Cine

La Última Noche — el apocalipsis llega a la cena de Navidad y todos mantienen los modales

Martha Lucas

En papel, La Última Noche arranca exactamente como debe arrancar una película navideña: casa de campo inglesa, árbol cargado de luces, amigos llegando con vino caro y las mejores intenciones. El detalle que complica el panorama —y no es un detalle menor— es que todos los presentes saben que esta es la última noche que pasarán juntos. Una nube tóxica avanza por el país. El gobierno ha distribuido una pastilla para que morir no duela. Lo que queda es la fiesta, y la pregunta de si alguien llegará al final sin decir lo que no debe.

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Escrita y dirigida por Camille Griffin en su debut en el largometraje, la película se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Toronto en septiembre de 2021 antes de su estreno en diciembre de ese año. Griffin construye toda la arquitectura sobre una única pregunta de protocolo social: ¿qué hace una reunión cuando tiene un final fijado? Su respuesta es que se comporta exactamente igual que siempre: los agravios acumulados, las conversaciones en las que los niños no deberían estar, la anfitriona intentando que los platos y las emociones no se enfríen.

Keira Knightley y Matthew Goode interpretan a los anfitriones con ese cansancio particular de quienes llevan demasiados años haciendo que la Navidad funcione. Roman Griffin Davis carga con el peso estructural de la película: el niño que se niega a aceptar la lógica a la que los adultos han cedido. Es el eje del film, y el guión es más certero cuando le confía el argumento.

El reparto que los rodea —Annabelle Wallis, Lily-Rose Depp, Sope Dirisu, Kirby Howell-Baptiste, Lucy Punch y Rufus Jones— llena la casa con la presión específica de personas que prometieron portarse bien y puede que no todas lo consigan. Griffin usa el grupo para trazar diferencias de clase que el apocalipsis no borra sino que agudiza. La película se interesa menos por cómo termina el mundo que por quién llega al final con la compostura intacta.

La primera mitad es más segura que la segunda. El planteamiento es firme —el guión deja que la incomodidad social se acumule sin explicarse demasiado— pero la segunda parte empuja hacia un territorio que la estructura no siempre sostiene. El desenlace toma decisiones menos ambiguas que lo anterior, y si eso resulta necesario o precipitado depende de lo que cada espectador trajo a la sala.

La Última Noche no resuelve la tensión entre su superficie de comedia negra y sus ambiciones más pesadas, y es posible que esa brecha sea la observación más exacta de la película. Lo que Griffin filma es menos una meditación sobre el miedo que un documento de cómo cierto tipo de persona elige pasar una noche imposible. Los modales duran más de lo que deberían.

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Camille Griffin

Camille Griffin

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