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Stockholm: un robo sin rumbo ni alma

Martin Cid
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La escena inicial de Stockholm (2019) es un espejismo de caos controlado: Ethan Hawke, con una sonrisa nerviosa y una pistola que parece prestada, entra a un banco en Estocolmo sin un plan sólido más allá de «necesitar el dinero». Esta ambigüedad inmediata —¿es este hombre peligroso o patético?— promete una exploración psicológica profunda del síndrome que da nombre a la película. Basada en los eventos reales de 1973 y dirigida por Robert Budreau, la cinta mezcla comedia negra y drama criminal con un elenco encabezado por Hawke y Noomi Rapace. El problema es que, como el propio atraco, Stockholm nunca decide si quiere ser una sátira aguda o un estudio emocional serio de sus personajes.

La premisa —un ladrón amateur toma rehenes en un banco y termina creando un vínculo inesperado con ellos— es fascinante. Hawke, como Lars Nystrom, roba más por desesperación que por maldad, y esta ambivalencia moral es el punto fuerte de su actuación. Su interpretación oscila entre lo cómico y lo trágico: hay momentos en los que parece un payaso peligroso (como cuando improvisa una canción para calmar a los rehenes) y otros en los que transmite una vulnerabilidad genuina, especialmente en sus interacciones con Rapace. La química entre ambos es el corazón emocional del filme, particularmente en escenas como aquella donde Bianca Lind (Rapace) le confiesa a Lars que «nunca había conocido a alguien como él». Esos instantes de conexión humana son los más convincentes de la película.

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Sin embargo, Stockholm tropieza al intentar equilibrar su tono. La comedia negra funciona cuando explora la absurdidad del crimen —como cuando Hawke intenta negociar con la policía mientras bebe café— pero falla cuando intenta ser un drama psicológico profundo. Las escenas con los rehenes, aunque bien actuadas por Mark Strong (Gunnar Sorensson) y Bea Santos (Klara Mardh), carecen de la tensión necesaria para justificar su duración. La estructura, que alterna entre el interior del banco y las negociaciones policiales fuera de él, se siente desequilibrada: los momentos con Christopher Heyerdahl como el jefe de policía Mattsson son los menos interesantes, llenos de diálogos predecibles sobre «protocolo» y «seguridad».

Visualmente, la película adopta un estilo sobrio y frío que refleja el invierno sueco. La fotografía en tonos grises y azules —aunque adecuada para la atmósfera— no aporta nada innovador al género. Budreau opta por planos estáticos y encuadres cerrados dentro del banco, lo que limita la expresividad visual. El sonido, aunque competente, nunca se eleva a algo memorable, ni siquiera durante los momentos de mayor tensión.

El mayor problema de Stockholm es su ambición modesta. No se arriesga lo suficiente en su exploración del síndrome que la inspiró. Cuando lo hace, como en una escena donde Bianca parece justificar las acciones de Lars, el guion (también escrito por Budreau) trata el tema con una ligereza que diluye su impacto. La resolución, aunque fiel a los hechos, se siente apresurada, como si el director no estuviera seguro de cómo cerrar la historia.

Stockholm también sufre de un problema de identidad tonal. ¿Es una comedia negra sobre un crimen absurdo? ¿O es un drama psicológico sobre las complejidades del síndrome de Estocolmo? La película nunca elige un camino claro, y ese vacilación debilita su impacto emocional. Comparada con otras películas basadas en hechos reales, como The Social Network (2010) o Foxcatcher (2014), Stockholm carece de la profundidad temática y la cohesión narrativa que hacen que esas cintas sean inolvidables.

A pesar de sus defectos, Stockholm tiene momentos brillantes. La actuación de Hawke es, sin duda, el punto más alto del filme. Su capacidad para transmitir tanto vulnerabilidad como peligrosidad en un solo gesto es admirable. Rapace también ofrece una interpretación sólida, aunque su personaje a veces se siente subutilizado.

En cuanto a la dirección, Budreau demuestra un buen manejo de las actuaciones pero carece de un estilo visual distintivo. La película se siente como un ejercicio competente pero seguro, sin riesgos que la destaquen del resto del género.

Stockholm está dirigida principalmente a un público que disfruta de dramas criminales con toques de comedia negra. Los fans de Ethan Hawke encontrarán en su actuación una razón suficiente para verla, pero aquellos que buscan una exploración profunda del síndrome de Estocolmo o una narrativa emocionante quedarán decepcionados.

En última instancia, Stockholm no es una mala película, pero tampoco es esencial. Es un esfuerzo competente que nunca se eleva por encima de lo convencional.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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