Cine

The Dark Divide: cuando David Cross dejó de hacer reír y encontró algo más

Martha Lucas

La adaptación cinematográfica plantea un problema formal clásico: ¿cómo se convierte en imágenes lo que sucede dentro de la mente de una persona que camina sola? La novela de Robert Michael Pyle, Where Bigfoot Walks, es profundamente interior, un registro de pensamiento y observación que la pantalla tendría que destruir para convertirlo en acción convencional. Tom Putnam encontró una solución arquitectónica: construir la película alrededor de llamadas telefónicas y cartas entre Pyle y su mujer Thea, que lucha contra el cáncer en casa mientras él recorre el remoto bosque nacional Gifford Pinchot en Washington.

David Cross es, entre otras cosas, un comediante del lenguaje. Su inteligencia particular siempre ha residido en el espacio entre lo que la gente dice y lo que quiere decir. Putnam usa esa inteligencia con precisión: su Pyle es un hombre que utiliza el vocabulario científico para tramitar el duelo. Nombra lo que ve, cataloga lo que encuentra, porque nombrar es la única forma de control que tiene a su alcance. Cuando los nombres dejan de servir —cuando lo que ocurre en casa supera la taxonomía— Cross actúa el silencio que sigue con la sobriedad de quien sabe que no necesita explicarlo todo. No es la interpretación que uno esperaría de él. Es, en retrospectiva, la que la película necesitaba.

Debra Messing, como Thea, opera en el otro extremo de esas llamadas: precisa, a ratos casi clínica, una mujer que sabe exactamente qué necesita escuchar su marido y qué no. Su actuación es de las que es fácil infravalorar porque no se anuncia: la dificultad de escuchar en lugar de hablar, de ser la voz que sostiene a alguien desde lejos.

El libro de Pyle está genuinamente dividido entre el registro ecológico minucioso y la investigación semiseria del Bigfoot, y el guión respeta esa dualidad. La voluntad de Pyle de mantener abierta una hipótesis que su formación científica normalmente cerraría proporciona los momentos de psicología del personaje más interesantes: un hombre constitucionalmente incapaz de dejar de buscar lo que no puede demostrar —que es exactamente la posición en la que está con Thea.

The Dark Divide no se resuelve fácilmente en género ni en veredicto. Es una película que existe para mostrar lo que David Cross hace con el lenguaje bajo presión, y lo que Debra Messing hace escuchando. Para espectadores que leen el cine como leen la prosa, ofrece el placer particular de ver cómo un guión resuelve un problema formal con cuidado y sin atajos. Una película quieta en el mejor sentido: no vacía, sino deliberadamente sin consuelo.

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Tom Putnam

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