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Clifford the Big Red Dog: un mensaje bonito ahogado en caos narrativo

Martin Cid

Imagina a una niña montada sobre un perro del tamaño de un caballo, cabalgando por las calles de Nueva York mientras los transeúntes miran boquiabiertos. Esa es la imagen central de Clifford the Big Red Dog (2021), dirigida por Walt Becker, que adapta el clásico infantil al cine con resultados desiguales.

La película sigue a Emily Elizabeth (Darby Camp), una niña que encuentra consuelo en un pequeño cachorro rojo llamado Clifford. Lo que comienza como una historia de amistad entre una niña y su mascota se convierte rápidamente en una huida por la ciudad cuando Clifford experimenta un crecimiento mágico y atrae la atención de una empresa genética. El guion de Blaise Hemingway intenta equilibrar el mensaje sobre la aceptación y el amor incondicional con una trama de persecución, pero el resultado es una mezcla que rara vez logra encontrar su ritmo.

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Donde la película funciona mejor es en los momentos más íntimos entre Emily y Clifford. La química entre Camp y el personaje animado es palpable, especialmente en escenas como cuando Clifford la consuela después de un conflicto familiar o cuando ambos comparten miradas cómplices durante sus travesías por la ciudad. Estos instantes capturan la esencia del material original: la conexión entre una niña y su perro gigante. Sin embargo, el resto de las actuaciones son olvidables, incluyendo a Jack Whitehall como el tío Casey, cuyo papel parece diseñado únicamente para proporcionar momentos de comedia forzada.

El mayor problema de Clifford the Big Red Dog es su falta de coherencia tonal. La película oscila entre la comedia familiar ligera y una trama de suspense corporativo que nunca logra ser convincente. Las escenas de acción, como la persecución por las calles de Nueva York, están filmadas con un estilo visual plano que carece del dinamismo necesario para mantener el interés. Además, los villanos —representados por Tony Hale y David Alan Grier— son tan genéricos que resultan olvidables.

A pesar de estos problemas, la película tiene algunos aciertos notables. La animación de Clifford es impresionante, especialmente en las escenas donde interactúa con el mundo real. Su tamaño descomunal se utiliza de manera creativa para generar momentos de humor físico y situaciones absurdas que divierten a los más pequeños. También hay algunas secuencias memorables, como cuando Clifford se convierte en una atracción turística improvisada o cuando su presencia ayuda a un grupo de niños a superar sus miedos.

En última instancia, Clifford the Big Red Dog es una película que intenta agradar a todos pero termina satisface a muy pocos. Su mensaje sobre la aceptación y el amor incondicional es valioso, pero se pierde en una trama desordenada y un tono inconsistente.

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