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Golden Kamuy: El asalto a la prisión de Abashiri llega a Netflix con la mayor batalla de la saga

Camille Lefèvre

Un soldado que no puede morir no es una bendición para quienes lo rodean. Es un problema. Saichi Sugimoto volvió de la guerra ruso-japonesa con un cuerpo que se niega a rendirse y una cabeza que ya no sabe en qué emplearse, y la segunda película de acción real de Golden Kamuy lo coloca justo donde esa contradicción más duele: a las puertas de una prisión a la que llegan, a la vez, todos a los que persigue y todos los que lo persiguen a él.

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En la superficie la trama es una cacería, y la película no lo disimula. Un botín de oro fue robado a los ainu y escondido por un hombre que después tatuó una clave partida en la piel de dos docenas de convictos fugados; para leer el mapa hay que reunir a los prisioneros. Ese motor mueve la franquia desde el primer fotograma. Lo que cambia el arco de Abashiri es la geometría: durante buena parte de la saga los bandos se dispersan por Hokkaido, y aquí todos los hilos se tensan hacia un único punto, la cárcel. La Séptima División y el teniente Tsurumi, el fantasma del shogunato en Toshizo Hijikata, Sugimoto y la joven ainu Asirpa dejan de perseguir un rumor y empiezan a caminar hacia los mismos muros.

Kenji Katagiri dirige ese encuentro con una frialdad que le sienta bien. Golden Kamuy siempre ha sido tanto una historia del clima de Hokkaido como de su violencia, y Katagiri lee la frontera como el western lee su desierto: la distancia es la amenaza, el refugio escasea, el paisaje no toma partido. Son las secuencias de acción más grandes que la serie ha intentado en imagen real, pero la dirección vuelve una y otra vez a los rostros, al cálculo mínimo de quien decide si el hombre que tiene enfrente será aliado durante la próxima hora. Kento Yamazaki interpreta la inmortalidad de Sugimoto como cansancio, no como poder; Anna Yamada sostiene la brújula moral de la película, la única que nunca olvida de quién es el oro.

Y esa es la pregunta que el espectáculo no deja de rodear. El oro es oro ainu. Golden Kamuy sigue siendo una rareza en la cultura popular japonesa por colocar la lengua, la comida y la cosmovisión ainu en el centro y no en el margen, y el arco de Abashiri afila el filo: una prisión levantada por el Estado Meiji en la frontera norte, llena de hombres a los que el nuevo Japón había desechado, sobre una fortuna arrebatada al mismo pueblo que ese Estado estaba borrando por ley. La caza del tesoro es también un mapa del despojo, y la película no permite olvidar a quién se robó primero.

Lo que el asalto no puede resolver es en qué se convertiría cada uno si ganara. La convergencia responde quién llega a la prisión; deja abierto lo difícil, si un soldado sin guerra y una muchacha que ve desaparecer a su pueblo pueden compartir una reclamación que el Estado ya decidió que no es de ninguno de los dos. Golden Kamuy: El asalto a la prisión de Abashiri se estrenó en los cines japoneses en marzo de 2026 y dura poco más de dos horas. La dirige Kenji Katagiri sobre un guion de Tsutomu Kuroiwa, con Kento Yamazaki y Anna Yamada al frente de un reparto en el que figuran Gordon Maeda, Asuka Kudo, Shuntaro Yanagi, Hiroshi Tamaki como el teniente Tsurumi y Hiroshi Tachi como Hijikata. Llega a Netflix en todo el mundo el 13 de julio, el punto en que el capítulo más grande de la serie se encuentra con el público que hasta ahora solo conocía la animación.

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