En el vasto y cambiante paisaje del discurso político estadounidense, donde la naturaleza efímera de las noticias digitales a menudo erosiona los cimientos de la memoria histórica, la llegada del nuevo documental Cover-Up: Un periodista en las trincheras se siente menos como un estreno cinematográfico y más como una intervención sísmica. Dirigida por la cineasta ganadora del Oscar Laura Poitras y el veterano productor Mark Obenhaus, esta obra extensa, meticulosa y profundamente inquietante sirve como un examen forense del impulso del aparato de seguridad del Estado para enterrar sus actos más oscuros. Es un trabajo que exige atención no solo por su protagonista —el legendario y a menudo polémico periodista de investigación Seymour Hersh— sino por su profunda meditación sobre la mecánica de la verdad en una era definida cada vez más por la ofuscación institucional y la militarización de las «fake news».
La película, que ya ha acaparado una atención significativa tras su paso por el Festival de Venecia y el Festival de Cine de Nueva York, se erige como un testamento a la persistencia necesaria para arrastrar la maquinaria del secreto de Estado hacia la luz. Es un thriller político disfrazado de biografía, un drama procedimental que despoja a la «exclusiva» de su mitología romántica para revelar la labor agotadora, obsesiva y a menudo peligrosa que sustenta al cuarto poder. A medida que se desarrolla la narrativa, tejiendo cinco décadas de reportajes que van desde los arrozales de Vietnam hasta las cámaras de tortura de Abu Ghraib, Cover-Up: Un periodista en las trincheras obliga a su audiencia a confrontar una tesis escalofriante: que las atrocidades del pasado no son aberraciones, sino características sistémicas de una potencia imperial que ha aprendido a ocultar sus crímenes con creciente sofisticación.
Retrato del reportero anciano
En el centro de esta tormenta se encuentra Seymour «Sy» Hersh, una figura que, a sus 88 años, permanece tan incisivo, mordaz y ferozmente aferrado a sus principios como el joven reportero que destapó la historia de la masacre de My Lai en 1969. El documental adopta un enfoque conductual para el retrato, evitando la reverencia pulida típica del género de bustos parlantes en favor de un estilo crudo y observacional que captura la energía «locuaz y a veces cascarrabias» de su sujeto. Poitras y Obenhaus presentan a Hersh no como un cruzado santo, sino como un operativo implacable, un hombre que lleva su cautela como una armadura y cuyo feroz impulso por descubrir irregularidades roza lo patológico.
La génesis de la película es en sí misma una historia de persistencia que refleja la propia metodología de Hersh. Laura Poitras, cuyos trabajos anteriores como Citizenfour y La belleza y el dolor la han establecido firmemente como una cronista preeminente del estado de vigilancia y la responsabilidad institucional, se acercó por primera vez a Hersh para realizar un documental en 2005. En ese momento, Hersh estaba inmerso en su explosivo reportaje sobre el escándalo de la prisión de Abu Ghraib para The New Yorker, una historia que lo había colocado una vez más en el punto de mira de la administración Bush. Receloso de convertirse en la noticia en lugar del narrador, y protector de las fuentes anónimas que le confiaban sus vidas, Hersh declinó cortésmente. Harían falta casi dos décadas de negociación y la intervención del codirector Mark Obenhaus —viejo amigo y colaborador que había trabajado con Hersh en la película Buying the Bomb— antes de que el periodista finalmente accediera a abrir sus archivos y sentarse ante la cámara.
Esta admisión transparente de la lucha por el acceso sirve como la maniobra de apertura del filme, señalando inmediatamente al espectador que la confianza es una moneda que debe ganarse, negociarse y guardarse celosamente. El Hersh que emerge de este proceso es una figura compleja: un lobo solitario que, sin embargo, depende de una vasta red de editores, verificadores de datos y gargantas profundas; un hombre que desconfía de todo, incluidos los cineastas que documentan su vida. En uno de los momentos más reveladores de la cinta, se muestra a Hersh en su oficina, un espacio descrito por Poitras como una «máquina del tiempo», atestado de cuadernos amarillos que desafían la gravedad y pilas de documentos clasificados. Este archivo caótico es la manifestación física de su cerebro: un repositorio de secretos que hombres poderosos matarían por mantener enterrados.

