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Avatar: Fuego y ceniza llega a Disney+ con los primeros na’vi que eligen la guerra

Molly Se-kyung

Jake Sully ha enterrado a un hijo. Neytiri ha visto cómo la guerra que creía haber terminado vuelve a por el resto de sus hijos. El tercer Avatar de James Cameron empieza donde la mayoría de las franquicias se detendría: dentro de una familia que ya ha perdido, en un planeta que ya no garantiza la seguridad de nadie. El espectáculo sigue ahí. Lo que ha cambiado es el clima que respira por debajo.

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Durante dos películas, Pandora funcionó con una moral nítida. Los na’vi viven en equilibrio; los humanos llegan para romperlo. Avatar: Fuego y ceniza, la aventura de ciencia ficción que ahora llega a los hogares en Disney+, es el capítulo que complica esa moral de forma definitiva. Presenta a los Pueblos de la Ceniza, un clan na’vi de tierras volcánicas cuya región y árbol madre fueron destruidos por una erupción, y que respondieron a esa ruina con la conquista en lugar de la reverencia. Por primera vez, la saga muestra na’vi que no son guardianes nobles de la naturaleza. Están furiosos, han perdido su tierra y su furia tiene una lógica que la película se niega a despachar.

Su jefa es Varang, interpretada por Oona Chaplin en el primer antagonista na’vi de verdad de la saga. Cameron ha contado que la eligió años antes de que el papel existiera del todo, atraído por una prueba que se movía entre la sensualidad, el dominio y la rabia sin asentarse nunca. El resultado es una villana cuya amenaza se lee como duelo. Varang no quiere conquistar por conquistar. Lidera a un pueblo al que el propio planeta ya le ha quitado el hogar, y ha concluido que un mundo que dejó arder a su clan nunca iba a salvarlo. Esa conclusión, no un arma ni un ejército, es lo más peligroso de la película.

Es una ruptura real con las dos entregas anteriores. El primer Avatar trazó una línea tan limpia que se volvió taquigrafía: pueblo del bosque bueno, gente del cielo mala. La forma del agua complicó la geografía, pero no la moral. Fuego y ceniza es el primer capítulo que coloca a un agresor del lado na’vi de esa línea: no un humano en cuerpo na’vi, no un converso corrompido, sino un clan que eligió la guerra en sus propios términos. La saga pasó dos películas enseñando cómo funciona la moral de Pandora. Esta enseña que siempre fue más complicada de lo que se mostró.

Cameron construye la película sobre una sola rima, y seguirla es la manera más segura de leer el conjunto. Lo’ak, el hijo Sully que sobrevive, carga la muerte de su hermano Neteyam como una rabia que busca diana. Varang carga la destrucción de su clan del mismo modo. La película monta en paralelo a ambos hasta que el espectador ya no puede fingir que los Pueblos de la Ceniza son sencillamente el enemigo. Dos duelos, la misma forma, avanzando el uno hacia el otro a lo largo de más de tres horas. La pregunta que el relato no deja de hacerse es a cuál de los dos puede llegar todavía Eywa.

El duelo es el tejido que une todo, y la película nunca deja que el espectador olvide de dónde parte. La muerte de Neteyam al final de La forma del agua pesa sobre cada escena de los Sully, y Cameron la trata como una herida que ha cambiado el modo en que la familia pelea, no como una tragedia ya superada. Jake manda de otra forma. Neytiri confía menos. Lo’ak, el hermano que vivió, se pasa la película buscando dónde poner lo que siente.

Si La forma del agua hizo de su elemento un medio de gracia, Fuego y ceniza hace del fuego un medio de pérdida. El clan volcánico combate con llamas donde el pueblo del arrecife se movía por el agua, y Cameron presenta el nuevo elemento como arma y como herida a la vez, un paisaje que ya se lo ha quitado todo a quienes ahora lo empuñan. La acción es la más física de las tres películas, pero rara vez es solo acción. Cada secuencia de fuego arrastra la memoria de lo que el fuego hizo primero.

Eso es lo que carga de electricidad al capítulo. Los Pueblos de la Ceniza son lo que ocurre cuando la catástrofe y el despojo producen militancia en vez de luto, una forma reconocible para cualquiera que haya visto a comunidades desplazadas decidir que la paciencia les ha fallado. Cameron lleva quince años construyendo Pandora como un argumento sobre cómo tratamos lo que no podemos reemplazar. Fuego y ceniza vuelve ese argumento hacia dentro, hacia los propios na’vi.

Alrededor de ese núcleo, la saga sigue ensanchándose mientras se cierra sobre una familia. Sam Worthington y Zoe Saldaña regresan como Jake y Neytiri, Sigourney Weaver como la adolescente Kiri, Stephen Lang de nuevo dentro de Quaritch, Kate Winslet y Cliff Curtis como los líderes metkayina Ronal y Tonowari, con David Thewlis incorporándose al mundo de Pandora. Los rostros que vuelven importan menos por nostalgia que por aritmética: este es el capítulo en que se paga el coste de tres películas de guerra, y la familia que ha sostenido la saga es más pequeña que antes.

Verla en casa cambia la forma de la experiencia. Un Avatar de cine es un acontecimiento al que te entregas; un Avatar en streaming es uno en el que puedes instalarte, pausar, volver, encadenarlo con las dos películas anteriores. Estrenar el penúltimo capítulo de la saga en Disney+ reúne todo el arco en un mismo servicio, la manera más eficaz de entregar un desenlace a un público que ya está al día. Para el espectador en casa, la plataforma es la noticia.

Lo que la película no resolverá es su propia fe. Avatar siempre se ha apoyado en la promesa de que el planeta protege a los suyos. Fuego y ceniza presenta a un pueblo que dejó de creer esa promesa, y nunca responde del todo si una religión construida sobre la armonía puede sobrevivir al clan que llama mentira a esa armonía. Es el raro blockbuster que cierra su capítulo más largo ensanchando la herida en lugar de cerrarla.

Avatar: Fuego y ceniza llega a Disney+ el 24 de junio de 2026, tras un paso por cines que superó los 1.480 millones de dólares en todo el mundo. James Cameron dirige a partir de un guion escrito con Rick Jaffa y Amanda Silver. Con más de tres horas, es la entrega más larga de la saga hasta la fecha, y la última antes de su conclusión prevista.

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