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«Los colores del mal: Negro»: Netflix lleva al fiscal Bilski a un pueblo que no dice dónde están sus niños

Veronica Loop

Los niños desaparecen de uno en uno, en un pueblo de Casubia lo bastante pequeño para que todos se conozcan y lo bastante callado para que nadie repita lo que sabe. Un fiscal recién trasladado lee ese silencio como una prueba. El duelo es real, pero debajo corre algo más frío y más útil para el pueblo: un acuerdo sobre qué preguntas no se hacen, más antiguo que el propio crimen.

Ese es el verdadero asunto de la película, y lo que la separa del caso que tiene en el centro. Una desaparición se resuelve. Un lugar que lleva generaciones decidiendo no mirar no se resuelve: como mucho se deja al descubierto, y quedar al descubierto no es lo mismo que hacer justicia. La tensión vive en esa distancia, no en la maquinaria habitual del thriller.

Leopold Bilski vuelve, y Jakub Gierszał lo interpreta igual que antes: un fiscal cuya quietud es una forma de presión, capaz de dejar correr un silencio hasta que alguien lo llena. La primera entrega lo mantenía en la costa de Tricity; esta lo lleva tierra adentro, a Kartuzy, a un pueblo que trata al fiscal de fuera como si fuera el clima, algo que se aguanta hasta que pasa.

No trabaja solo. Marianna Zydek es Ania Górska, fiscal adjunta que carga con su primer caso serio: una niña de trece años desaparecida y una comunidad que prefiere archivarla como fuga antes que como víctima. Repartir la investigación entre dos fiscales cambia lo que mira la película: deja de seguir a un detective y empieza a observar a una institución que empuja contra un muro de silencio heredado.

Adrian Panek, que escribió y dirigió la primera parte, conserva los dos cargos y usa el traslado al interior para cambiar la textura. El noir costero deja paso a un gótico de pueblo —cielos planos, casas viejas, una leyenda local que la investigación no deja de encontrar— hasta que folclore y forense se vuelven inseparables. En un sitio así, lo que la gente cuenta del bosque es también lo que usa para no contar la verdad sobre sí misma.

La película encaja en un apetito muy polaco. El «kryminał» de provincias —el crimen no en la capital, sino en el pueblo que protege su reputación— se ha vuelto una de las formas más fiables del país, en las listas de ventas y en el catálogo de streaming. La trilogía de Małgorzata Oliwia Sobczak pone la columna literaria; Casubia, con su lengua y su folclore propios, pone el resto: el silencio aquí no es un recurso, se hereda.

Lo que el caso no puede responder —y la película tiene la honestidad de dejarlo abierto— es si una comunidad que enterró sus propios crímenes puede llegar a rendir cuentas, o si un forastero con una placa y un expediente solo traslada el silencio al pueblo siguiente. Bilski puede cerrar una desaparición; no puede obligar a un lugar a confesar lo que pactó no decir.

Debajo del relato hay una jugada de industria que conviene nombrar. Con este título, Netflix deja de hacer un thriller polaco suelto y construye una franquicia con fiscal recurrente a partir de un superventas nacional. Un protagonista que regresa cambia las cuentas: un personaje conocido arrastra al espectador de un estreno al siguiente y convierte una propiedad literaria local en un activo renovable.

«Los colores del mal: Negro» llega a Netflix el 10 de junio de 2026. Adrian Panek dirige a partir de su propio guion, sobre la novela de Sobczak; encabezan Jakub Gierszał y Marianna Zydek, con Andrzej Chyra, Robert Gonera, Beata Ścibakówna y Piotr Żurawski. Es la segunda película de la serie, y por dónde lleva a Bilski, la saga parece menos interesada en atrapar a un asesino más que en cartografiar el silencio que permite a los asesinos conservar a sus vecinos.

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