Los años formativos: De las calles de Chicago al Pentágono
Cover-Up: Un periodista en las trincheras dedica un espacio narrativo significativo a la historia de origen de Hersh, argumentando que su singular espíritu periodístico no se forjó en las instituciones de élite de la Ivy League, sino en la realidad corrupta y arenosa del Chicago de mediados de siglo. Hijo de inmigrantes judíos de Europa del Este, Hersh creció ayudando a su padre a regentar una tintorería, un entorno de clase trabajadora donde aprendió la habilidad esencial de saber hablar con la gente. Esta capacidad para conectar con individuos de todos los ámbitos de la vida —desde el cliente de la lavandería hasta el general de cuatro estrellas— se convertiría en su superpoder.
La película traza su evolución desde sus estudios en un colegio universitario, donde un profesor de inglés reconoció su talento, hasta su paso por la Universidad de Chicago y su posterior empleo en la legendaria agencia City News Bureau. Fue aquí, trabajando como reportero de sucesos, donde Hersh se enamoró del oficio. El documental plantea que la crónica de sucesos en Chicago fue el campo de entrenamiento perfecto para cubrir el Pentágono. Navegar por la escena criminal de la ciudad y presenciar la corrupción policial de primera mano le enseñó a ver la tiranía de cerca e inculcó en él un profundo escepticismo hacia las narrativas oficiales. Aprendió pronto que las figuras de autoridad mienten, que los informes policiales son a menudo ficciones y que la verdad se encuentra usualmente en los márgenes, susurrada por aquellos con mala conciencia.
Este instinto callejero resultó devastadoramente efectivo cuando se aplicó al escenario nacional. El documental detalla cómo, durante la Guerra de Vietnam, Hersh desarrolló una metodología poco ortodoxa para cultivar fuentes dentro del estamento militar. Mientras sus compañeros de la prensa acudían obedientemente a las sesiones informativas del Pentágono para ser alimentados con la propaganda diaria, Hersh recorría los pasillos buscando oficiales que parecieran desilusionados o agobiados por lo que sabían. Desarrolló la técnica de invitar a altos cargos a almorzar en ambientes relajados, donde simplemente se quitaba de en medio y les dejaba hablar. Este sentido del comportamiento —saber cuándo presionar y cuándo escuchar— le permitió penetrar el muro de silencio que rodeaba la maquinaria de guerra estadounidense.
Anatomía de una masacre: My Lai y la ruptura del silencio
El tratamiento que el documental hace de la masacre de My Lai es una clase magistral de reconstrucción histórica. Transporta al espectador a 1969, un año crucial en el que el movimiento contra la guerra ganaba impulso, pero la escala completa del horror en Vietnam seguía oculta al público estadounidense. Hersh, entonces un freelance para la emergente Dispatch News Service, destapó la historia de que las tropas del ejército de EE. UU. habían masacrado sistemáticamente a cientos de civiles vietnamitas desarmados en la aldea de My Lai.
Cover-Up: Un periodista en las trincheras no se limita a relatar los hechos de la masacre; dramatiza la minuciosidad de la investigación. Los espectadores son guiados a través del proceso de cómo Hersh localizó al teniente William Calley, el oficial acusado de los asesinatos, y cómo encontró a los soldados que habían participado en la carnicería. La película destaca la obsesión necesaria para armar una historia así cuando todo el aparato militar está orientado a la supresión. El reportaje de Hersh hizo más que exponer un crimen de guerra; destrozó el mito de la superioridad moral estadounidense y galvanizó la oposición global al conflicto. El filme utiliza este segmento para establecer su arco temático central: que la exposición de tales atrocidades nunca es un accidente, sino el resultado de una lucha deliberada, y a menudo solitaria, contra una institución diseñada para protegerse a toda costa.
Watergate: Los fontaneros, el dinero negro y la Casa Blanca
Aunque la narrativa del escándalo Watergate suele estar dominada por las figuras de Bob Woodward y Carl Bernstein, este documental reclama el papel fundamental de Seymour Hersh en la caída de la presidencia de Nixon. Nos recuerda que Watergate no fue una historia monolítica propiedad de un solo periódico, sino una feroz guerra competitiva entre periodistas.
A través de entrevistas y material de archivo, la película detalla los reportajes de Hersh para The New York Times, específicamente su enfoque en los «fontaneros», el equipo de ladrones pagados para ejecutar el allanamiento en la sede del Comité Nacional Demócrata. El codirector Mark Obenhaus explica que fue Hersh quien conectó los puntos respecto al dinero del soborno, revelando que los ladrones seguían cobrando incluso después de su imputación. Esta pieza crucial de información implicaba que estaban en la nómina del Comité para la Reelección del Presidente, vinculando así el robo directamente con la Casa Blanca y el Partido Republicano mucho antes de que se entendiera el alcance total de la conspiración.
