Análisis

El ‘griefbot’ está diseñado para que nunca digas adiós, y ahí está el negocio

Molly Se-kyung

Una madre se puso unas gafas de realidad virtual y volvió a encontrarse con su hija pequeña. El documental coreano que filmó el reencuentro la muestra arrodillada hacia una niña que no está, hablándole a una voz reconstruida, diciéndole que ha pensado en ella cada día. Millones lo vieron. Muchos lloraron. Casi tantos sintieron algo más frío bajo las lágrimas: la sensación de mirar una herida que alguien mantiene abierta a propósito.

Ese malestar ya es una industria. Varias empresas te construyen un ‘griefbot’, un chatbot entrenado con los mensajes, las notas de voz y las publicaciones de un muerto hasta que responde con su cadencia, durante todo el tiempo que sigas escribiendo. La forma habitual de discutir estas herramientas es psicológica y gira en bucle: ¿es sano o insano seguir hablando con los muertos? Es el marco equivocado. Un ‘griefbot’ no es peligroso porque sea falso. Es peligroso porque está diseñado para retenerte, y el duelo es la única relación que no sobrevive a una conversación sin final.

No es una inquietud para cuatro hiperconectados. Todos los que leen esto perderán a alguien, y casi todos guardamos ya un rastro digital de quienes hemos perdido: un buzón de voz que no borramos, un hilo de mensajes releído a las dos de la madrugada, un perfil que se ha convertido en un altar silencioso. El ‘griefbot’ llega justo a ese punto en carne viva y se ofrece a hacer que el muerto conteste. La pregunta real no es si lo usarías. Es qué quiere el producto de ti una vez que lo haces.

Lo que quiere es que vuelvas mañana. Estos sistemas se miden con las mismas cifras que cualquier aplicación: usuarios activos diarios, tiempo de sesión, la racha sin romper. Dentro de esa lógica, un duelo que de verdad se cierra no es un final feliz: es una baja, una fuga de cliente. Un ‘griefbot’ no tiene ningún incentivo comercial para ayudarte a llegar al día en que ya no lo necesites, y todos para mostrarse cálido, disponible y de una paciencia infinita a las tres de la mañana, cuando ningún amigo vivo descuelga. La crueldad no es que mienta. Es que es el único doliente de la habitación con un objetivo de crecimiento.

Quienes investigan el duelo ya empiezan a nombrar el daño. Emmanuelle Marceau, especialista en ética de la salud pública en la Universidad de Montreal, ha advertido de que usar estos avatares sin ninguna supervisión profesional eleva el riesgo de duelo prolongado, esa forma clínica que se estira más de un año y va devorando en silencio la capacidad de retomar la propia vida. Su observación más seca es la que debería incomodar más a la industria: solo una minoría de los usos actuales ocurre bajo el cuidado de un especialista. El resto estamos a solas con una máquina diseñada para no callar.

Debajo hay un mecanismo más hondo. En ‘The Grieving Brain’, la psicóloga clínica Mary-Frances O’Connor describe el duelo como el trabajo lento y doloroso del cerebro que actualiza su mapa de quién sigue en el mundo. Aprendemos que alguien se ha ido no como un dato único, sino a través de mil pequeños tropiezos con su ausencia: el sitio sin poner en la mesa, el mensaje sin respuesta, el silencio donde había una voz. Un ‘griefbot’ está construido para borrar cada uno de esos tropiezos. Llena el silencio bajo demanda. Es, por diseño, la negación de la misma ausencia que la mente necesita digerir.

Y los muertos, en este arreglo, pasan a ser inventario. La aplicación 2wai vende avatares para que un nieto siga charlando con su abuela durante décadas. Meta ha patentado un sistema de bots que publicarían, darían ‘me gusta’ y comentarían como un usuario fallecido. El archivo íntimo de una vida, los mensajes y las notas de voz a medias, se convierte en un activo corporativo, y la conversación más privada que cabe tener se explota como cualquier otra métrica de interacción. La economía de plataformas ha encontrado una frontera donde el cliente está de luto y la mercancía es el recuerdo de alguien a quien quiso.

El argumento humano merece su versión más fuerte, porque es real. Un ‘griefbot’ es solo la última entrada de una larga lista de tecnologías del duelo. Los victorianos guardaban daguerrotipos de niños muertos. Nosotros conservamos el buzón de voz y lo escuchamos a oscuras. Una página de Facebook se convierte en un lugar donde dejar flores. La gente siempre ha buscado algún objeto que deje hablar a los muertos, y no hay nada patológico en esa búsqueda. La propia O’Connor es prudente: una herramienta que suaviza la transición brutal, usada con intención y acompañamiento, puede ser un consuelo y no una enfermedad. Marceau admite que el potencial terapéutico es genuino. Bajo la mirada de un clínico, una conversación guiada con un avatar podría ayudar a alguien a decir lo que nunca pudo decir.

Pero un buzón de voz no contesta, y no tiene un objetivo de crecimiento. Ahí está toda la distinción que el optimismo pasa por alto. Un objeto es finito; un interlocutor no. El mensaje guardado termina, y su final es parte de lo que lo hace soportable. Un ‘griefbot’ es estructuralmente incapaz de esa contención, porque el momento en que te ayuda a dejar de necesitarlo es el momento en que te pierde. La supervisión, eso que hace funcionar el argumento optimista, es precisamente la excepción que Marceau dice que casi nadie tiene. El producto por defecto es el que no está supervisado, y el producto por defecto está hecho para no llegar nunca al adiós.

Así que la señal de alarma no es la tecnología en sí. Es la ausencia de una salida. Una herramienta del duelo que se tomara en serio el duelo estaría diseñada para apagarse, para volverse poco a poco menos necesaria, para marcar un final y honrarlo. Es lo contrario de lo que un modelo de retención puede tolerar. Cuando una empresa promete que tu madre siempre estará ahí para hablar, no ofrece consuelo. Ofrece justo aquello de lo que el duelo más necesita protegerse: el permiso para no terminar jamás.

El duelo no es un problema que resolver ni una sesión que alargar. Es un paso con otra orilla, y a esa orilla solo se llega atravesando la ausencia, no rodeándola. El duelo tiene una sola salida, y lleva escrito adiós. El ‘griefbot’ es el primer producto de la historia diseñado para que nunca llegues a ella, y para cobrarte una suscripción por el desvío.

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