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Soy Eddie en Netflix: Dentro del hombre que construyó la comedia moderna

La puerta abierta: El retrato que faltaba
Anna Green

Seamos claros: durante décadas, Eddie Murphy ha jugado a dos bandas. Ha sido, simultáneamente, una de las estrellas más cegadoras del planeta y un hombre casi invisible, ferozmente privado. Su carrera es un pilar de la cultura pop, pero la persona real ha esquivado con maestría el circo de la fama que él mismo ayudó a definir. Ahora, un nuevo documental de Netflix, Soy Eddie, pone las cartas sobre la mesa: acceso total a cambio de, por fin, entender al hombre detrás del mito.

La película marca distancias desde el primer minuto, llevando al público donde nunca había estado: al mundo privado del comediante. Por «primera vez», las cámaras cruzan el umbral de su casa. Este pase VIP se complementa con un arsenal de «imágenes nunca vistas» y nuevas entrevistas, directas y reveladoras, con el propio Murphy.

El director, Angus Wall (ganador de dos Oscar, nada menos), pone el dedo en la llaga. La pregunta que impulsa la película es fascinante: Murphy «ha sido famoso más tiempo que casi nadie vivo» y, contra todo pronóstico, «nunca ha perdido quién es». El documental se lanza a investigar cómo este ícono «sobrevivió a todo con gracia». La implicación es clara: su legendaria privacidad no era simple timidez, sino un mecanismo de defensa. Dejar entrar a las cámaras en su casa no es un truco de reality show; es la clave metafórica de su manual de supervivencia. La película desvela que la meta de Murphy nunca fue la fama, sino la «paz mental». Su hogar, por tanto, es la fortaleza que construyó para blindar precisamente eso. Soy Eddie se posiciona no solo como una biografía; es la revelación de la tesis vital de Murphy: cómo seguir «siendo» tú mismo cuando la fama amenaza con devorarlo todo.

El salvador de 19 años: Reescribiendo el guion de la comedia

Para entender al hombre, la película rebobina hasta el nacimiento del mito. Y el mito empieza con un «cómico adolescente» de Brooklyn. La cronología de Murphy sigue siendo asombrosa: aterrizó en el elenco de Saturday Night Live con solo diecinueve años.

Soy Eddie subraya el contexto, porque es crucial. Murphy no fichó por una institución en su apogeo; se subió a un barco que hacía aguas. El creador, Lorne Michaels, y todo el elenco original (los iconos) se habían marchado. La nueva productora, Jean Doumanian, se enfrentaba a una tarea imposible: reemplazar a todo el mundo y, para colmo, con drásticos recortes de presupuesto.

Debido a esos recortes, Murphy ni siquiera fue contratado como estrella: entró como un simple «jugador destacado». No era la gran apuesta de la cadena. Pero en ese vacío de poder, su talento detonó. «Rápidamente emergió como el principal intérprete del programa». Él solo creó una nueva generación de personajes que definieron SNL, desde el ‘Mister Robinson’ (una parodia ácida del presentador infantil Mister Rogers) hasta su versión inolvidablemente cabreada de Gumby.

La conclusión es clara: este adolescente, por sí solo, «ayudó a salvar SNL«. Esto forjó el arquetipo de Murphy. Su gran oportunidad no fue un simple bolo; fue una operación de rescate. Demostró una habilidad única para prosperar en el caos, reescribiendo las reglas no para encajar, sino para dominar. Es un patrón que se repetiría: cuando su carrera cinematográfica se tambaleó, «triunfó de nuevo», esta vez salvándose a sí mismo con un giro de guion magistral.

La racha: «Nunca habían visto a un joven negro tomar el control»

Tras consolidar su trono en la tele, Murphy dejó SNL para lanzar un ataque en dos frentes: el cine y el stand-up. Lo que vino después fue una racha de dominio cultural que muy pocos han logrado igualar. El documental explora ese salto mortal desde el estrellato televisivo a la dominación absoluta de la taquilla.

Su primer golpe en el cine, 48 Hrs. (Límite: 48 horas), lo emparejó con Nick Nolte. Un dato que lo dice todo sobre la época: ese papel estaba pensado originalmente para Richard Pryor, el titán de la generación anterior. Pero desde el momento en que oímos a Murphy antes de verlo, cantando a pleno pulmón «Roxanne» de The Police desde su celda, queda claro que un nuevo tipo de energía acababa de reventar Hollywood.

A esa película le siguió una cadena casi ininterrumpida de taquillazos que definieron la comedia de una era: Trading Places (Entre pillos anda el juego) y, sobre todo, Beverly Hills Cop (Superdetective en Hollywood). Esta última no era una comedia de colegas ni una película coral; era un vehículo de puro estrellato, construido ladrillo a ladrillo sobre la personalidad arrolladora y la comedia «atrevida» de Murphy. Se convirtió en un fenómeno global.

En paralelo, lanzó especiales de stand-up monumentales (incluido Eddie Murphy Raw) y demostró una versatilidad absurda al interpretar cuatro papeles distintos en Coming to America (El príncipe de Zamunda). El documental recupera la propia reflexión de Murphy sobre esta era sísmica, y su explicación es demoledora: «Mis cosas despegaron porque nunca habían visto a una persona negra joven tomar el control». Esa es la tesis de su estrellato. Murphy no estaba pidiendo permiso para entrar en las estructuras de comedia existentes; estaba obligando a la industria a adaptarse a él. Estaba demostrando que un protagonista negro podía ser, sin discusión, la mayor estrella de cine del planeta.

