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Jurassic World: Dominion quiere ser todas las películas Jurassic a la vez

Martin Cid

Cinco películas después, Jurassic World: Dominion de Colin Trevorrow quiere cerrar la saga, reunir por primera vez en pantalla al reparto original de 1993 e injertar un thriller de conspiración corporativa sobre langostas modificadas en una franquicia que siempre se sostuvo sobre dinosaurios. La tensión se nota. La ambición también.

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Cuatro años después de que Isla Nublar colapsara, los dinosaurios comparten el planeta con todos los demás. Cazan en la nieve, duermen en los tejados, viajan en trenes de carga. Dominion plantea esa convivencia inestable y enseguida la rodea. La trama que cuenta de verdad es corporativa: Biosyn, la empresa de genómica que llevaba media franquicia en los márgenes, está criando langostas modificadas que amenazan la cadena alimentaria global. Owen Grady (Chris Pratt) y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard) buscan a una niña secuestrada. Alan Grant (Sam Neill), Ellie Sattler (Laura Dern) e Ian Malcolm (Jeff Goldblum) siguen el rastro corporativo. Las dos historias confluyen a mitad del metraje, en los Dolomitas italianos.

Trevorrow escribió el guion junto a Emily Carmichael y rodó buena parte de la segunda mitad en decorados reales de Pinewood y en localizaciones de Malta. Apostar por puesta en escena práctica frente al croma siempre que se pudo es la decisión más defendible de la película; los dinosaurios pesan, no flotan.

Es un cierre que quiere honrar a la saga que hereda. Dern, Goldblum y Neill no aparecen de cameo. Sostienen un tercio de la película y el guion les da espacio para interpretar versiones mayores de los personajes de 1993, no mascotas de fan service. Sattler examina una langosta con lupa. Malcolm suelta uno de sus monólogos socarrones en un auditorio universitario. Las escenas funcionan porque los actores pueden actuar.

Los set pieces son la saga a pleno volumen. La secuencia de Malta, con velociraptores saltando por los tejados de teja en un plano casi continuo, es el tramo de acción más cinético que han ofrecido las Jurassic World. Michael Giacchino toca los motivos de John Williams sin disfraz cuando hacen falta y los repliega cuando estorbarían al plano.

El problema profundo es estructural. Hay dos películas cosidas y cada una se queda con el metraje que necesitaba la otra. La trama de las langostas pide ritmo de thriller; la de los dinosaurios pide espectáculo. La secuencia del campus de Biosyn en el tercer acto es el mejor argumento que ofrece Dominion para justificar su existencia y, a la vez, el momento en que las costuras se hacen más visibles.

Si la película funciona o no depende de qué se espere de una quinta Jurassic. Como cierre, es generosa hasta el exceso. Como película individual, es más ruidosa que afilada.

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