Estamos acostumbrados a que el true crime sea una autopsia del pasado. Vemos casos cerrados, forenses analizando pruebas frías, y respiramos tranquilos desde la distancia segura del tiempo. Pero, ¿qué ocurre cuando el crimen no es un evento pasado, sino un espectáculo transmitido en directo? ¿Qué pasa cuando la tragedia se transforma en contenido y una negociación de rehenes se somete a la tiranía del rating?
Un nuevo documental de Netflix, titulado «El caso Eloá: Un secuestro en directo», se sumerge en los archivos de uno de los momentos más oscuros y mediáticos de la historia reciente de Brasil. La producción revisita el secuestro que «paralizó a Brasil», un caso desgarrador de violencia de género que se descontroló por una razón aterradora: la nación entera estaba mirando. El documental no es solo la reconstrucción de un crimen; es la autopsia de un circo mediático y un fracaso institucional que se desarrolló, en tiempo real, frente a millones.
El Apartamento
El escenario fue un apartamento común en un conjunto habitacional de Santo André, São Paulo. Una tarde cualquiera, Eloá Pimentel, de 15 años, hacía un trabajo escolar con tres amigos. Estaban allí su amiga Nayara Rodrigues da Silva, también de 15, y dos compañeros, Iago Vilera y Victor Campos.
La normalidad se rompió cuando Lindemberg Alves, de 22 años y exnovio de Eloá, irrumpió en la vivienda. Estaba armado con una pistola. El motivo era tan trágico como común: él «decía no aceptar el fin de la relación».
Poco después de entrar, Alves liberó a los dos chicos, Iago y Victor. Pero mantuvo cautivas a Eloá y a su amiga Nayara. Así comenzó un asedio que pasaría a la historia como el secuestro más largo registrado en el estado de São Paulo: una terrible prueba de resistencia que se extendió por más de cien horas. Cien horas en las que un crimen doméstico se transformó en un espectáculo nacional.
«Estamos al aire»: Cuando la Prensa se Convierte en Protagonista
Esas cien horas fueron el caldo de cultivo perfecto para el desastre. Lo que debía ser una zona de crisis controlada por la policía se convirtió en un set de televisión al aire libre. La escena era un caos de «prensa, policía, mucho ajetreo». El secuestro se transmitía «casi en tiempo real por televisión» y, como era de esperar, la audiencia era «altísima para todo mundo».
La barrera entre observar y participar se disolvió casi de inmediato. Varios canales de televisión consiguieron el número de teléfono del apartamento. La presentadora Sônia Abrão, de RedeTV!, llamó e hizo una entrevista en vivo y en directo con Lindemberg, el secuestrador. Los testigos describieron la escena como «chocante»: una celebridad de televisión hablando con el criminal, en directo, mientras este mantenía a dos adolescentes a punta de pistola. Años después, Abrão declaró no haberse arrepentido y que «lo haría de nuevo».
No fue la única. En el programa matutino «Hoje em Dia» de Record, la presentadora Ana Hickmann tuvo una idea: sugirió en directo que el secuestrador o las víctimas hicieran una «señal en la ventana» para «mostrar que todo está bien» y calmar al público. Su copresentador, Britto Jr., secundó la moción, calificándola de «buena».
Este frenesí mediático tuvo consecuencias directas y catastróficas. El secuestrador, desde dentro del apartamento, podía ver todo lo que ocurría fuera a través de su propia televisión, incluyendo la estrategia y el posicionamiento de la policía. Un promotor del caso afirmó que una presentadora, al asumir el rol de negociadora, «entorpeció la negociación». El criminal, lejos de ser aislado, recibió una «notoriedad» que lo hizo sentir «un astro». Mientras tanto, en la calle, cientos de personas se congregaban. Algunas, incluso, «aprovechaban la presencia de las cámaras para intentar salir en televisión». Era, oficialmente, un reality show.
El Error Inconcebible
Mientras el circo mediático ardía, se desarrollaba un grave fracaso de procedimiento policial. La operación del Grupo de Ações Táticas Especiais (GATE) de la policía de São Paulo estuvo marcada por lo que se ha descrito como «errores flagrantes».
