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Deep Water: un thriller erótico que naufraga en lo predecible

Veronica Loop

La escena inicial de Deep Water (2022) nos presenta a Vic Van Allen (Ben Affleck) observando desde las sombras mientras su esposa, Melinda (Ana de Armas), besa apasionadamente a un desconocido en el porche de su mansión. Esta imagen, cargada de tensión y ambigüedad moral, establece el tono del thriller erótico psicológico dirigido por Adrian Lyne. Basada en la novela de 1957 de Patricia Highsmith, Deep Water explora los límites del matrimonio disfuncional y la obsesión, pero se queda a medio camino entre el suspense inteligente y el melodrama pretencioso.

El núcleo de la película es la dinámica tóxica entre Vic y Melinda. Affleck, con su rostro demacrado y mirada perdida, encarna a un hombre cuya aparente indiferencia hacia las infidelidades de su esposa oculta una simmering rage. Su actuación es lo más destacado del filme, capaz de transmitir repugnancia y fascinación en igual medida. De Armas, por otro lado, brilla como Melinda, una mujer que parece disfrutar del poder que ejerce sobre los hombres a su alrededor, pero cuya vulnerabilidad solo se deja entrever en momentos fugaces.

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Lyne, conocido por su trabajo en Fatal Attraction (1987), intenta recrear esa misma atmósfera de suspense sexual, pero aquí la dirección carece del pulso narrativo necesario. La película se estanca en una estructura repetitiva: Melinda tiene un nuevo amante, Vic los observa con curiosidad morbosa, y el hombre desaparece misteriosamente. Esta fórmula, aunque intrigante al principio, se vuelve predecible y aburrida. La tensión que debería acumularse a lo largo del metraje se diluye en una sucesión de escenas eróticas y diálogos cargados de subtextos.

El mayor problema de Deep Water es su falta de originalidad. A pesar de contar con un elenco talentoso y una premisa intrigante, la película no logra diferenciarse de otros thrillers psicológicos como Gone Girl (2014) o incluso Basic Instinct (1992). Las referencias a Highsmith son evidentes, pero Lyne no aprovecha el material para ofrecer una perspectiva fresca. La banda sonora, aunque adecuada en momentos clave, no logra elevar las emociones del espectador como debería.

Donde la película sí acierta es en su ambientación y fotografía. La mansión de los Van Allen, con sus pasillos oscuros y piscinas iluminadas por la luna, funciona como un personaje más, encerrando a sus habitantes en una jaula dorada. Las escenas nocturnas, bañadas en tonos azules y verdes, crean una atmósfera opresiva que refuerza el aislamiento emocional de los protagonistas.

Sin embargo, el mayor pecado de Deep Water es su final. Sin spoilers, basta decir que la resolución de la trama es tan predecible como decepcionante. Después de casi dos horas de suspense mal gestionado, el desenlace no ofrece ninguna satisfacción narrativa ni emocional.

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