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«No tengo miedo» en Netflix: un niño de la Veracruz de 1986 encuentra lo que su pueblo enterró

Martha O'Hara

Primero está la luz. El trigo del color de las monedas viejas, un cielo aplanado por el calor de Veracruz, una bicicleta tirada en la tierra donde un niño la dejó caer para bajar a un agujero que nunca debió encontrar. «No tengo miedo», la nueva serie limitada de Netflix, construye todo su argumento sobre ese contraste: el verano más hermoso que un niño mexicano podría pedir y aquello que se pudre en el fondo. Ernesto Contreras filma el campo como un idilio a propósito, porque un idilio es el único lugar donde este horror puede crecer.

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El niño es Miguel, diez años, y lo que encuentra en una casa abandonada al borde de los campos es otro niño: sucio, encadenado, bajado a la tierra y dejado allí como algo que la aldea quiso olvidar. Adaptada de la novela que Ammaniti publicó a comienzos de este siglo y trasladada a un asentamiento rural y pobre de mediados de los ochenta, la serie toma una decisión formal y no la rompe nunca: la cámara sabe exactamente lo que sabe Miguel, ni un plano más. No hay corte hacia los secuestradores, ninguna escena que explique el rescate, ninguna conversación adulta que podamos escuchar entera. Armamos la conspiración como la arma un niño: en fragmentos, a medias, demasiado aterradores para decirlos en voz alta y demasiado evidentes para seguir ignorándolos.

Esa contención es todo el oficio. Una versión más convencional daría a los mayores su trama y dejaría al público viajar por encima, superior e informado. Contreras mantiene el conocimiento a la altura de un niño, y los adultos hablan en la taquigrafía cifrada y agotada de quien ya ha tomado una decisión terrible y administra sus consecuencias. Miguel oye las palabras sin el sentido. El hueco entre lo que él oye y lo que nosotros comprendemos despacio es donde vive el miedo, y es un hueco moral, no de trama. El monstruo que fue a buscar a la oscuridad termina sentado a su propia mesa.

Lo que hace de la versión mexicana una obra propia, y no una traducción del trigo italiano de Ammaniti ni de la película de Gabriele Salvatores, es el año, y el año no es decorado. En 1986 México es la sede del Mundial. El televisor es el objeto más brillante de cada casa; la comunidad entera tiene dónde poner una atención eufórica. Maradona está en la pantalla, y un país pegado al partido es un país que ha elegido, durante noventa minutos seguidos, no mirar nada más. El fútbol es la coartada y el anestésico al mismo tiempo. La serie entiende que elegir el partido en lugar del niño desaparecido es el verdadero horror: no el agujero en el suelo, sino la decisión colectiva de subir el volumen.

La textura de aquel año hace gran parte del trabajo. Contreras y su equipo reconstruyen 1986 no como museo sino como clima: los radios de transistores, el verde de vidrio de botella de una cocina, el polvo concreto de un camino de tierra en seca, la manera en que una calle entera se vacía dentro de una casa cuando arranca un partido. El detalle de época en manos menores es nostalgia; aquí es prueba. Cada objeto que nos sitúa en ese verano explica también cómo una comunidad podía estar mirando hacia otro lado justo cuando más necesitaba mirar hacia abajo.

El reparto trabaja en el nivel que está debajo del diálogo. Luis Alberti, Fátima Molina, Humberto Busto, Yoshira Escárrega y Leidi Gutiérrez encarnan a adultos cuya ternura con los hijos propios y cuya complicidad con la suerte del ajeno no son contradicciones sino el mismo instinto bajo presión: proteger lo tuyo a cualquier precio, incluido este. Desde la mirada de Miguel son sencillamente la gente que quiere, comportándose de forma extraña, callándose en los umbrales. Desde la nuestra son un retrato de cómo la pobreza fabrica su propia crueldad y luego la rebautiza supervivencia. Nadie en la aldea se lee como un villano. Eso es lo insoportable de verlos.

Contreras y el equipo de «El secreto del río» de Netflix filman el paisaje veracruzano con una belleza que casi es provocación. A la infancia se le permite ser real antes de que se cierre la trampa: las tardes largas sin vigilancia, los retos entre amigos, la libertad concreta de un crío en bicicleta sin ningún lugar al que ir y todo el día para no ir. La serie deja respirar esa libertad en los primeros episodios para que lo que Miguel pierde sea concreto y nombrable. No la inocencia como abstracción, sino este verano, estos campos, esta versión de sus padres, la que creyó por completo hasta la tarde en que bajó a la tierra y volvió a mirar la luz del día.

Frente a la tradición mexicana de la infancia rural —«Noche de fuego», de Tatiana Huezo, o el primer del Toro, donde la crueldad del mundo adulto es la verdadera amenaza de cuento—, «No tengo miedo» se gana su sitio al rechazar el registro atemporal de los originales italianos. Ammaniti y Salvatores trabajaban un campo casi mítico, un niño y un agujero y el verano eterno. Contreras clava la historia a un acontecimiento nacional fechado, y la concreción es lo que le da peso. No es una parábola sobre adultos y niños en cualquier parte. Es sobre esta aldea, en este país, en el año exacto en que su pobreza y su alegría se emitieron a la vez.

La pregunta que la serie deja abierta es la que ningún rescate puede cerrar. A un niño se le puede sacar de un agujero; un chico puede hacer lo valiente que el título promete y negarse, por fin, a tener miedo. Pero Miguel no puede des-saber lo que aprendió sobre quienes lo cavaron. «No tengo miedo» trata, al final, del precio de ese saber: el momento en que crecer deja de ser algo que le ocurre a un niño y pasa a ser algo que le hacen los adultos en quienes confiaba, en un verano que por fuera parecía el mejor de su vida.

«No tengo miedo» se estrena el 8 de julio en Netflix: una serie limitada de ocho episodios en español, ambientada en la Veracruz rural de 1986, dirigida por Ernesto Contreras y adaptada de la novela de Niccolò Ammaniti. Encabezan el reparto Luis Alberti, Fátima Molina, Humberto Busto, Yoshira Escárrega y Leidi Gutiérrez.

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