Cine

Terminator: Destino oscuro tuvo el valor de ejecutar su propio mito

Martha O'Hara

El primer plano no es una máquina. Es una playa — Acapulco, 1998, luz ámbar acumulada sobre la arena con esa densidad que solo tienen las horas antes de que todo se vuelva sombra. John Connor está vivo, veinte años más joven, y le quedan unos noventa segundos. Tim Miller y el director de fotografía Ken Seng eligen, en esos noventa segundos, dejarte mirar: sin cámara en mano histérica, sin asalto de CGI, solo un encuadre que retiene el rostro del hombre que esta saga dedicó tres décadas a proteger — el tiempo suficiente para que entiendas lo que está a punto de ocurrir y lo sientas en el cuerpo.

El T-800 que sale entre los árboles es Arnold Schwarzenegger. No duda. El disparo suena sobre el agua. Terminator: Destino oscuro hace lo que las cuatro secuelas anteriores nunca tuvieron agallas de hacer: reconoce que el final de James Cameron en 1991 era definitivo, y construye sobre los escombros.

Lo que sigue argumenta, a lo largo de 128 minutos, que esta saga nunca fue realmente sobre John Connor.

El centro del filme se desplaza a Dani Ramos — Natalia Reyes, en una actuación que se profundiza a medida que la lógica del filme clarifica quién es ella realmente. Seng y Miller se demoran en su mundo: una planta de automóviles en Ciudad de México, luz fluorescente industrial, acero y mugre y el cansancio específico de quienes construyen lo que otros conducen. Grace (Mackenzie Davis), llegando desde 2042, ha sido aumentada más allá de la capacidad humana — articulaciones, músculo, hueso rediseñados como armamento. El Rev-9 (Gabriel Luna) llega del futuro que lo envió: metal líquido sobre endoesqueleto de titanio, capaz de dividirse en dos amenazas independientes simultáneas. Es el diseño de Terminator más inventivo desde el T-1000 de Robert Patrick, y Luna lo interpreta con una paciencia burocrática que lo hace más aterrador que cualquier violencia declarada.

El argumento visual del filme pasa por su geografía. México no es escenario — es localización en el sentido pleno, un país en un momento histórico preciso, su frontera con Estados Unidos cargando un peso que el guion reconoce sin insistir. Cuando aparece Sarah Connor — Linda Hamilton, operando con una furia que el personaje lleva negada desde 1991 — trae treinta años de duelo visibles en cada encuadre que la retiene. Hamilton se ganó su nominación al Saturn Award sin discusión. Esta es una actuación que funciona a través de lo que un cuerpo ha elegido y lo que ha absorbido.

El subargumento de Carl — Schwarzenegger — es más extraño de lo que esta saga había intentado antes. La máquina que mató a John Connor pasó las décadas siguientes en Texas, formó una familia, vende cortinas, intenta entender por qué la gente a su alrededor toma las decisiones que toma. La escena en la que le explica esto a Sarah Connor alcanza algo infrecuente en un blockbuster de franquicia: una pregunta genuina sobre si el remordimiento es posible para algo que comenzó sin conciencia.

Ken Seng mantiene la acción legible sin embellecerla. La secuencia del C-5 militar — la mejor pieza de acción de la saga desde la persecución con el camión de nitrógeno líquido en Terminator 2 — nunca pierde coherencia espacial aunque escale. La partitura de Tom Holkenborg construye amenaza sin citar el original de Brad Fiedel, lo que es una forma de disciplina.

Terminator: Destino oscuro perdió aproximadamente 122 millones de dólares en taquilla. Es la mejor película de Terminator desde T2, y mató la franquicia de todos modos — lo que dice algo sobre la física del agotamiento de marca. Incluso una respuesta correcta puede llegar demasiado tarde. La nota es 7,2: oficio real y convicción clara, lo máximo que esta saga ha alcanzado desde 1991.

Dirección

Tim Miller

Tim Miller

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