El error más grave, y quizás el más incomprensible, tuvo que ver con Nayara Rodrigues. Tras ser liberada por Lindemberg, y estando ya a salvo, la policía tomó una decisión inexplicable: le pidieron que regresara al apartamento.
Un oficial fue a casa de Nayara para pedirle que «ayudara en las negociaciones». El coronel al mando de la operación, Flávio Depieri, autorizó el regreso de la chica de 15 años al cautiverio. Un exsecretario nacional de Seguridad Pública calificaría más tarde esta decisión como un error capital. La policía, en un intento por resolver una crisis que ya no controlaban, envió a una civil menor de edad de vuelta a la línea de fuego. Años después, la justicia determinaría que esta acción fue uno de los «errores de la acción policial» y condenaría al Estado a pagar una indenmización a Nayara.
El Desenlace
La olla a presión, alimentada por cien horas de negociaciones fallidas, interferencia mediática y tácticas policiales «totalmente desastrosas», finalmente explotó. La policía decidió invadir el apartamento.
El testimonio de Nayara, la superviviente, es crucial. Ella declaró que oyó disparos antes de que la policía lograra entrar. Según su relato, Lindemberg arrastró una mesa para bloquear la puerta; ella se cubrió con un edredón y entonces oyó tres disparos. Inmediatamente después, la policía derribó la puerta.
Durante el asalto, Lindemberg disparó contra ambas jóvenes. Las dos fueron trasladadas de urgencia al hospital. Nayara, a pesar de sus heridas, sobrevivió. Eloá Pimentel no; fue declarada con «muerte cerebral».
La Vida Después
En los años siguientes, los implicados en la tragedia tomaron caminos divergentes.
Lindemberg Alves fue juzgado y declarado culpable de 12 crímenes. Fue condenado (las fuentes varían entre 39 y 98 años de prisión) y enviado a la Penitenciaría de Tremembé en São Paulo. Recientemente, obtuvo la progresión al «régimen semiabierto». Los informes sobre su tiempo en prisión lo describen como un «estudiante» que mantiene un «comportamiento ejemplar».
Nayara Rodrigues, por su parte, eligió el camino opuesto. Hoy lleva una «vida discreta». Estudió ingeniería y evita activamente dar entrevistas sobre el trauma que vivió. Sin embargo, el escrutinio público no la ha soltado. A raíz del anuncio del nuevo documental, la cuñada de Eloá, Cíntia Pimentel, cuestionó públicamente la amistad entre las dos jóvenes («¿será que eran tan amigas?»), señalando que Nayara «nunca más buscó a la familia» después de la tragedia. El comentario generó una nueva polémica, obligando a psicólogos a intervenir en el debate público para explicar que la reacción de Nayara es coherente con el «síndrome de sobreviviente» (culpa del superviviente) o la «disociación», un mecanismo de defensa ante un trauma extremo.
Lo Que (finalmente) Revela el Documental
El documental, dirigido por Cris Ghattas y producido por Paris Entretenimento, llega en un momento peculiar: el perpetrador goza de beneficios penitenciarios y la superviviente sigue siendo juzgada públicamente. Su relevancia radica precisamente en el material que saca a la luz.
Durante aquellas cien horas, las voces que dominaron la transmisión fueron las del secuestrador, los presentadores de televisión y los portavoces de la policía. La voz de Eloá se perdió en el ruido.
Esta nueva producción presenta, por primera vez, «extractos nunca antes divulgados del diario de la adolescente Eloá Pimentel». Y, quizás lo más importante, ofrece los testimonios de personas que hablan «públicamente sobre el crimen por primera vez»: su hermano, Douglas Pimentel, y su amiga, Grazieli Oliveira. El filme también entrevista a periodistas y autoridades que siguieron el caso, buscando reconstruir no solo el crimen, sino el circo que lo rodeó.
Más que un true crime, el documental es un intento de recuperar la narrativa. Un esfuerzo por silenciar el ruido ensordecedor de la cobertura en directo y, finalmente, escuchar la voz de la víctima.
El documental «El caso Eloá: Un secuestro en directo» (Caso Eloá: Refém ao Vivo) se estrena en Netflix el 12 de noviembre.