El Padrino, el Profesor y el Burro: Unificando las dos eras de Eddie

Inevitablemente, esa racha incandescente tenía que frenar. Tras una «serie de fracasos» en la siguiente década, muchos en la industria lo dieron por acabado. Pero Soy Eddie no cuenta esto como un final, sino como una «evolución». El arquetipo del salvador volvió, pero esta vez, Murphy se estaba salvando a sí mismo, y lo hizo con una reinvención total.

«Triunfó de nuevo», pero en un terreno de juego completamente diferente. Se puso al frente de las nuevas versiones de The Nutty Professor (El profesor chiflado) y Dr. Dolittle. No fueron victorias menores; fueron taquillazos masivos que lo presentaron a una generación que ni siquiera había nacido cuando él reventaba los 80. El documental parece decidido a dinamitar la falsa dicotomía entre el Eddie de Raw y el Eddie de Shrek. Defiende que ese giro no fue una traición a sus orígenes, sino una continuación lógica.

La habilidad de Murphy para desdoblarse en El profesor chiflado (donde interpretó a casi toda la familia Klump) no salió de la nada: es una extensión directa de su legendaria capacidad para la suplantación y de los múltiples papeles que ya había bordado en El príncipe de Zamunda.

Simultáneamente, su voz se convirtió en un icono. Fue Mushu en Mulan de Disney y, de forma ya imborrable, dio vida a Asno (Donkey) en la franquicia Shrek. Para el público más joven que solo lo identifica con el burro parlanchín, el documental promete un «redescubrimiento» de por qué Murphy sigue siendo uno de los «mejores innovadores» de la comedia.

Este período también trajo su trabajo dramático más aplaudido, que le valió un Globo de Oro y una nominación al Oscar por su encarnación del cantante de soul James «Thunder» Early en Dreamgirls. Soy Eddie defiende este giro no como un «venderse», sino como una jugada maestra, tanto empresarial como artística. Le permitió controlar su marca, alcanzar una longevidad que sus compañeros de generación no consiguieron y llevar su trabajo a una audiencia global, todo ello sin renunciar a su ADN creativo: el del intérprete total, el hombre de las mil caras.

El veredicto del círculo íntimo: Testimonio de la realeza de la comedia

Quizás la prueba más clara del impacto de Murphy no está en la taquilla, sino en el testimonio de sus pares. Soy Eddie reúne a un auténttico «quién es quién» de la comedia moderna, una «lista de estrellas de colegas y admiradores» convocados para «rendir homenaje».

La lista de invitados es, sencillamente, asombrosa. Incluye a casi todos los titanes que han definido la comedia después de él: Chris Rock, Kevin Hart, Dave Chappelle, Jamie Foxx, Jerry Seinfeld, Arsenio Hall y Tracy Morgan.

Su propósito en la película es claro: testificar. Están ahí para articular un consenso. Dicen que la «creatividad intrépida» de Murphy «cambió el mundo, no solo la cultura estadounidense». Afirman que él «pavimentó el camino para casi todos los grandes comediantes que le siguieron». La presencia de este grupo en concreto es, en sí misma, la tesis del documental. Rock, Chappelle y Hart no son solo estrellas; son sus herederos artísticos directos. Y la participación de Seinfeld, que viene de una rama completamente diferente de la comedia, subraya lo universal de su impacto. La película lo retrata no solo como un rey, sino como un creador de reyes: el Padrino cuyo éxito y audacia hicieron posible todo lo que vino después.

El hombre detrás del mito: Generosidad y paz mental

Tras cartografiar el ascenso, la dominación, la reinvención y el legado, Soy Eddie vuelve a la pregunta inicial: ¿quién es el tipo que «sobrevivió con gracia»? El documental cierra el círculo volviendo al núcleo de la persona, no del personaje público.

Y aquí revela una faceta de Murphy desconocida para el gran público: sus «actos privados de generosidad». El documental saca a la luz cómo Murphy pagó de su bolsillo los gastos funerarios de figuras influyentes a las que admiraba, como el cómico Redd Foxx o el músico Rick James. Incluso se encargó de poner una lápida a Billie «Buckwheat» Thomas, de la clásica serie Our Gang.

Este carácter discreto y generoso, lejos de los focos, encaja perfectamente con la filosofía que el propio Murphy declara en la película. Su objetivo ya no es la taquilla ni el próximo pelotazo. Su meta declarada es «perseguir la paz mental».

El documental ofrece así un retrato completo, sugiriendo que fue su forma de ser fuera de la pantalla lo que hizo posible su legendaria carrera dentro de ella. La película cierra el círculo, volviendo al hombre en su casa, en esa fortaleza de la serenidad que él mismo construyó. En una reflexión final que resume todo su viaje, el propio Murphy remata: «Si consigues eso [la paz mental], entonces lo tienes todo».

Soy Eddie se estrena en Netflix el 12 de noviembre.

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