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Think like a dog»: una comedia predecible pero entrañable

Veronica Loop

El joven Oliver Reed (Gabriel Bateman), con su mente brillante y sus manos ágiles, crea un dispositivo que le permite escuchar los pensamientos de Henry, su perro. Lo que comienza como una broma entre científicos aficionados se convierte en una conexión telepática que cambiará sus vidas para siempre. Think Like a Dog promete diversión familiar, pero su ejecución es tan predecible como un truco de obediencia canina.

Dirigida por Gil Junger, la película sigue a Oliver, un niño prodigio de 12 años, cuyos experimentos científicos accidentalmente lo conectan mentalmente con Henry (Todd Stashwick), su perro. La premisa es intrigante: ¿qué pasaría si pudieras escuchar los pensamientos de tu mejor amigo peludo? Sin embargo, la ejecución cae en los lugares comunes del género. La estructura narrativa es convencional, con un acto de configuración que presenta a Oliver y su familia (Josh Duhamel y Megan Fox como sus padres), seguido de una serie de obstáculos escolares y familiares que el dúo debe superar gracias a su nueva conexión mental.

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Donde la película brilla es en los momentos de comedia física y los diálogos ingeniosos entre Oliver y Henry. Stashwick, con su voz distintiva, le da a Henry un carácter memorable, capaz de robar escenas incluso cuando solo se ve su reflejo en una ventana o se escucha su ladrido. Bateman también entrega una actuación sólida como el joven científico, equilibrando la inocencia infantil con la determinación de un inventor. Sin embargo, los adultos en la película—incluyendo a Duhamel y Fox—no tienen mucho que hacer más allá de ser figuras de apoyo, y sus personajes carecen del desarrollo necesario para generar empatía.

El mayor problema de Think Like a Dog es su falta de originalidad. La trama se siente reciclada de otras películas familiares como Hachi: A Dog’s Tale o incluso A Boy and His Dog, pero sin la profundidad emocional o el ingenio que las hizo destacables. Las situaciones cómicas, aunque bien ejecutadas en algunos momentos, dependen demasiado de clichés y gags fáciles, como el perro pensando en comida constantemente o los padres reaccionando exageradamente a las travesuras de Oliver.

Visualmente, la película es competente pero nada memorable. La dirección de Junger es funcional, con planos que enfatizan la conexión entre Oliver y Henry, pero carece del estilo distintivo necesario para elevar el material. La banda sonora, aunque adecuada para una comedia familiar, no aporta nada significativo a la experiencia.

Think Like a Dog tiene sus momentos entretenidos, especialmente para un público joven, pero en general es una película olvidable que no logra destacar en un género saturado.

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