Reality

Love Is Blind: Argentina vuelve a Netflix y reabre las cabinas en un país que aún discute la primera temporada

Jun Satō

Una cabina es una pared con una voz al otro lado. Durante horas, dos desconocidos se sientan contra esa pared e intentan enamorarse a través de ella, sin más que las palabras que cada uno elige decir. La premisa cabe en una taza de desayuno, y en esa sencillez está la trampa. Quitá el rostro, propone el programa, y lo que queda es el carácter. La segunda temporada existe para preguntar, con más filo que la primera, si eso es cierto.

YouTube video

Love Is Blind: Argentina es la edición argentina del experimento de citas a ciegas de Netflix, y su segunda entrega vuelve a meter a treinta y dos solteros en esas cabinas. Dieciséis hombres y dieciséis mujeres se conocen sin verse; algunos se comprometen antes de compartir una habitación y recién después salen a la luz, a los almuerzos familiares y al altar para comprobar si la voz coincide con la vida. La estructura no cambia respecto del formato global: las cabinas, la revelación, un noviazgo exprés y las bodas que ocurren o que célebremente no ocurren. Wanda Nara y Darío Barassi repiten como conductores.

El diseño hace casi toda la discusión. Las cabinas están iluminadas como joyeros, oro tibio y bordes blandos, un sillón y nada más, de modo que la única información en cuadro es lo que alguien decide decir en voz alta. La revelación, el momento en que una pareja por fin se ve, está montada como la bisagra del programa: una puerta que se abre, una pausa que se sostiene, un rostro que llega. Es el medio minuto más visto de cada episodio y también el más honesto, porque ahí el yo actuado se encuentra con el cuerpo real.

Ser una segunda temporada cambia el oficio. La primera edición tuvo que enseñarle las reglas al país; esta da por sabido que el público las conoce y mira distinto, atento a las costuras más que a la sorpresa. La novedad se gastó y la reemplazó algo más útil para un programa que vuelve: la discusión. La propia Netflix registró el cambio, sorprendida por el volumen de hostilidad en redes hacia los conductores antes de que se emitiera un solo capítulo.

Esa discusión tiene una raíz más dura que el casting. Emily Ceco y Santiago Martínez se casaron en la primera edición. Martínez fue condenado después a quince años de prisión por homicidio en grado de tentativa agravado por violencia de género, luego de que Ceco denunciara agresiones físicas y encierro. El caso sacó al programa de las páginas de espectáculos y lo metió en una conversación nacional, en un país que lleva una década en la calle bajo la consigna Ni Una Menos. Convirtió una pregunta abstracta —qué puede saber de verdad un reality sobre las personas que une— en una concreta, con sentencia.

Netflix renovó el formato sin detallar públicamente qué cambió, si es que cambió algo, en cómo evalúa a quienes pone frente a cámara. Ese silencio es parte del contexto de la segunda temporada. Un formato que fabrica intimidad a toda velocidad, con extraños comprometidos en semanas y bodas filmadas para una audiencia, carga con un deber de cuidado fácil de declarar y difícil de demostrar.

Es la pregunta que las cabinas no pueden responder solas. El experimento se construye para quitar belleza, dinero y estatus hasta que solo quede el carácter, y el carácter es justo lo que unas pocas semanas de rodaje menos pueden verificar. Una temporada muestra quién es encantador detrás de una pared. No muestra en quién se convierte alguien cuando la pared, y las cámaras, ya no están.

Love Is Blind: Argentina vuelve el 28 de junio a Netflix, con episodios que llegan por tandas en las semanas siguientes en lugar de todos juntos. Conducen Wanda Nara y Darío Barassi.

Etiquetas: , , , , ,

Debate

Hay 0 comentarios.