Cine

Punto de mira ata a un hombre a una bomba y aun así no encuentra la tensión

Martha Lucas

Hay un thriller seco y eficaz enterrado dentro de Punto de mira, y es justo el que James Cullen Bressack nunca llega a hacer estallar. El planteamiento es casi infalible: un hombre despierta conectado a una bomba y obligado a robar bancos con el teclado antes de que una voz oculta lo haga saltar por los aires. Es una premisa hecha por completo de tensión, y la película no para de encontrar maneras de dejarla escapar.

Kevin Dillon es Orlando Friar, un antiguo hacker de sombrero negro reconvertido en informático de oficina que se sienta en su mesa y se encuentra una bomba de placa de presión pegada bajo la silla y a un extorsionador anónimo en el auricular. Al otro lado de la ciudad, Mel Gibson es Wallace Reed, el veterano artificiero al que llaman para mantener vivo a Friar mientras lo arrastran por una cadena de atracos informáticos a distancia. El reloj suena fuerte, lo que está en juego es literal, y durante un rato casi basta con eso.

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Una premisa que la dirección desinfla

Bressack fabrica sin descanso exactamente este tipo de cine de género de espacio cerrado, y cubre el pulso de despacho con planos suficientes para que no se pare. Lo que no puede es disimular el presupuesto. Las explosiones de cartel llegan como un CGI llamativamente liviano, el hackeo es la habitual cascada de interfaces absurdas y calaveras sonrientes, y cada vez que habría que apretar las tuercas, una réplica floja o un corte plano vuelven a aflojarlas. Un thriller de localización única vive o muere por la presión; este no para de abrir una ventana.

El guion y la dirección sí deparan alguna sorpresa leve y pequeños giros para animar la cosa. Eso no compensa del todo la cutrez del resto.

Leslie Felperin, The Guardian

El reparto

Dillon carga con el peso y es la mejor razón para quedarse: sudoroso, presa del pánico y creíblemente sobrepasado, convierte a un hombre pegado a una silla en la única fuente real de impulso de la película. Gibson, segundo en el cartel y trabajando casi todo por teléfono y desde detrás del cordón policial, presta su autoridad curtida a un papel que apenas le pide nada: la clase de secundario que la crítica ha llamado, con razón, un paseo dormido. A su alrededor, la jefa de policía de Shannen Doherty y el sargento de Sam Asghari rellenan una comisaría trazada a brochazos, mientras la familia de Friar entra en escena para aportar el peligro que la trama no genera por sí sola.

Mel Gibson
Mel Gibson at the premiere of “We Were Soldiers,” Mann’s Village Theater, Westwood. Depositphotos

Gibson prácticamente camina dormido por un papel mal escrito que huele a tedio de coger-el-dinero-y-correr, en una película escasa de desarrollo o sorpresas.

Terry Staunton, Radio Times

Montada con piezas de thrillers mejores

Casi todo aquí está tomado prestado y apenas reetiquetado. La bomba que no se puede abandonar es Speed; el cautivo obligado a actuar para un verdugo sin rostro es Última llamada; el superhackeo con una pistola en la nuca es Operación Swordfish con el barniz lijado. No hay deshonra en trabajar dentro de una tradición, pero Punto de mira rara vez aporta un pliegue propio. Echa mano del manual del cyberthriller del gato y el ratón y copia las respuestas, hasta el giro final obligatorio sobre quién está de verdad al otro lado de la línea.

La nota

No es el desastre que amenazan sus efectos de los primeros minutos. La entrega de Dillon, un metraje ágil y un gancho que se niega a morir del todo la mantienen vista en una noche tranquila, y es fácil imaginar una versión más afilada y más sucia de este mismo guion. Tal como queda, Punto de mira es un thriller que se habla a sí mismo hasta quitarse la urgencia: todo reloj en marcha y ninguna detonación.

Dirección

James Cullen Bressack

James Cullen Bressack

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