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Love is in the air: promesa visual frustrada

Alice Lange
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La pista de aterrizaje está resbaladiza bajo las ruedas del hidroavión cuando Dana Randall (Delta Goodrem) forcejea con un motor recalcitrante, su camiseta blanca empapada en sudor y aceite. Es una imagen potente que evoca a los clásicos del cine aventurero femenino: la heroína autónoma, dueña de su destino entre herramientas y motores. Love Is in the Air (2023) abre con esta promesa visual, pero pronto se revela como un romance al uso donde la independencia de Dana queda reducida a tópico. Dirigida por Adrian Powers en una producción netamente australiana para Netflix, la película elige la seguridad narrativa sobre la audacia, resultando en un producto agradable pero previsible.

Delta Goodrem regresa a la pantalla grande tras casi dos décadas con un papel que parece escrito a medida: piloto de hidroaviones, hija devota y dueña de una aerolínea familiar al borde del colapso. Su Dana es físicamente competente —se le ve reparar motores, pilotar en condiciones extremas— pero emocionalmente predecible: testaruda hasta el punto de la autodestrucción, con un corazón de oro que late por su comunidad. Goodrem aporta una presencia física convincente y un humor seco bien ejecutado (especialmente en su dinámica con el padre interpretado por Roy Billing), pero cuando la película exige vulnerabilidad emocional, choca contra los límites de su actuación.

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El conflicto central —la lucha entre el corazón y la corporación— se materializa en William Mitchell (Joshua Sasse), el ejecutivo enviado para cerrar la operación familiar. Sasse, conocido por su trabajo en Love Child y The Wrong Girl, entrega una actuación pulcra pero carente de matices: el típico hombre de negocios frío que se ablanda al contacto con la naturaleza y el amor genuino. La química entre Goodrem y Sasse es el punto fuerte de la película, especialmente en escenas como la cena bajo las estrellas donde los diálogos se reducen a miradas cargadas de significado. Sin embargo, cuando la trama exige conflicto emocional más complejo —como el momento en que Dana debe elegir entre su familia y William— ambos actores quedan atrapados en los lugares comunes del género.

Donde Love Is in the Air sí destaca es en su representación del norte de Queensland: los planos aéreos sobre la selva tropical, las cascadas turquesas y los atardeceres dorados son visualmente atractivos. Powers demuestra habilidad para capturar paisajes pero carece de un estilo visual distintivo que eleve el material. La fotografía, aunque técnicamente sólida, se limita a lo pintoresco sin explorar ángulos innovadores o simbolismo visual más profundo.

El guion coescrito por Powers tropieza en su estructura: la primera mitad avanza con ritmo adecuado, pero los actos segundo y tercero caen en las convenciones del romance al uso. El conflicto entre Dana y William se resuelve mediante un giro de última hora —una solución legal mágica que salva el negocio familiar— que carece de credibilidad narrativa. Los personajes secundarios, como Nikki (Steph Tisdell) o Heath (Simon McLachlan), aportan apoyo emocional pero quedan subdesarrollados: sus arcos narrativos sirven más como dispositivos para el desarrollo de Dana que como individuos con agencia propia.

Donde la película sí acierta es en su tono ligero y accesible. A diferencia de otros romances australianos recientes como The Family Firm (2021), que exploraban tensiones sociales más complejas, Love Is in the Air elige la evasión pura: una historia sobre seguir el corazón frente a las presiones corporativas. Este enfoque tiene sus méritos —es una película fácil de ver y disfrutar— pero también limita su impacto emocional. La banda sonora refuerza este tono con melodías ligeras que evocan el escapismo tropical sin innovar.

El mayor problema de Love Is in the Air es su falta de originalidad. Comparada con otros romances al aire libre, palidece en su desarrollo de personajes y conflicto emocional. Donde propuestas más ambiciosas del género exploran temas como el duelo y la redención a través del amor, Love Is in the Air se conforma con un mensaje simplista: el amor todo lo puede. Esta falta de profundidad temática la deja vulnerable a comparaciones con producciones más audaces del género.

El público objetivo de Love Is in the Air es claro: fans del romance al uso que buscan una historia predecible pero bien ejecutada, con paisajes atractivos y un final feliz garantizado. Para quienes valoran la originalidad narrativa o el desarrollo de personajes complejos, la película resultará decepcionante. Sin embargo, como producto de entretenimiento ligero, cumple su función: es inofensiva, fácilmente digerible y visualmente agradable.

En última instancia, Love Is in the Air es un romance al uso bien producido pero carente de distintividad. Funciona dentro de los límites estrechos que se impone —una historia simple contada con competencia técnica— pero no ofrece nada nuevo al género.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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