Esta sección sirve como un poderoso correctivo al registro histórico, ilustrando la tenacidad que definía el enfoque de Hersh. También subraya el argumento más amplio de la película sobre la naturaleza del poder: que la corrupción rara vez es obra de elementos rebeldes, sino que casi siempre está orquestada desde arriba. El trabajo de Hersh en Watergate, combinado con sus informes sobre el bombardeo secreto de Camboya y el programa de espionaje doméstico de la CIA, pinta un retrato de un gobierno en guerra con su propia constitución, un tema que resuena inquietantemente con la actualidad.
El estado de vigilancia: De las ‘Joyas de la Familia’ a la Guerra contra el Terror
La exploración del programa de espionaje doméstico de la CIA, que Hersh expuso en 1974, proporciona un puente temático hacia la propia obra de Laura Poitras. La revelación de Hersh de que la CIA había estado realizando vigilancia ilegal a activistas contra la guerra y otros grupos disidentes —un escándalo que llevó a la formación del Comité Church y la Comisión Rockefeller— se presenta con un estilo visual y sonoro distintivo. Los cineastas utilizan el ruido estático y el giro de las cintas de las grabaciones de archivo para evocar la textura de la vigilancia, creando un lenguaje de pasado-futuro que conecta el espionaje analógico de los años 70 con el panóptico digital del siglo XXI.
Esta continuidad del abuso estatal culmina en el desgarrador examen del escándalo de la prisión de Abu Ghraib. En 2004, escribiendo para The New Yorker, Hersh expuso la tortura sistemática y el abuso de prisioneros por parte de las fuerzas estadounidenses en Irak. El documental cuenta con el testimonio de Camille Lo Sapio, una de las fuentes anteriormente anónimas de Hersh, quien le proporcionó las fotografías gráficas que conmocionaron al mundo. Estas imágenes —de prisioneros desnudos apilados en pirámides, de figuras encapuchadas sobre cajas— se revisitan no por su valor de impacto, sino para demostrar la necesidad de la evidencia visual en un mundo de posverdad. Hersh señala que, sin las fotografías, la historia probablemente habría sido desestimada como propaganda enemiga.
Poitras, quien ha descrito su propio estado de desesperación por el colapso del periodismo durante la era posterior al 11-S, encuadra el reportaje de Hersh sobre Abu Ghraib como un faro solitario de disidencia en un paisaje mediático que había consentido en gran medida la narrativa gubernamental. La película argumenta que Hersh fue una de las pocas voces dispuestas a cuestionar la Doctrina Bush y la ocupación de Irak, demostrando que el papel del periodista de investigación es apartarse de la manada, incluso cuando hacerlo invita a acusaciones de ser antiamericano.
El lenguaje cinematográfico de la paranoia
Visualmente, Cover-Up: Un periodista en las trincheras es un tour de force de tensión atmosférica. Poitras y Obenhaus, trabajando con directores de fotografía como Mia Cioffi Henry, han elaborado una película que se ve y se siente como un thriller político de alto riesgo. El juego de escenas «al estilo Pakula» —en referencia a los thrillers paranoicos de Alan J. Pakula como Todos los hombres del presidente y El último testigo— infunde al documental una sensación de pavor e inquietud. El montaje, a cargo de un equipo que incluye a Poitras, Amy Foote y Peter Bowman, evita una cronología estrictamente lineal en favor de una estructura temática que salta a través del tiempo, conectando las pruebas de armas químicas de los años 60 con las acusaciones de guerra química en la Guerra Civil Siria.
La secuencia de apertura es particularmente impactante: presenta imágenes de un reportaje de noticias de 1968 en Utah, donde una prueba de agente nervioso del ejército de EE. UU. en el campo de pruebas de Dugway salió mal, matando a miles de ovejas. Esta imaginería de imprudencia institucional y la muerte silenciosa e invisible que flota sobre el paisaje establece el tono para toda la película. Es una metáfora visual del daño colateral del estado de seguridad: las vidas inocentes (ya sean ovejas o civiles) que se sacrifican en el altar de la seguridad nacional.
El diseño de sonido amplifica aún más esta inmersión. En una secuencia que muestra a Hersh trabajando en su reportaje sobre la Guerra de Irak, el sonido mundano de su tecleo se superpone con el sonido rítmico y sincopado de las aspas de un helicóptero. Esta superposición sonora colapsa la distancia entre el escritorio del reportero en Washington D.C. y la zona de guerra en Bagdad, recordando al espectador que las palabras en la pantalla tienen consecuencias letales en el mundo real. Es una técnica que transforma el acto de escribir en un acto de guerra.
