Cine

Don Cochecito y los caballeros templarios: una aventura familiar que avanza sin prisa ni peligro

Antoni Nykowski dirige en 2023 una película de tesoros y exploradores con buena idea y poca tensión.
Martha O'Hara
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Don Cochecito y los caballeros templarios, dirigida por Antoni Nykowski, llegó a Netflix en julio de 2023 con un planteamiento pensado para verse sin esfuerzo. Un historiador del arte conocido, cazador de tesoros y dueño de un coche fuera de lo común se topa con un tesoro templario. Ese tesoro es la llave de un gran poder, capaz de alterar el equilibrio entre el bien y el mal. Seguir la historia no exige nada. El problema viene después. Al terminar la hora y cincuenta minutos, no habría sabido decir si había visto un thriller, una comedia ligera o una lección solemne sobre el patrimonio. La película salta de una cosa a otra sin comprometerse con ninguna, y sigue sin decidirse cuando llegan los títulos de crédito.

Se anuncia a la vez como aventura, drama y cine familiar, y las tres cosas conviven mal. Tomasz, el personaje de Mateusz Janicki, al que llaman Samochodzik, se enfrenta a una organización hostil con la ayuda de unos scouts amigos, y lo que está en juego es la herencia de las órdenes de caballería. Es una carga pesada para una película familiar. La película la menciona mucho más a menudo de lo que la emplea. La carrera contra el reloj se anuncia, pero no se siente, y cada escena avanza al paso de la anterior. Una crítica de la época escribió que la historia avanza con poco impulso y aún menos suspense. Yo lo diría con menos acidez, aunque entiendo la impaciencia.

El reparto es numeroso. Sandra Drzymalska interpreta a Anka Modzelewska y Maria Dębska, a Karen. Jacek Beler es «Adios», Anna Dymna es «Łajma», Olgierd Blecharz es «Sokole Oko», Kalina Kowalczuk es «Wiewióra» y Piotr Sega es «Mentorek». Los apodos son lo más simpático de la función y prometen un equipo con su propio lenguaje. La promesa no se cumple. Una pandilla solo nos convence cuando hemos pasado un rato con cada uno de sus miembros, y aquí los personajes llegan en bloque y siguen siendo un bloque. Me costó decir en qué se distingue uno de otro. Hasta una actriz tan personal como Anna Dymna se queda con poco más que un apodo al que responder, y es un desperdicio, porque su rostro sostiene una escena con muy poca ayuda del guion.

El punto más flojo es el centro de la película. Quien dirige a unos jóvenes ayudantes tiene que ser alguien a quien se siga a cualquier parte: con labia, con ganas visibles de perseguir el misterio, un poco presumido de su propia astucia. El Tomasz de Janicki resulta, más bien, un observador cauto que está donde la trama lo necesita. En un erudito, la reserva puede defenderse. En quien debe mantener unido a un equipo, enfría justo el vínculo que haría que los personajes jóvenes, y los espectadores jóvenes, le tomaran cariño. El coche singular y el apodo célebre deberían bastar para dibujar al personaje, y no bastan. El coche dice qué conduce y el apodo, qué piensan de él los demás. Ninguno de los dos dice qué quiere Tomasz, qué teme o por qué arriesgaría algo por una reliquia templaria. Una reseña dirigida a padres lo describía como poco encantador y la trama como confusa. Lo primero me parece justo. Lo segundo lo es más a medida que los personajes se multiplican.

El ritmo es el siguiente escollo. La carrera contra el reloj existe en la sinopsis, pero la historia rara vez da la impresión de correr. Las escenas avanzan a una velocidad pareja y los momentos que deberían tensarse pasan sin un atisbo de suspense. El tesoro templario funciona menos como algo por lo que alguien se jugaría el pellejo que como una casilla más en una lista de tareas. Przemysław Bluszcz, como Petersen, y Ewa Błaszczyk, como Gierymska, figuran en el reparto, pero la organización hostil nunca llega a tener rostro. Se nos dice que es peligrosa y no se nos da motivo para sentirlo. Una aventura vive de la sensación de que alguien pisa los talones al héroe, y esta rara vez nos hace mirar por encima del hombro. En el cine de aventuras para el público joven, el villano no necesita dar miedo, le basta con estar presente, y un obstáculo claro en cada escena vale más que una atmósfera general de peligro.

La idea moral es lo más ambicioso que hay en la película. Un poder que inclina la balanza entre el bien y el mal llevaría a un público joven a preguntarse en quién puede confiar y qué haría uno mismo con algo así. La película roza la cuestión y pasa de largo. Nunca se detiene en una decisión difícil, y ninguna elección le cuesta nada a nadie. La lucha entre el bien y el mal queda enunciada en la sinopsis y poco más, porque ningún personaje llega a vivirla. En una película que también se declara drama, es una carencia seria. Un drama debería hacer que al menos una decisión duela. Aquí nadie paga por nada.

No quiero ser injusto con la intención. La idea de que unos scouts ayuden a un cazador de tesoros a proteger una herencia antigua encaja con el espíritu familiar que busca, y los niños que quieran una aventura con un misterio en el centro encontrarán una compañía poco exigente. Conviene reconocerle también que levante una historia sobre órdenes de caballería y cruces antiguas, asuntos que una producción más cínica habría cambiado por algo más ruidoso. Pero el espectador adulto notará por dónde se descose el relato: una trama que pide más atención de la que devuelve y un protagonista que nunca se gana del todo la lealtad de quienes lo rodean.

Al final, la película reúne a muchos personajes con apodo y a ninguno que tire de los demás. Un secreto templario, una organización rival y un coche llamativo están sobre la mesa, y la película los va colocando sin prisa y sin demasiado calor. Nadie en pantalla parece ansioso por resolver nada, y al cabo de un rato el espectador tampoco.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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