Cine

El halcón maltés, el debut de John Huston que enseñó a Hollywood a filmar una mentira

Martha Lucas

Un pájaro de plomo pintado para que parezca oro, que no vale nada, y media docena de personas dispuestas a mentir, traicionar y matar por tenerlo. Ése es el chiste en el centro de El halcón maltés, y John Huston lo cuenta sin mover un músculo de la cara. El Sam Spade de Humphrey Bogart se pasa la película persiguiendo un tesoro que resulta falso, y la persecución va dejando a cada personaje reducido a lo que de verdad es.

Huston era un guionista que se ponía por primera vez detrás de la cámara, y en lugar de suavizar la novela de Dashiell Hammett la filmó casi línea por línea, confiando en que el diálogo cortante hiciera el trabajo. De ahí salió la plantilla que copiaría todo el cine de detectives: el investigador cuya decencia nunca acabas de medir, la mujer cuya frase siguiente puede ser otra mentira, la ciudad partida en franjas de luz y sombra. Spade no es un héroe. Se guarda lo suyo y deja que el espectador adivine cuánto hay de honesto en él.

La mitad del placer está en la galería de embusteros. Sydney Greenstreet, que debutaba en el cine a los sesenta y uno, hace de Kasper Gutman un hombre enorme que ronronea amenazas; el Joel Cairo de Peter Lorre es puro nervio perfumado; la Brigid O’Shaughnessy de Mary Astor convierte la indefensión en arma. Se acechan unos a otros en habitaciones de hotel y despachos estrechos mientras la cámara casi se limita a mirar, porque Huston sabía que con esas caras la habitación ya es el efecto especial.

Arthur Edeson lo rodó en un blanco y negro denso y duro, con angulaciones bajas que agigantan a Gutman y hunden los techos sobre el plano. Hay planos largos, sin corte, en los que los actores simplemente hablan y la tensión está en esperar a ver quién pestañea primero. En una hora y tres cuartos no sobra nada; Huston suprime todo lo que no sea personaje o consecuencia, y la película avanza como quien ya conoce el final y no tiene prisa por contarlo.

Hizo a Bogart. Llevaba una década haciendo de malo, y Spade le permitió ser el más listo y el menos fiable de cualquier escena sin perder al público. Cuando entrega a Brigid a la policía en vez de hacer el primo, la película renuncia a la salida romántica, y la forma en que Bogart resuelve esa escena es la razón de que el papel siga estudiándose. La última frase, tomada de Shakespeare, llama al halcón la materia de la que están hechos los sueños y convierte toda la cacería en un comentario sobre el deseo.

Reunió tres candidaturas al Oscar, entre ellas mejor película, y no ganó ninguna, lo cual hoy apenas importa. La novela de Hammett ya se había filmado dos veces y las dos son notas a pie de página; ésta es la versión que quedó, la que citan los directores posteriores desde el encuadre hasta el fatalismo. Más de ochenta años después el pájaro sigue sin valer nada y la película sigue siendo imprescindible, que era lo que Huston defendía desde el principio. El tesoro nunca fue el tesoro. Lo eran las personas.

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