Teatro

El regreso de «Sí, Primer Ministro»: El duelo final de Jim Hacker contra la cultura de la cancelación

La nueva obra de Jonathan Lynn traslada la genialidad de la sátira británica de los pasillos del poder a las aulas de Oxford en una despedida magistral que enfrenta el cinismo clásico con la transparencia moderna.
Martha Lucas

La mítica sátira política que definió una era en la televisión regresa con el estreno de «I’m Sorry, Prime Minister», una producción que lleva el legado de Jim Hacker desde los despachos gubernamentales hasta el complejo mundo académico actual. Escrita y dirigida por Jonathan Lynn, cocreador de la ficción original, la obra desembarca en el Teatro Apollo tras su exitoso paso por el Barn Theatre. En esta entrega final, el sistema de poder se enfrenta a una era de transparencia radical, poniendo a prueba si las viejas tácticas de manipulación y lenguaje ambiguo de Whitehall siguen siendo eficaces en el contexto social contemporáneo.

La sátira política suele ser un producto perecedero, estrechamente ligado a las ansiedades específicas de su tiempo. Sin embargo, la maquinaria del Estado —con su ofuscación estratégica y sus maniobras defensivas— permanece notablemente estática. Esta continuidad es la que impulsa la narrativa de una pieza que traslada la saga de Jim Hacker a la tensa dinámica de la universidad moderna. La trama explora si las antiguas herramientas del poder pueden funcionar en un mundo que no perdona el pasado.

En esta nueva etapa, Griff Rhys Jones asume el papel de un Jim Hacker ya retirado. Lejos de su antiguo Ministerio de Asuntos Administrativos, Hacker intenta disfrutar de una jubilación tranquila como rector del Hacker College en Oxford. Sin embargo, la lucha por el poder no se detiene con la jubilación. El antiguo primer ministro se encuentra ante una crisis puramente moderna: la amenaza de ser «cancelado» por un comité de estudiantes y académicos. Este conflicto permite a Lynn enfrentar el cinismo procedimental de finales del siglo pasado con las certezas morales del momento cultural presente.

Para navegar por este campo de minas, Hacker cuenta de nuevo con su eterno rival y aliado necesario, Sir Humphrey Appleby. Clive Francis retoma el papel del funcionario público cuya pasión por las frases en latín y la obstrucción burocrática no ha decaído con la edad. La elección de Rhys Jones y Francis sitúa a dos veteranos del género en un diálogo que profundiza tanto en la mortalidad como en la política oficial. La narrativa los muestra intentando superar a un cuerpo estudiantil hostil y a las realidades de un mundo en constante transformación.

El reparto se completa con William Chubb en el papel de Sir David y Stephanie Levi-John como Sophie, junto a Princess Donnough y Eliza Walters. La producción, codirigida por Michael Gyngell, no se presenta como un simple ejercicio de nostalgia, sino como un mordaz comentario sobre la fricción entre generaciones. Se plantea así una pregunta pertinente sobre la longevidad de los arquetipos políticos: ¿pueden los maestros del doble sentido sobrevivir en una era que exige una transparencia absoluta?

La huella cultural de estos personajes es inmensa. La serie original fue, en su momento, el programa favorito de Margaret Thatcher y logró capturar como ninguna otra la tensión entre los cargos electos y el funcionariado de carrera, cosechando múltiples premios y asegurándose un lugar permanente en el imaginario colectivo. Al visitar a estos personajes en sus años de madurez, la obra ofrece una conclusión necesaria a décadas de conversación sobre la autoridad. Sugiere que, aunque los escenarios cambien de las salas del Gabinete a los patios universitarios, el absurdo del poder institucional permanece como una fuerza inmutable en la vida pública.

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