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Los pasillos del juzgado en Netflix entiende lo que ningún drama judicial ha confesado

La bata negra no cambia al hombre. Solo le da más poder para ser exactamente quien ya era.
Martha O'Hara

La segunda temporada de Los pasillos del juzgado (Maamla Legal Hai) llega a Netflix con una proposición estructuralmente impecable: el abogado que conocía todos los trucos del sistema acaba de convertirse en juez. El absurdo no está en el sistema. El absurdo es que eso se llame ascenso.

El juzgado de distrito de Patparganj, en el norte de Delhi, no es un tribunal de justicia. Es un ecosistema. Lo que ocurre dentro de sus pasillos atiborrados de expedientes, bajo los ventiladores de techo que funcionan cuando quieren, entre abogados que conocen los nombres de los funcionarios y los horarios del recreo antes que el texto de la ley, no tiene demasiado que explicar a ningún español que haya pisado alguna vez un juzgado de primera instancia. El reconocimiento es inmediato. El atasco también.

España cerró 2025 con más de 4,6 millones de asuntos pendientes en sus tribunales. La jurisdicción penal creció casi un doce por ciento. En algunas ciudades, los señalamientos civiles llegan ya a 2027. La Audiencia Nacional pidió nuevos juzgados ante una situación que sus propios magistrados describieron como próxima al colapso. La India tiene 55 millones de casos pendientes. El número es diferente. La experiencia de cruzar el umbral de un pasillo judicial con un expediente bajo el brazo y una fe cada vez más difícil de justificar es, en lo esencial, idéntica.

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Lo que Los pasillos del juzgado entiende, y que pocos dramas judiciales han tenido el valor de decir con claridad, es que el problema no son los malos funcionarios. El problema es que los buenos funcionarios llevan tanto tiempo dentro de la máquina que ya no distinguen entre arreglar el sistema y sobrevivir en él. El abogado V.D. Tyagi, al que da vida Ravi Kishan con esa intensidad de actor de provincia que lo convierte todo en un acontecimiento, es el retrato más exacto de este mecanismo: un hombre brillante que ha dedicado su carrera a encontrar el camino alrededor del obstáculo. No contra el obstáculo. Alrededor. El sistema sigue en pie. Él también. Eso se llama, en la tradición cómica española desde Berlanga hasta los hermanos Caballero, la picaresca. En India lo llaman jugaad. El concepto es el mismo. La persona ingeniosa que navega la disfunción institucional como si fuera un mérito propio. En ambas tradiciones, la comedia los quiere. Y en ambas tradiciones, si uno se detiene un momento más de la cuenta, resulta que la risa protege algo incómodo.

La temporada 2 promueve a Tyagi al estrado. Es la única decisión narrativa que tenía sentido, y es también la más implacable: el hombre que sabía todos los trucos debe ahora ser la autoridad contra la que se usan esos trucos. No hay ninguna razón para creer que algo cambia. La bata es nueva. El hombre es el mismo. Y la comedia que genera esa contradicción es del tipo que la mejor tradición cómica española ha cultivado con especial cariño: la del personaje que accede a un cargo que le queda grande en las formas y que, sin embargo, le viene perfectamente en el fondo. Juan Cuesta, el eterno presidente de comunidad de Aquí no hay quien viva, habría entendido a Tyagi a la primera.

El reparto que rodea esta ecuación funciona con la precisión de un juicio que, excepcionalmente, sale a tiempo. Nidhi Bisht compone a Sujata Negi desde un lugar que tiene poco de actuación y mucho de reconocimiento: Bisht estudió derecho, ejerció en el Tribunal Superior de Delhi y luego cambió los tribunales por las cámaras. Su Sujata es la mujer más competente de cada escena y la que menos probabilidades tiene de que alguien lo note. Esa combinación de eficacia invisible e indignación contenida es el combustible cómico más fiable del ensemble. Naila Grewal, como la joven abogada con título de Harvard que debe aprender que la ley y la justicia son disciplinas relacionadas pero distintas, lleva el arco del personaje con una sequedad que evita cualquier sentimentalismo. No aprende que el sistema es cruel. Aprende que el sistema es así, y que eso exige un tipo concreto de inteligencia que ninguna universidad enseña.

La segunda temporada incorpora a Kusha Kapila, cuya comedia en redes sociales ha construido su fortuna sobre la brecha entre cómo se presenta un personaje y lo que hay debajo de la presentación, y a Dinesh Lal Yadav, estrella del cine bhojpuri que comparte con Ravi Kishan una tradición de entretenimiento popular del norte de India que la televisión en streaming apenas había representado hasta hace poco. La combinación no es caprichosa. Es una declaración sobre qué clase de comedia pretende hacer Netflix India en este momento: una que no mire hacia las salas de juntas de Bombay ni hacia los apartamentos luminosos de las series urbanas, sino hacia los pasillos oscuros y ruidosos donde se hace el trabajo real de las instituciones.

Esa ambición tiene precedentes en la tradición española. Turno de oficio, la serie de Antonio Mercero para TVE que en 1986 fue la primera producción televisiva española en retratar el sistema judicial con honestidad, llegó exactamente a la misma conclusión que Los pasillos del juzgado, aunque desde el ángulo opuesto: el primero mostraba la justicia desde los ciudadanos que la necesitaban; la serie india la muestra desde los profesionales que la administran. El resultado es cómicamente diferente y moralmente idéntico. La distancia entre lo que el sistema promete y lo que entrega es siempre la misma. Cambia quién está en qué lado del mostrador.

Los pasillos del juzgado se estrena en Netflix el 3 de abril de 2026, con los ocho episodios de la segunda temporada disponibles simultáneamente. La serie está producida por Posham Pa Pictures, dirigida por Rahul Pandey bajo la supervisión del showrunner Sameer Saxena, y escrita por Syed Shadan, Mohak Aneja y Tatsat Pandey a partir del mundo y los personajes creados por Saurabh Khanna y Kunal Aneja. La primera temporada, estrenada en marzo de 2024, llegó al top 10 de 17 países en su primer mes.

Lo que la comedia está haciendo en Los pasillos del juzgado es lo que la mejor comedia institucional siempre ha hecho, desde Berlanga hasta los Caballero: encontrar a las personas dentro de la maquinaria, quererlas con suficiente convicción como para no tener que reprocharles nada, y dejar que esa afección haga todo el trabajo crítico que la denuncia explícita nunca consigue. La risa de reconocimiento es la risa más española que existe. No necesita traducción. Solo un juzgado cerca y la paciencia de haber esperado en él alguna vez.

Y ahí está la pregunta que la serie no puede hacerse en voz alta, porque ninguna comedia que quiera a sus personajes puede formulársela: ¿qué ocurre cuando el hombre más hábil de un sistema roto llega a la cima? La respuesta no es que el sistema mejore. La respuesta es que el sistema tiene ahora, al frente, al mejor defensor posible de su propia continuidad. Tyagi como juez no es una solución. Es la comedia del sistema demostrándose, una vez más, que siempre encuentra la manera de seguir siendo exactamente lo que es.

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