Cine

La Última Noche hace del apocalipsis una cuestión de buenos modales

Martha Lucas

La Última Noche comienza exactamente como debe comenzar una película de Navidad. Casa de campo inglesa, árbol decorado, banquete a punto, amigos llegando con botellas caras y buenas intenciones. El único detalle que complica el cuadro es que todos los presentes saben que esa noche es la última que pasarán juntos. Una nube tóxica avanza sobre el país. La pastilla que hace que morir no duela ya circuló. Lo que queda es la cena.

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Escrita y dirigida por Camille Griffin en su debut en el largometraje, la película se estrenó en el Festival de Toronto antes de llegar a las salas en diciembre de 2021. Griffin construye todo el argumento sobre una pregunta de protocolo social: ¿qué hace una reunión cuando tiene fecha de caducidad? Su respuesta es que funciona igual que siempre: los agravios sin decir, los niños en conversaciones que no les corresponden, la anfitriona intentando que los platos no se enfríen y las emociones tampoco.

Keira Knightley y Matthew Goode interpretan a los anfitriones con esa clase de agotamiento calibrado de quienes llevan demasiados años haciendo que la Navidad funcione. Roman Griffin Davis, al que el público reconoció en Jojo Rabbit, sostiene el papel estructuralmente más difícil: el niño que se niega a aceptar la lógica a la que los adultos se rindieron. Es el eje de la película, y cuando el guion le deja cargar con el argumento, La Última Noche encuentra sus mejores momentos.

El reparto que los rodea, Annabelle Wallis, Lily-Rose Depp, Sope Dirisu, Kirby Howell-Baptiste, Lucy Punch y Rufus Jones, llena la casa con esa presión social específica de la gente que acordó portarse bien y puede que no todos lo logren. Griffin usa el grupo para dibujar diferencias de clase que el apocalipsis no borra sino que afila. La película se interesa menos por cómo acaba el mundo que por quién llega al final con los modales más intactos.

La primera mitad es más sólida que la segunda. El planteamiento es seguro: el guion deja que la incomodidad social se acumule sin explicarse demasiado. La segunda parte empuja hacia un territorio que la estructura no siempre soporta. El desenlace toma decisiones menos ambiguas que lo que le precedió, y si eso resulta necesario o precipitado depende de lo que cada uno llevó a la mesa.

La Última Noche no resuelve la distancia entre su tono de comedia y sus ambiciones dramáticas, y es posible que ese sea exactamente el propósito. Lo que Camille Griffin filma es menos una tesis sobre el miedo que un documento sobre cómo cierto tipo de persona elige pasar la última noche. Los modales duran más de lo que debieran.

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