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Mentiras Peligrosas (Netflix): un thriller que desperdicia a su propio reparto

Martha Lucas

El guión de David Golden para Mentiras Peligrosas anuncia su tesis en la primera escena y emplea noventa minutos en no desarrollarla. Una joven limpiando una mansión vacía, su reflejo distorsionado en los muebles pulidos: es una imagen con verdadero peso teatral, la empleada del hogar como espejo de la casa que cuida. Lo que sigue abandona esa promesa con una eficacia que resulta casi deliberada.

Mentiras Peligrosas es un thriller de Netflix dirigido por Michael M. Scott. Katie Franklin (Camila Mendes), una camarera en paro, acepta un trabajo como cuidadora de Leonard (Elliott Gould), un anciano acaudalado y solitario en su mansión de Chicago. Cuando Leonard muere y deja toda su fortuna a Katie, ella y su marido Adam (Jessie T. Usher) se ven envueltos en una investigación por asesinato, testamentos ocultos y una galería de extraños amenazantes.

La premisa tiene recorrido. Los thrillers de herencia tienen una larga tradición literaria, desde las maniobras de salón de Agatha Christie hasta los estudios de culpa por proximidad de Patricia Highsmith. Lo que distingue al género en sus mejores ejemplos no es el secreto revelado al final, sino la contaminación moral que se acumula en la protagonista a medida que se acerca a él. Mentiras Peligrosas no persigue eso. Katie permanece reactiva, y el guión nunca le pide que enfrente de verdad lo que significa aceptar la herencia.

Mendes aporta una sinceridad al personaje que mantiene la película soportable en sus tramos más débiles. Hay momentos —una conversación junto a la cama de Leonard, una discusión nocturna con Adam— donde encuentra algo verdadero en diálogos que no lo merecen. El Adam de Usher tiene menos suerte: el guión lo usa simultáneamente como fuente de tensión doméstica y como mecanismo argumental, y las dos funciones se anulan entre sí. Gould compone la actuación más completa de la película, con esa autoridad particular de quien sabe con exactitud el tiempo que le queda: una calidez que la trama no se gana ni merece.

La dirección de Scott es profesional en el sentido de que ejecuta las instrucciones sin añadir nada. La mansión de Chicago, que debería funcionar como una presencia —opresiva, seductora, cómplice—, se lee como una localización. El diseño sonoro busca la amenaza y aterriza en tópicos del género. El montaje no tiene ritmo propio; se limita a ensamblar escenas en secuencia y confiar en que el espectador aporte el tejido conectivo que el guión se niega a proporcionar.

La película tiene los materiales para un estudio genuinamente perturbador sobre la ansiedad de clase y la aritmética moral de la supervivencia. Katie es pobre, luego repentinamente rica, luego amenazada por serlo: una trayectoria que podría tener peso dramático real. El guión no registra nada de eso. Las revelaciones del acto final no llegan como el resultado de la tensión acumulada, sino como una lista de hechos que el público debe aceptar porque el metraje exige una resolución.

Mentiras Peligrosas no es una película incompetente. Está mal escrita. El reparto encuentra más en los márgenes de lo que el guión depositó en ellos, y un texto mejor con los mismos actores habría producido algo que vale la pena discutir. Tal como está, es un thriller de Netflix que confunde la apariencia de mecánica argumental con una trama y la apariencia de tensión con tensión real: un ejercicio de género que olvida que el ejercicio requiere oficio.

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