El lobo solitario y la manada: Dinámicas colaborativas
Si bien Hersh es la estrella indiscutible, el documental también arroja luz sobre la naturaleza colaborativa del cine documental. La asociación entre Poitras y Obenhaus se presenta como una síntesis necesaria de estilos y temperamentos. Poitras, la artista radical y activista, aporta su sofisticación visual y su obsesión temática con la vigilancia. Obenhaus, el productor veterano que ha navegado por la industria durante décadas, proporciona la mano firme y la conexión personal con Hersh que hizo posible la película.
Obenhaus relata el desafío de lidiar con la tozudez y los cambios de humor de Hersh, señalando que se ha enfadado con él incontables veces. Sin embargo, el afecto de los cineastas por su sujeto es palpable. Lo tratan no solo como un sujeto, sino como un pariente muy querido, aunque difícil. Esta intimidad permite momentos de genuina vulnerabilidad, como cuando Hersh, al darse cuenta de que ha revelado accidentalmente la identidad de una fuente a los cineastas, amenaza con detener la producción. Estas escenas de duda y cuestionamiento son cruciales, ya que revelan lo que está en juego. Para él, proteger una fuente no es solo una obligación profesional; es un imperativo moral que supera las demandas de la película.
La controvertida carrera tardía: Siria, Nord Stream y la naturaleza del error
Un documental sobre Seymour Hersh estaría incompleto sin abordar las controversias que han definido su carrera tardía. A medida que el panorama mediático ha cambiado hacia la inteligencia de fuentes abiertas y el periodismo de datos, la dependencia de Hersh de fuentes singulares y anónimas ha atraído un creciente escrutinio y crítica. Cover-Up: Un periodista en las trincheras no rehúye estos problemas de credibilidad.
La película aborda de frente el reportaje de Hersh de 2013 sobre los ataques con armas químicas en Guta, Siria, donde alegó que las fuerzas rebeldes, y no el régimen de Al-Ásad, eran las responsables. Este informe fue ampliamente contradicho por investigadores de la ONU y otros expertos, lo que llevó a acusaciones de que Hersh se había convertido en un teórico de la conspiración o un apologista de dictadores. En un momento de sorprendente franqueza, el documental captura a Hersh admitiendo su error con respecto a Al-Ásad. «Llamémoslo un error. Llamémoslo un gran error», dice, retirando sus anteriores pretensiones de infalibilidad. Esta admisión es un momento crucial, aislando la obra de acusaciones de hagiografía y reforzando su compromiso con la verdad, incluso cuando esa verdad es poco favorecedora para su protagonista.
El documental también explora el informe de Hersh de 2023 que alegaba que Estados Unidos y Noruega eran responsables del sabotaje de los gasoductos Nord Stream. Aunque esta historia fue recibida con escepticismo generalizado por la prensa tradicional y contradicha por investigaciones alemanas que apuntaban a un grupo pro-ucraniano, la película la presenta como evidencia de la continua negativa de Hersh a aceptar el registro oficial como palabra divina. Los cineastas no respaldan necesariamente la veracidad de la afirmación sobre el Nord Stream, pero la utilizan para ilustrar el continuo pie de guerra de Hersh contra el establishment. Plantea la incómoda pregunta de si Hersh es un excéntrico o si es simplemente el único lo suficientemente valiente para hacer las preguntas que nadie más tocará.
La recepción crítica: Un espejo para los medios
Desde su estreno, el documental ha polarizado a los críticos de una manera que refleja la naturaleza polarizada de su sujeto. Muchos lo han aclamado como un documental urgente y necesario, elogiando su retrato riguroso de la búsqueda de la verdad y su capacidad para capturar la obsesión del proceso de investigación. Reseñas en medios especializados destacan su éxito como retrato conductual, aunque señalan que puede no alcanzar las alturas críticas de la obra maestra de Poitras, La belleza y el dolor.
Publicaciones como Time subrayan la importancia cultural de la película, señalando que en una era donde los periodistas son demonizados y el concepto de verdad está bajo asalto, Cover-Up: Un periodista en las trincheras sirve como un recordatorio vital del papel crítico que juega el periodismo de investigación contundente en una democracia. Otros críticos han encontrado que la película es dura de ver debido a su descripción inquebrantable de la violencia institucional, pero finalmente la han recomendado como un visionado esencial. La divergencia de opiniones con respecto a los reportajes de la carrera tardía de Hersh refleja el debate más amplio dentro de la comunidad periodística sobre el equilibrio entre el acceso y la verificación, y los peligros de depender de fuentes anónimas en una era de desinformación.
