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Pradeep»: un viaje expresionista a la soledad obsesiva

Martin Cid Magazine
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Imagina un hombre susurrando secretos a una maniquí en su apartamento vacío, convencido de que ella le responde con mirada serena. Así comienza «Ankahi Kahaniya» («Historias no contadas»), antología india estrenada en Netflix en 2021 que reúne tres relatos sobre el amor en sus formas más insólitas y solitarias. Dirigida por Abhishek Chaubey, Saket Chaudhary y Ashwiny Iyer Tiwari, la película explora la soledad urbana con resultados desiguales pero nunca indiferentes.

El primer segmento, «Pradeep» dirigido por Chaubey, es el más audaz técnicamente. Abhishek Banerjee interpreta a un hombre obsesionado con una maniquí de tienda que traslada a su apartamento. Lo notable aquí no es solo la premisa —ya vista en clásicos como «Mannequin»—, sino cómo Chaubey utiliza el espacio para reflejar el estado mental de Pradeep. Los planos detalle de las manos de Banerjee ajustando el cabello de la maniquí, o los primeros planos donde sus ojos se reflejan en los vidrios sin vida del maniquí, crean una atmósfera casi expresionista. La dirección de fotografía emplea sombras alargadas y encuadres claustrofóbicos que transforman el apartamento en un laberinto mental.

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Banerjee merece especial mención por su actuación contenida pero electrizante. Cada gesto, cada mirada fugaz hacia la maniquí transmite una mezcla de ternura y perturbación. La escena donde Pradeep le confiesa sus más íntimos secretos a la figura inanimada —bajo la tenue luz de un flexo— es el momento cumbre del segmento. Aquí Chaubey demuestra maestría al evitar caer en lo grotesco: el amor de Pradeep no se presenta como una enfermedad, sino como una forma distorsionada pero comprensible de conexión humana.

Sin embargo, el guión —escrito por Piyush Gupta— tropieza en su resolución. Después de construir meticulosamente este mundo psicológico, la película recurre a un recurso narrativo predecible: la llegada de la esposa de Pradeep (TJ Bhanu) que «le abre los ojos» con un discurso expositivo sobre cómo debe vivir su vida. ¿Era realmente necesario? El segmento funcionaba mejor cuando se centraba en la dinámica entre hombre y maniquí, menos cuando recurre a explicaciones fáciles. La película pierde fuerza al sugerir que Pradeep necesita ser «salvado» por alguien más.

El segundo relato, «Manjari» dirigido por Tiwari, cambia radicalmente de tono pero mantiene una atención minuciosa a los detalles humanos. Rinku Rajguru interpreta a una joven que descubre un secreto familiar durante un viaje en tren. Lo más destacable aquí es cómo Tiwari utiliza el espacio reducido del compartimento como metáfora de la claustrofobia emocional de Manjari. Los planos medios cerrados donde vemos su rostro reflejado en la ventana del tren, o las manos temblorosas sosteniendo una carta, crean intimidad sin necesidad de diálogo.

Rajguru entrega una actuación sutil pero poderosa: sus miradas furtivas hacia los otros pasajeros, el modo en que finge leer mientras en realidad está absorbiendo el impacto de su descubrimiento. La dirección de Tiwari es segura, especialmente en las escenas donde Manjari interactúa con otros personajes del tren —como un vendedor ambulante (Delzad Hiwale)— que actúan como espejos de su propio conflicto interno.

Pero la estructura narrativa adolece de problemas similares al primer segmento: el clímax —un enfrentamiento con su padre— llega demasiado tarde y se resuelve con diálogo expositivo. ¿Por qué esperar hasta el último minuto para mostrar esta confrontación? Una escena intermedia, incluso breve, habría dado más peso al conflicto interno de Manjari. Además, el uso de flashbacks para revelar el pasado familiar resulta convencional en un contexto donde lo innovador hubiera sido más impactante.

El tercer y último segmento, «Natasha» dirigido por Chaudhary, es el más accesible pero también el menos memorable. Kunal Kapoor y Zoya Hussain tienen química instantánea como dos desconocidos que se conocen en un ascensor, pero la premisa —un encuentro fortuito que deriva en amor— ha sido contada infinitas veces antes. Lo salvable son los diálogos ágiles y las interpretaciones naturalistas del elenco secundario (especialmente Hiwale repitiendo su papel de Nandu), aunque el desarrollo romántico carece de originalidad.

Donde «Ankahi Kahaniya» funciona es en su intento por humanizar lo extraño. Banerjee merece elogios por evitar el melodrama en un rol que fácilmente podría haber caído en lo grotesco. También destaca la fotografía de cada segmento, especialmente los planos detallados del primer relato que convierten objetos cotidianos —un cepillo para el pelo, una taza de café— en símbolos cargados de significado.

La película se dirige claramente a un público urbano y joven, familiarizado con las plataformas de streaming y abierto a experimentar con formatos no convencionales. Los temas explorados —soledad tecnológica, relaciones superficiales, búsqueda de autenticidad— resuenan especialmente entre espectadores que han crecido en la era digital.

Sin embargo, hay aspectos donde el proyecto tropieza. La banda sonora es un punto débil: canciones intrusivas que interrumpen en lugar de complementar las emociones en pantalla. Además, la antología carece de una visión cohesionadora más allá del tema superficial «amor urbano». Cada segmento funciona como una unidad independiente pero no establecen diálogo entre sí.

«Ankahi Kahaniya» no inventa la rueda, pero ofrece momentos memorables y actuaciones destacadas. Su mayor logro es demostrar cómo el cine indio contemporáneo puede abordar temas universales con perspectivas frescas.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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