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Seven, el thriller que David Fincher levantó sobre lo que se niega a enseñar

Molly Se-kyung

La ciudad nunca tiene nombre. La lluvia apenas cede. El asesino sigue siendo un rumor durante casi toda la película, y lo más terrible cabe dentro de una caja de cartón que jamás vemos abrirse. Seven está construida sobre la sustracción —sobre lo que David Fincher decide ocultar—, y ese único instinto explica por qué un relato policial sobre un asesino en serie sigue resultando asfixiante y moderno tres décadas después.

El planteamiento es escueto. El detective William Somerset está a una semana de jubilarse: paciente, gastado hasta la fibra. El detective David Mills es el joven recién trasladado que quería esta ciudad, estos casos, esta pelea. Aparece un cadáver, luego otro, cada muerte escenificada en torno a uno de los siete pecados capitales. Morgan Freeman interpreta al hombre que se marcha; Brad Pitt, al que no puede esperar para quedarse; y David Fincher filma la distancia entre ambos como el verdadero asunto de la película.

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Un mundo rodado a oscuras

Fincher venía del videoclip, y Seven fue apenas su segundo largometraje —el primero que está dispuesto a reconocer como suyo—. Junto al director de fotografía Darius Khondji empuja la imagen casi hasta la subexposición, vaciándola de color hasta que la pantalla parece mojada y mortecina de forma permanente, un lugar donde el sol se ha rendido. Nada sirve de plano de situación. Nunca llega esa toma amplia y tranquilizadora que indica dónde estamos, porque la idea es justamente que podríamos estar en cualquier parte y que la podredumbre lo invade todo. La banda sonora de Howard Shore —el mismo compositor de aquel otro gran estudio de una mente enjaulada, El silencio de los corderos— queda por debajo, grave y mecánica, menos melodía que zumbido que atraviesa una pared.

Brad Pitt y Morgan Freeman como los detectives Mills y Somerset en Seven (1995), dirigida por David Fincher
Brad Pitt y Morgan Freeman como Mills y Somerset en Seven (1995).

La revelación que guarda para el final

La disciplina de la película está en sus tiempos. El guion de Andrew Kevin Walker te obliga a esperar: al próximo pecado, a un rostro que poner a los crímenes, al plan que los ordena. Cuando el asesino aparece por fin, lo hace en sus propios términos, y el reparto guarda el secreto con él: el John Doe de Kevin Spacey quedó fuera de los títulos iniciales y de toda la promoción temprana, de modo que el espectador se topaba con él sin aviso alguno. Los títulos de crédito de Kyle Cooper, rayados y trabajados a mano, hacen ese mismo trabajo al arranque de la película: prometen algo obsesivo, ensamblado pieza a pieza, y el relato cumple esa promesa.

Dos hombres, una discusión

Freeman dota a Somerset de una gracia cansada, la de quien lee la ciudad como un libro que desearía poder cerrar. Pitt interpreta a Mills a voces y sin coraza, pura certeza hasta que el suelo se mueve bajo sus pies. La película es en realidad la discusión entre ambos sobre si algo de esto tiene arreglo, y Fincher se niega a resolverla por el lado cómodo. El desenlace —la caja, el largo trayecto hacia campo abierto, el modo en que John Doe ha escrito él mismo el último acto— es uno de los clímax más comentados del género, precisamente porque la película ha pasado dos horas enseñándote a temer aquello que no te va a dejar ver.

Por qué perdura

A Seven la imitaron hasta el agotamiento casi de inmediato, y esa avalancha de copias sombrías y lluviosas es la prueba más segura de lo que encontró primero. El original sobrevive a la imitación porque el oficio que la sostiene es exacto: la ciudad que oculta, el asesino que oculta, la imagen que oculta, cada uno una decisión y no un hueco. Fincher dirigiría después películas más grandes y elaboradas, pero el instinto que las define todas ya está aquí, plenamente formado: enseñar menos, decir más y confiar en que la oscuridad haga el resto.

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David Fincher

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