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La toma del poder convierte el deepfake en motor de persecución, pero se queda corta con sus ideas

Thriller hacker neerlandés de Annemarie van de Mond, 2022, con Holly Mae Brood al frente.
Martha O'Hara
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La toma del poder parte de una premisa que suena a presentación hecha con prisa ante un productor. Mel Bandison (Holly Mae Brood), una hacker ética autoproclamada, frena un robo de datos en un autobús autónomo de alta tecnología y, al hacerlo, desmantela una red criminal internacional. Buena acción, enemigos equivocados. Su premio es convertirse en objetivo y que un vídeo deepfake parezca demostrar que ha matado a alguien. Annemarie van de Mond dirige este cruce de acción, crimen y suspense de 2022, y el planteamiento es sincero sobre lo que quiere ser.

La mejor idea de la película es una ironía. El oficio de Mel consiste en saber con qué facilidad miente una pantalla, así que un vídeo falsificado es el arma que debería ver venir y la que menos puede rebatir. Volver su propio terreno contra ella es un giro limpio. Además, permite plantear algo más grande de lo que la trama necesita: ¿cuánto vale una persona cuando el único registro de ella es algo que cualquiera puede fabricar? La película no profundiza demasiado en esa pregunta. Es cine de género y usa el deepfake sobre todo como motor de la persecución. Pero es un buen motor, y la premisa merece crédito por elegir una amenaza cercana a la vida cotidiana en lugar de una bomba con cuenta atrás. Casi todos hemos visto ya cómo un clip falso pasa por verdadero, y la película sabe que el espectador llega con esa inquietud de serie.

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El título ya se ha usado antes. Muriel Spark publicó en 1976 una novela con el título original The Takeover, una película estadounidense de 1995 se llama igual y Jay-Z tiene una canción de 2001 titulada Takeover. En el lenguaje de los negocios, una toma de control es la compra de una empresa por otra. Aquí la idea se estira hasta abarcar el control de los sistemas, de una imagen, de una vida entera. Que la película sostenga todo ese peso es otro asunto, pero al menos el estiramiento le da al título una función más allá de sonar contundente.

Holly Mae Brood tiene la tarea más difícil. Un hacker es un personaje complicado de filmar, porque su trabajo consiste sobre todo en estar quieto, y la actriz tiene que dotar de interés a esa quietud antes de que empiece la carrera. Brood interpreta a Mel como una persona por la que merece la pena apostar, no como un acertijo, con una mezcla de competencia y terquedad, y me resultó fácil ponerme de su lado. Importa, porque toda la película depende de ello. Cuando una historia le quita a su protagonista el nombre, la libertad y las pruebas, el espectador necesita notar esa pérdida en su rostro, y Brood lo consigue sin subrayarlo.

Géza Weisz interpreta a Thomas Deen, y el resto del reparto completa el mundo de Mel: Susan Radder es Roos, Frank Lammers es Buddy, Noortje Herlaar es Linde van Erp, Walid Benmbarek es Idriss, Lawrence Sheldon es Rogers, Jenny Hsia figura como Teamlid y Mike Wijdenbosch es Robin. Faye Kimmijser aparece como la joven Mel. Un thriller sobre una mujer aislada por una mentira depende de quienes la rodean, de quién le cree y quién no. Lammers aporta la presencia más reconocible del grupo, y la película se apoya en ella. Con un reparto tan largo, sin embargo, eché de menos que los secundarios tuvieran más espacio para ser algo más que una pieza al servicio de la historia de Mel.

La película pierde seguridad en cuanto deja atrás el planteamiento. El arranque promete velocidad y durante un rato la cumple. Después, el tramo central se apoya en explicaciones y el impulso se afloja justo cuando las apuestas deberían apretarse. El hilo del deepfake es lo más interesante de la historia y, a ratos, lo más atropellado. Algunas maquinaciones de la red criminal resultan tan enrevesadas que ponen a prueba la paciencia de quien solo quiere saber quién persigue a Mel y por qué. El tono también vacila: quiere ser una persecución de serie B y, a la vez, un relato más sombrío sobre la tecnología y la confianza, y no siempre elige una sola voz.

Nada de eso la hunde. Es la historia conocida de la persona inocente en fuga, y su frescura viene del detalle digital, no de la estructura. Los héroes acusados en falso llevan décadas huyendo por las pantallas, y la cuestión es siempre la textura. Aquí la textura es un mundo donde las pruebas pueden construirse de la nada, y eso le da a la vieja persecución una razón para existir hoy. Antes se perseguía a un fugitivo porque alguien lo había visto. A Mel la persiguen porque alguien ha fabricado un vídeo, y no hace falta ningún testigo.

La toma del poder es un thriller sólido, a veces desigual, con una ironía central afilada y una protagonista que lo sostiene. No va a cambiar el género y deja a medias su mejor pregunta. Aun así, conoce a su público y trata a su heroína con respeto. Vería la próxima película de Van de Mond solo por esta premisa, y esperaría que dedicara algo más de tiempo a las ideas que aquí apenas esboza.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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