Cine

Los pétalos que lloran: una despedida demasiado predecible

Martin Cid

La última escena de Love Like the Falling Petals es una de las más desgarradoras del cine romántico reciente: Haruto, sin reconocer a la ahora anciana Misaki frente a su estudio fotográfico, le habla con cortesía formal antes de que ella colapse y muera. Es un golpe narrativo brutal, pero también uno deliberadamente construido para subrayar el tema central de la película —la fugacidad de la vida y del amor— a través de una metáfora visual concreta: los pétalos de cerezo que caen como lágrimas.

Basada en la novela homónima de Keisuke Uyama, esta adaptación dirigida por Yoshihiro Fukagawa y escrita por Tomoko Yoshida sigue la historia de Haruto (Kento Nakajima), un aspirante a fotógrafo, y Misaki (Honoka Matsumoto), una peluquera cuyo diagnóstico de progeria —una enfermedad que envejece su cuerpo diez veces más rápido— convierte su romance en una carrera contra el tiempo. La primera hora del filme es encantadora: la química entre Nakajima y Matsumoto es palpable, especialmente en escenas como la inicial de corte de pelo accidentado o el paseo bajo los cerezos en flor, donde Misaki regaña a Haruto por abandonar sus sueños. Es aquí donde Fukagawa demuestra su habilidad para equilibrar lo dulce con lo melancólico, usando planos cerrados y detalles sonoros (el crujido de las hojas, la risa nerviosa de Misaki) para construir intimidad.

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Pero el segundo acto, cuando la enfermedad de Misaki se manifiesta, tropieza en su ejecución. La transición de la comedia romántica al drama médico es abrupta: los diálogos sobre su condición suenan a veces clínicos y desvinculados de la emotividad previa. Matsumoto lucha por transmitir el deterioro físico y emocional de Misaki sin caer en lo grotesco, pero algunas tomas de sus síntomas (la caída del cabello, las arrugas aceleradas) rozan lo sensacionalista. Peor aún, el conflicto con su hermano mayor (Kento Nagayama), aunque bien actuado, se siente redundante: ya sabemos que el tiempo es el villano.

Donde la película sí brilla es en su uso de los símbolos. Los cerezos —presentes desde el título— no son meros adornos; Fukagawa los emplea como recordatorios visuales del ciclo vida-muerte, especialmente en el plano final donde Haruto fotografía pétalos cayendo sobre una tumba. La banda sonora, minimalista pero efectiva, refuerza esta idea con cuerdas que imitan el viento.

El veredicto es mixto: Love Like the Falling Petals tiene momentos de genuina belleza y un mensaje valiente sobre vivir a pesar del dolor, pero su estructura desigual y ciertas decisiones tonales la alejan de ser una obra redonda.

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