lizzie. Cuando un periódico le preguntó por qué se había ido, Emma solo dijo que «las condiciones se volvieron absolutamente insoportables».

Últimos años y muerte

Lizzie Borden vivió los 22 años restantes de su vida como una figura rica pero profundamente solitaria dentro de los muros de Maplecroft. Tras un año de enfermedad, murió por complicaciones de una neumonía el 1 de junio de 1927, a la edad de 66 años. En un último y extraño giro, su hermana Emma, de la que estaba distanciada, murió solo nueve días después. Lizzie fue enterrada en la parcela familiar de los Borden en el cementerio de Oak Grove, con su tumba marcada con el nombre que había elegido, «Lisbeth Andrews Borden».

Conclusión: El perdurable misterio de Lizzie Borden

Aunque Lizzie Borden fue absuelta, ha seguido siendo la principal sospechosa durante más de un siglo. La pura improbabilidad de que un intruso externo cometiera ambos asesinatos con noventa minutos de diferencia, junto con su motivo, medios y comportamiento sospechoso, crea un caso convincente de su culpabilidad. Sin embargo, la falta de un arma homicida o de ropa ensangrentada ha permitido que persistan otras teorías.

Sospechosos alternativos

Aunque la mayoría de las pruebas apuntan a Lizzie, la especulación se ha centrado ocasionalmente en otras personas que estuvieron presentes o tenían alguna conexión con la familia.

  • Bridget Sullivan: Como la única otra persona que se sabe que estaba en la casa, la criada de la familia ha sido considerada sospechosa o cómplice. Los escépticos se preguntan cómo pudo estar descansando en el ático y no oír nada del brutal ataque a Andrew Borden en la primera planta. Un rumor persistente sugiere que Lizzie le pagó para que abandonara el país después del juicio.
  • John Morse: El tío materno de Lizzie tenía una coartada, ya que estaba visitando a otros parientes en el momento de los asesinatos. Sin embargo, su visita fue sospechosamente oportuna, y algunos han teorizado que pudo haber conspirado con Lizzie en el complot.
  • Un intruso desconocido: La defensa sembró con éxito la idea de un asesino misterioso. Varios testigos declararon haber visto a un hombre extraño cerca de la propiedad, y un granjero dijo más tarde a la policía que se encontró con un hombre con un hacha ensangrentada en el bosque a kilómetros de la ciudad. Esta teoría del «hombre salvaje», aunque sin fundamento, ayudó a crear la duda razonable necesaria para el jurado.
  • Emma Borden: Aunque estaba a 24 kilómetros de distancia de vacaciones, algunas teorías sugieren que Emma podría haber regresado en secreto para cometer los asesinatos, quizás por los mismos resentimientos que motivaron a Lizzie, quien luego encubrió a su hermana.

El legado en la cultura popular

El caso de Lizzie Borden marca un momento crucial en la intersección del crimen, los medios de comunicación y la política de género en Estados Unidos. Su legado perdura no porque el crimen quedara sin resolver, sino porque se transformó en un texto cultural sobre el que la sociedad proyecta sus ansiedades sobre la agencia femenina, el resentimiento de clase y la falibilidad de la justicia. El juicio fue uno de los primeros en ser sensacionalizado por los medios de comunicación nacionales, estableciendo una plantilla para el consumo público de crímenes reales que continúa hasta hoy.

La notoriedad de la historia se consolidó con la macabra canción infantil para saltar a la comba que surgió poco después: «Lizzie Borden cogió un hacha / y a su madre cuarenta hachazos le dio / Cuando vio lo que había hecho / a su padre cuarenta y uno le dio». Aunque inexacta en casi todos los detalles —era su madrastra, con un hacha de mano, y con muchos menos golpes— la simplicidad espeluznante de la rima aseguró la inmortalidad de la historia.

La saga ha sido reinterpretada infinitamente en libros, un ballet (Fall River Legend), una ópera y numerosas películas y series de televisión. La más reciente es la serie antológica de crímenes reales de Netflix Monster, que dedicará su cuarta temporada al caso. La propia casa del asesinato se ha comercializado como una atracción turística y un bed and breakfast notoriamente «encantado», donde los huéspedes morbosamente curiosos pueden dormir en las mismas habitaciones donde Andrew y Abby Borden fueron masacrados.

En última instancia, la cuestión de si Lizzie Borden lo hizo se ha vuelto secundaria a lo que su historia representa. Es un mito fundacional estadounidense: un oscuro cuento de hadas sobre la represión victoriana, los conflictos familiares y la aterradora violencia que puede estallar detrás de una fachada respetable. El cisma entre el veredicto legal y el veredicto de la opinión pública ha dejado un espacio permanente para la duda y la fascinación, asegurando que el fantasma de Lizzie Borden, y las preguntas sin respuesta de aquella calurosa mañana de agosto, continúen atormentando la imaginación estadounidense.

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