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Confió en él 3 años. La policía escuchó la grabación y tardó 7 meses en llamar al FBI

Un falso profeta abusó de niñas de 9 años en una comunidad cerrada de Estados Unidos. Todo estaba documentado. La fiscalía tardó años en actuar.
Veronica Loop

Una psicóloga especializada en sectas entregó a la policía local una grabación en la que Samuel Bateman describía los abusos sexuales que cometía contra niñas desde los 9 años. Siete meses después, esa misma policía llamó al FBI. Durante ese intervalo, los abusos continuaron. La nueva docuserie de Netflix dirigida por Rachel Dretzin reconstruye, con imágenes rodadas desde dentro, cómo una comunidad cerrada de Utah y Arizona produjo un segundo profeta abusador después de que el primero ya estuviera en prisión.

Confía en mí: El falso profeta es la nueva docuserie de cuatro episodios de Netflix dirigida por Rachel Dretzin, la misma cineasta que en 2022 firmó Keep Sweet: Reza y obedece, vista en todo el mundo durante 58 millones de horas en sus dos primeras semanas. Dretzin regresa al mismo territorio geográfico y humano: Short Creek, la comunidad fronteriza entre Arizona y Utah que ha sido durante décadas el núcleo de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una secta polígama escindida del mormonismo oficial. Esta vez, la diferencia es que la cámara estuvo adentro desde el principio.

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Un vacío de poder que nadie quiso llenar

Cuando Warren Jeffs, el anterior líder de la FLDS, fue condenado en Texas a cadena perpetua por abuso sexual infantil, dejó atrás una comunidad teológicamente desorientada y políticamente vulnerable. Bateman entendió ese vacío. En 2019 comenzó a proclamarse sucesor divino de Jeffs y acumuló más de 20 «esposas espirituales», de las cuales al menos 10 eran menores de edad. Sus seguidores, obedeciendo lo que él llamaba la voluntad del Padre Celestial, le entregaban a sus propias hijas como esposas. Los hombres que se resistían eran expulsados de la única comunidad que habían conocido.

El mecanismo de control que Bateman utilizaba tenía un nombre: las «ceremonias de expiación». Consistían en actividades sexuales grupales con sus esposas adultas y menores, presentadas como mandato divino. En esas ceremonias, las víctimas eran forzadas a participar con él y con otros seguidores adultos de sexo masculino. La violencia no era física en el sentido convencional: era la violencia de un sistema cerrado en el que Dios y el profeta son la misma persona, y donde dudar equivale a condenarse.

La razón por la que este sistema funcionó durante años frente a las narices de las autoridades tiene raíces históricas. En 1953, el gobernador de Arizona ordenó una redada masiva en Short Creek que resultó en la detención de 164 niños y en un escándalo político tan devastador que hundió su carrera. La lección que aprendieron las fuerzas del orden en los estados de Arizona y Utah fue inequívoca: intervenir en esta comunidad tiene un costo político que no vale la pena pagar. Décadas después, esa memoria institucional seguía operando cuando Christine Marie entregó su grabación y esperó.

El accidente que desencadenó todo

El arresto de Bateman no fue resultado de la grabación de Christine Marie ni de los informes sistemáticos que ella había presentado durante años. Fue resultado de un accidente: en agosto de 2022, un agente de la Policía de Carreteras de Arizona detuvo en la Interestatal 40 un tráiler cerrado que Bateman llevaba hacia Phoenix. Por la rendija de la puerta asomaban unos deditos pequeños. En el interior, sin ventilación, con un cubo como baño, había tres niñas de entre 11 y 14 años.

Bateman quedó en libertad bajo fianza. El FBI allanó sus domicilios en septiembre y rescató a nueve menores, que fueron puestas bajo custodia del Departamento de Protección Infantil de Arizona. Desde la cárcel, Bateman coordinó un operativo para sustraer a esas niñas de sus hogares de acogida. Ocho de ellas fueron trasladadas hasta Spokane, Washington, donde la policía las localizó días después. El hecho de que Bateman fuera capaz de organizar un secuestro infantil transfronterizo desde una celda usando aplicaciones de mensajería cifrada dice mucho sobre el alcance de su autoridad sobre sus seguidores incluso después de su detención.

El caso federal que siguió fue exhaustivo. Once adultos fueron condenados junto a Bateman. Dos fueron juzgados y declarados culpables por un jurado; el resto se declaró culpable en el marco de acuerdos de cooperación con la fiscalía. En diciembre de 2024, la jueza federal Susan M. Brnovich condenó a Bateman a 50 años de prisión seguidos de libertad vigilada de por vida. «El daño que usted ha causado es, sencillamente, inconmensurable», declaró la magistrada en el momento de la sentencia.

Christine Marie y el dilema del testigo infiltrado

La docuserie de Dretzin se construye alrededor de Christine Marie y de su marido, el videógrafo Tolga Katas, como su eje narrativo. Esa elección tiene una consecuencia formal: el relato adopta la perspectiva de quienes tomaron la decisión de infiltrarse, documentar y entregar las pruebas. Es una narrativa de victoria, y las narrativas de victoria tienen sus propias limitaciones estructurales. Making a Murderer, la serie de Netflix de 2015 que estableció el estándar del true crime de larga duración en plataformas, fue criticada por construir su caso de forma selectiva. La pregunta que toda docuserie de este género debe responder es si la elección de perspectiva ilumina o simplifica la realidad que examina.

Lo que distingue a Trust Me de sus predecesoras es precisamente lo que Christine y Tolga aportaron: imágenes en tiempo real desde dentro de una comunidad cerrada que, de otro modo, habría sido invisible. No hay reconstrucciones. No hay testimonios retrospectivos de lo que alguien cree recordar. Hay imágenes rodadas mientras sucedía.

La criminología del control coercitivo en grupos de alta autoridad documenta un patrón que el caso Bateman ilustra con precisión clínica: las víctimas de la autoridad profética no son sólo abusadas, sino integradas arquitectónicamente en el sistema de abuso. Las mujeres adultas que participaron en el secuestro de las menores desde la custodia estatal eran, en muchos casos, víctimas del mismo sistema que las convirtió en cómplices. Varias habían sido entregadas a Bateman cuando eran menores. Sus abogados argumentaron que la línea entre víctima y responsable en un sistema coercitivo cerrado no puede trazarse con los mismos instrumentos que se usan en contextos seculares. La fiscalía lo reconoció, en parte, en la graduación de los cargos que presentó.

Lo que la sentencia no puede cerrar

En 2023, informaciones de prensa revelaron que miembros de la FLDS se habían reagrupado en Dakota del Norte y que el hijo de Warren Jeffs, Helaman, había emergido como figura de autoridad. La secta no se disolvió con la condena de Bateman: se adaptó. La pregunta que ningún fallo judicial puede responder es si la condición estructural que hizo posible a Bateman, ese umbral de intervención policial elevado en comunidades religiosas cerradas por memoria política y por el costo histórico de actuar, ha cambiado de forma sustancial o simplemente ha quedado en suspenso hasta el próximo caso.

Christine Marie dijo, después de la sentencia: «Muchos líderes que se proclaman profetas o gurús nunca rinden cuentas.» En el caso de Samuel Bateman, las rindió. Pero el sistema que lo produjo sigue en pie.

Confía en mí: El falso profeta, la docuserie de cuatro episodios de Netflix dirigida por Rachel Dretzin, se estrena globalmente el 8 de abril de 2026. Cada episodio tiene una duración aproximada de 45 minutos.

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