El aguafiestas en el jardín
En el análisis final, la cinta presenta a Seymour Hersh como el eterno aguafiestas, el invitado incómodo que se niega a adherirse a las ficciones educadas de la élite de Washington. La película argumenta que este papel no es solo una peculiaridad personal, sino una necesidad democrática. En un sistema donde el poder busca naturalmente protegerse del escrutinio, el único antídoto es un periodista que esté dispuesto a ser rudo, abrasivo e implacable.
El documental deja al espectador con una profunda sensación de la fragilidad de la verdad. Hersh, rodeado por los restos de una vida de reportajes, continúa trabajando, publicando sus hallazgos en Substack porque los guardianes tradicionales de los medios se han vuelto recelosos de sus métodos. La película no termina con una vuelta de honor, sino con un signo de interrogación. ¿Quién tomará el relevo cuando Hersh ya no esté? En una era de consolidación corporativa y noticias algorítmicas, ¿queda lugar para el lobo solitario dispuesto a pasar meses persiguiendo una pista que podría no llevar a ninguna parte?
Las implicaciones globales de la impunidad estadounidense
Aunque Cover-Up: Un periodista en las trincheras está profundamente arraigada en los detalles de la historia estadounidense, su resonancia es global. La película retrata a Estados Unidos como una potencia imperial cuyos ciclos internos de impunidad tienen consecuencias devastadoras para el resto del mundo. Desde las aldeas de Vietnam hasta las tuberías del Mar Báltico, el documental mapea la huella del poder estadounidense y el silencio que a menudo sigue a su despliegue.
El lanzamiento de la película en una plataforma de streaming global asegura que esta crítica se escuchará en más de 190 países. Esto es significativo, ya que permite a las audiencias internacionales presenciar una crítica interna del poder estadounidense hecha por cineastas estadounidenses. Desafía la narrativa monolítica de la benevolencia de EE. UU. proyectada a menudo en el extranjero, ofreciendo en su lugar una visión matizada y dolorosa de una nación que lucha con su propia conciencia.
El futuro de la forma
Para Laura Poitras, este trabajo representa una continuación de su proyecto de carrera para documentar los abusos del mundo posterior al 11-S. Al girar su lente hacia Hersh, reconoce una deuda de gratitud con la generación de periodistas que allanaron el camino para su propio trabajo. La película sugiere que la antorcha ha pasado, no solo a otros periodistas, sino a los documentalistas que están llenando cada vez más el vacío dejado por el declive del periodismo de investigación tradicional.
La maquinaria de la película —su montaje, su diseño de sonido, su investigación de archivo— demuestra que la forma documental en sí misma se ha convertido en un vehículo principal para contar la verdad. A medida que los periódicos se reducen y los presupuestos se recortan, películas como esta proporcionan el tiempo, los recursos y la plataforma necesarios para contar historias complejas y difíciles. Es un recordatorio de que, en la batalla por la historia, la cámara es un arma tan poderosa como la pluma.
Un llamamiento a ser testigos
Cover-Up: Un periodista en las trincheras es una película exigente. Pide a su audiencia que se siente con verdades incómodas, que sea testigo de las horribles consecuencias de las acciones de su gobierno y que cuestione las narrativas con las que es alimentada por los grandes medios. Es una película que se niega a ofrecer respuestas fáciles o resoluciones reconfortantes. En su lugar, ofrece el ejemplo de Seymour Hersh: un hombre que, a pesar de sus defectos y sus errores, nunca ha dejado de excavar.
A medida que aparecen los créditos, el espectador se queda con la imagen de la oficina «máquina del tiempo», las pilas de papel y el anciano todavía al teléfono, todavía persiguiendo la historia. Es una imagen poderosa y duradera de resistencia. En un mundo donde la verdad está constantemente bajo asedio, el documental afirma que la única manera de contraatacar es nunca dejar de hacer preguntas, nunca confiar en la historia oficial y siempre, siempre, seguir el rastro del dinero.
Para aquellos listos para descender a esta madriguera de secretos y mentiras, Cover-Up: Un periodista en las trincheras está disponible para una audiencia global a través de Netflix a partir de hoy.






















