Ciencia

Júpiter acelera electrones casi a la velocidad de la luz, igual que una supernova

Peter Finch

Justo delante de Júpiter, donde el viento solar choca por primera vez contra el enorme campo magnético del planeta, la sonda Juno de la NASA midió electrones que viajaban a casi la velocidad de la luz. Las partículas no nacieron tan rápidas. Se aceleraron allí mismo, en la frontera turbulenta que precede al planeta, y alcanzaron velocidades aún mayores que las que el mismo proceso produce en la Tierra.

Esa única medición va mucho más allá de Júpiter. La forma en que el planeta gigante lanza partículas corrientes hasta energías extremas se parece a una versión reducida de cómo la galaxia fabrica los rayos cósmicos, las partículas de alta energía que cruzan el espacio y caen cada segundo sobre la atmósfera terrestre. Durante décadas, el vínculo fue una fuerte sospecha. Ahora existe una medición directa del mecanismo funcionando a escala planetaria.

La acción ocurre en una región llamada antechoque, una zona de campos magnéticos revueltos y partículas reflejadas que se forma justo antes del arco de choque, el frente donde el viento solar se amontona contra el escudo magnético de un planeta. Dentro de esa turbulencia, las condiciones magnéticas pueden atrapar a una fracción de las partículas que pasan y lanzarlas hacia delante una y otra vez, sumando energía en cada paso, hasta que un pequeño grupo se mueve a velocidad relativista.

Lo que hace decisivo a Júpiter es su tamaño. Su arco de choque empequeñece al de la Tierra, y los electrones que detectó Juno crecieron con él, alcanzando energías mayores que cualquier cosa medida en el mismo entorno cerca de nuestro planeta. Ese escalado es el premio. Si un choque más grande acelera partículas a mayor velocidad de forma predecible, la misma regla puede estirarse hasta los frentes de choque, mucho mayores, que lanzan las estrellas al estallar, los principales candidatos al origen de los rayos cósmicos galácticos.

El equipo no se apoyó solo en Júpiter. Comparó las lecturas de Juno con las de dos misiones que vigilan la misma física cerca de la Tierra, donde las naves pueden situarse dentro del antechoque y muestrearlo en detalle. La coincidencia entre escalas tan distintas es lo que permite sostener que se observa un único proceso universal y no una rareza local de Júpiter.

La afirmación se apoya todavía en el choque de un solo planeta, captado durante órbitas concretas, y los electrones son solo una parte de la historia de los rayos cósmicos, dominada por protones y núcleos atómicos más pesados. Extender el resultado a los restos de supernova supone que la misma física se mantiene a través de un salto enorme de tamaño y energía, y ese puente no se ha observado directamente. La medición estrecha la pregunta; no la cierra.

Entender de dónde vienen los rayos cósmicos no es un acertijo abstracto. Estas partículas marcan el riesgo de radiación para los astronautas y la electrónica de las naves, impulsan la química de las atmósferas planetarias y transportan energía por la galaxia. Atar la aceleración a un proceso que podemos observar en nuestro propio sistema solar convierte un misterio cósmico en algo comprobable.

El hallazgo se publicó en la revista Nature. Juno, en órbita desde 2016, continúa sus largas vueltas alrededor de Júpiter, y cada una lleva sus instrumentos de nuevo a través del antechoque, donde se harán las próximas mediciones de esta aceleración.

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