Ciencia

Por primera vez se ve girar el disco donde nacen los planetas, y no gira como debería

Peter Finch

El disco donde nacen los planetas nunca se había visto moverse. Alrededor de AB Aurigae, una estrella todavía tan joven que sigue envuelta en el gas y el polvo de los que se formó, ese disco ha sido seguido mientras gira de verdad: la primera vista directa de una cuna planetaria en movimiento y no como un retrato inmóvil. Y el movimiento no encaja del todo con lo que dicen los libros.

Un disco protoplanetario es el material que sobra alrededor de una estrella nueva, la materia prima con la que se ensamblan planetas, lunas y cometas. Hasta ahora, cada mirada a uno de ellos había sido en la práctica una fotografía: un instante hermoso e inmóvil del que los astrónomos deducían cómo debía estar girando el conjunto. Verlo moverse es otra cosa. Convierte una conjetura razonada en una medida, y es en las medidas donde aparecen las sorpresas.

La mayor parte del disco sí se comporta. Sus regiones externas rodean la estrella siguiendo la misma mecánica orbital que mantiene a los planetas dando vueltas alrededor del Sol. Más cerca, algunas zonas se apartan del patrón esperado. Hay nudos brillantes, donde el gas y el polvo se acumulan, justo en los puntos en los que un planeta gigante en formación arrastraría material hacia sí. Y sombras tenues, proyectadas sobre el disco por estructuras demasiado pequeñas u oscuras para verse de frente, que giran más rápido de lo que permitiría un disco liso y vacío. El equipo interpreta ese desajuste como la huella de planetas gigantes que aún están ganando masa.

El disco es enorme para los estándares de nuestro vecindario: se extiende desde unas 30 hasta 600 veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Dentro ya se había fotografiado un planeta, AB Aurigae b, un gigante gaseoso con unas nueve veces la masa de Júpiter que orbita a unas 93 distancias Tierra-Sol. El movimiento recién observado sugiere que no está solo y que hay más cuerpos tomando forma más cerca de la estrella.

La observación procede del instrumento SPHERE, instalado en el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral, en Chile, diseñado para tapar el resplandor de la estrella y dejar al descubierto el material débil que la rodea. Astrónomos del CNRS y de la Universidad de Burdeos cartografiaron la luz infrarroja de los granos de polvo del disco y luego compararon cómo se desplazaban esas estructuras entre distintas campañas de observación para reconstruir el giro.

La prudencia forma parte del método. Los planetas en formación no se fotografiaron: se deducen de los lugares donde el disco se descontrola, y las sombras y las zonas brillantes son pistas indirectas, no retratos. Los modelos con los que se compara el movimiento llevan sus propios supuestos, y las observaciones abarcan cuatro años frente a una órbita que tarda siglos, apenas unos fotogramas de una película que dura vidas enteras. La lectura de los planetas ocultos es la explicación más natural de la desviación, no la única sobre la mesa.

El trabajo se publicó en la revista Astronomy & Astrophysics y se apoya en tres campañas de observación reunidas a lo largo de cuatro años. El equipo planea seguir vigilando el disco a medida que entren en funcionamiento los próximos telescopios gigantes terrestres, instrumentos que deberían convertir las sombras móviles de hoy en los planetas que las proyectan.

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