Cashman y el superhéroe neoliberal: La monetización de la virtud en Netflix

Cashero
Molly Se-kyung

En el saturado panorama del entretenimiento global, el género de los superhéroes ha servido durante mucho tiempo como una mitología moderna, un espacio donde las ansiedades de la época se transforman en espectaculares exhibiciones de poder. Mientras que la tradición estadounidense, dominada por figuras como Superman o Iron Man, suele debatir sobre la ética de la omnipotencia y las responsabilidades del poder absoluto, la nueva ola de narrativas surcoreanas está esculpiendo un nicho propio arraigado en las presiones socioeconómicas del país.

Ya hemos explorado el trauma generacional de la Guerra Fría en Moving, o la burocracia metafísica del más allá en A la caza de espíritus malignos. Ahora llega a nuestras pantallas Cashman, una propuesta tan audaz como incisiva que despoja al género de sus pretensiones cósmicas para aterrizarlo en la realidad más visceral de nuestros días: la liquidez financiera.

La serie plantea un universo donde el heroísmo no depende del destino genético o del genio tecnológico, sino del poder adquisitivo. El protagonista, Kang Sang-woong, posee una fuerza sobrehumana que escala en proporción directa al dinero en efectivo que lleva encima. El giro cruel y transaccional de la trama es que el uso de este poder consume físicamente el capital. Para detener un autobús a punto de chocar, debe pulirse sus ahorros; para derrotar a un villano, debe liquidar sus activos. En Cashman, salvar el mundo es sinónimo de quedarse en la quiebra.

Este mecanismo transforma la serie en una mordaz sátira del capitalismo tardío. Literaliza la metáfora de que «el dinero es poder», pero la subvierte inmediatamente al introducir el concepto de escasez. A diferencia de los vigilantes multimillonarios del canon occidental, para quienes la riqueza es un recurso estático que permite tecnología sin coste personal, el poder de Sang-woong es finito y dolorosamente ganado. El espectador no solo participa de la adrenalina de la pelea, sino de la ansiedad del balance bancario. Cada golpe es un cálculo; cada intervención heroica es una deducción del fondo para una boda o la entrada de una vivienda. Cashman sugiere que, en el paradigma económico actual, incluso la agencia moral es un artículo de lujo.

El oficinista como figura mitológica

La figura del «salaryman» —el oficinista que intercambia su individualidad por la estabilidad corporativa— ha sido retratada históricamente en Corea como un símbolo de resignación. Cashman utiliza esta cotidianidad para elevar al funcionario a la categoría de guerrero mitológico, manteniendo intactas sus ansiedades burguesas. Kang Sang-woong no es un elegido destinado a traer el equilibrio al universo; es un empleado de un centro comunitario que sueña con tener casa propia. La irrupción de lo sobrenatural en su vida no es una bendición, sino una catástrofe financiera.

Lee Jun-ho habita el personaje con una desesperación frenética y tangible, alejándose del minimalismo estoico habitual en los superhéroes para ofrecer una energía nerviosa. Sang-woong es un héroe que siempre se está palpando los bolsillos, no para buscar armas, sino para comprobar su solvencia. La serie posiciona explícitamente al protagonista como un héroe de «cuchara de barro» que depende de recursos de «cuchara de oro» que no posee. La ironía es palpable: no puede derrocar al sistema porque, literalmente, funciona gracias a él.

La pragmática del altruismo y la burocracia del vicio

Frente al gasto temerario de Sang-woong, su pareja Kim Min-sook, interpretada por Kim Hye-jun, representa la dura disciplina de la realidad. Ella ejerce como la «directora financiera» de la operación, preguntándose no si es correcto salvar a alguien, sino si pueden permitírselo. Su dinámica ofrece un vistazo realista a cómo el estrés económico afecta al romance moderno en Corea del Sur, donde el matrimonio se ve cada vez más como una fusión financiera.

El reparto se completa con un grupo de héroes cuyos poderes se activan mediante el consumo y el vicio. Kim Byung-chul interpreta a un abogado cuyas habilidades dependen de la intoxicación alcohólica, una sátira de la cultura empresarial de las cenas con bebida (hoesik), donde la capacidad profesional se confunde con la tolerancia al alcohol. Por otro lado, Bang Eun-mi, encarnada por Kim Hyang-gi, obtiene su fuerza telequinética a través de la ingesta de calorías, convirtiendo el acto de comer en una fuente de poder en una sociedad obsesionada con la imagen.

La estética de la villanía y el poder heredado

A esta coalición de clase trabajadora se opone la «Asociación Criminal» (Beominhoe), liderada por los hermanos Jonathan y Joanna, que representan la acumulación desmedida de capital. A diferencia de los héroes, los villanos no sufren limitaciones transaccionales; sus recursos parecen infinitos, resaltando la asimetría fundamental del conflicto de clases. En Cashman, el verdadero villano no es un monstruo de otra dimensión, sino el monopolio de la violencia que ostentan los ultrarricos.

El director Lee Chang-min logra un equilibrio tonal entre el humor físico y el realismo social. Su estilo visual evita el pulido estéril de otras producciones para apostar por una estética más texturizada y terrenal. Cuando el dinero se consume, deja escombros, un recordatorio físico de la pérdida. Las coreografías enfatizan el agotamiento y el hematoma, reforzando la naturaleza cotidiana de lo sobrenatural.

Cashman llega en un momento en que la audiencia global conoce bien la fragilidad de la estabilidad financiera. Rechaza el escapismo típico del género para ofrecer una «fantasía de realismo capitalista» donde el coste de hacer el bien se deduce directamente de tu patrimonio neto. La serie supone una evolución significativa en el género de superhéroes coreano, sugiriendo que, en los tiempos que corren, el mayor superpoder de todos podría ser simplemente llegar a fin de mes manteniendo la humanidad intacta.

Cashman se estrena en Netflix hoy.

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