IA

ChatGPT alcanza los mil millones de usuarios mensuales más rápido que ninguna app

Susan Hill

Más de mil millones de personas abren ya ChatGPT en un mes cualquiera, según estimaciones de la firma de inteligencia de mercado Sensor Tower. Ninguna aplicación de consumo había reunido una audiencia tan grande en tan poco tiempo. La cifra parece menos un trofeo para OpenAI que una medida de hasta qué punto una herramienta que apenas existía hace tres años se ha instalado en la vida cotidiana.

Lo importante aquí es el ritmo, no el recuento. Muchas apps acaban superando los mil millones de usuarios; lo llamativo es la rapidez con la que ChatGPT lo logró. Llegó a esa marca en torno a tres años, por delante de Google Maps, TikTok, Instagram y YouTube, que definieron una época del software de consumo y que necesitaron más tiempo para reunir al mismo público. Para quien haya visto a un familiar empezar a redactar correos, planear un viaje o zanjar una discusión escribiendo una pregunta en un chat, esa aceleración se parecerá menos a una estadística que a una descripción del último año y medio.

Superar los mil millones de usuarios mensuales mete a ChatGPT en el reducidísimo club de productos que operan a escala planetaria, y reordena en silencio el debate sobre la inteligencia artificial. Durante dos años la conversación giró en torno a las pruebas de rendimiento, los nombres de los modelos y qué laboratorio iba por delante en un test concreto. Una cifra de uso desplaza el foco hacia algo más llano y más decisivo. La gente ya casi no discute si la tecnología es impresionante. La usa, en cantidades enormes, para resolver cosas corrientes.

El crecimiento también dice algo sobre en qué se ha convertido ChatGPT. Ya no es la novedad de medianoche de los primeros adoptantes y los entusiastas del software. Funciona como mesa de consulta, asistente de escritura, profesor particular, alternativa al buscador y confidente, a menudo en una misma sesión. Esa amplitud es justo la razón por la que la audiencia se ensanchó tan deprisa. Un producto que hace una sola cosa compite por un hábito. Un producto que absorbe una docena de pequeñas tareas se vuelve mucho más difícil de soltar.

El reparto no ha sido uniforme, y eso forma parte de la historia. Buena parte del crecimiento de ChatGPT viene de fuera de Estados Unidos y de los teléfonos más que de los ordenadores, algo que importa para un servicio del que cada vez dependen más personas cuyo primer y único ordenador es el del bolsillo. OpenAI ha dicho por separado que unos 900 millones de personas usan el producto cada semana, una señal que apunta a la misma trayectoria desde otro ángulo. Un chatbot que un día pareció un experimento de Silicon Valley se ha vuelto, para muchísima gente, sencillamente el sitio al que se va a preguntar.

La cifra merece, eso sí, una mirada más fría. Procede del modelado externo de Sensor Tower y no de las cuentas auditadas de la propia OpenAI, y las estimaciones de terceros sobre la actividad de una app pueden moverse en decenas de millones según el método empleado. Además cuenta a los usuarios mensuales de la aplicación en concreto, no el total, mayor y más confuso, de todos los que llegan a ChatGPT por la web, por la interfaz para desarrolladores o a través de funciones ya integradas en los productos de otras empresas. La población real que se apoya en el sistema es a la vez mayor que mil millones y más difícil de precisar.

Mil millones de usuarios son también una factura del mismo tamaño. Cada conversación gratuita corre sobre computación cara, y para la mayoría de esos usuarios el servicio no cuesta nada. El problema difícil para OpenAI no es la atención, sino la conversión, convertir una enorme audiencia gratuita en suscriptores de pago y clientes empresariales lo bastante rápido como para cubrir el gasto de atender a todos los demás. A esta escala, el uso gratuito está en el lado equivocado del balance. Es una línea de coste, no de ingresos.

La distancia con los rivales es amplia, pero las curvas de crecimiento complican cualquier vuelta de honor. Claude, de Anthropic, ronda los 56 millones de usuarios al mes, una fracción del alcance de ChatGPT. Pero Claude crece en torno a un 640 % interanual, frente a cerca del 62 % de ChatGPT. Una base más pequeña sube más rápido casi por definición, así que la comparación favorece al aspirante. Aun así, los números apuntan a una categoría que todavía se expande lo bastante deprisa como para sostener a más de un gigante, y no a un mercado ya cerrado en torno a un único ganador.

Para quien lo usa, la escala corta por los dos lados. Un producto tan grande atrae un escrutinio regulatorio, periodístico y competitivo que tiende a moldear cómo se comporta el servicio, qué puede hacer con los datos personales y con cuánta cautela responde a preguntas delicadas. El acceso es amplio, y ChatGPT se alcanza en casi todos los países desde un teléfono o un navegador. Pero los modelos y funciones más nuevos siguen llegando de forma desigual, con algunas regiones esperando más y precios que cambian de un mercado a otro.

OpenAI no marcó el momento con un comunicado oficial y no ha publicado una cifra mensual propia. Aun así, el calendario resulta difícil de ignorar. La estimación salió a la luz a principios de junio de 2026, días después de que Anthropic presentara de forma confidencial su salida a bolsa en Estados Unidos, y mientras Reuters informaba de que OpenAI preparaba la suya para las próximas semanas. El próximo número a vigilar no es cuánta gente abre ChatGPT, sino a cuántos de esos mil millones logrará la empresa convencer de que paguen.

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