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La Maldición de Audrey Earnshaw: todo atmósfera y ninguna respuesta

Martha O'Hara

La niebla que se asienta sobre el debut de Thomas Robert Lee no se disipa. Se acumula entre las granjas de esa comunidad rural arrasada por la plaga, se posa sobre las vallas, tiñe los campos de un gris persistente — y la granja de los Earnshaw, en lo alto de una colina sobre todo lo demás, permanece imposiblemente verde. Esa distinción es el primer argumento de La Maldición de Audrey Earnshaw, formulado antes de que ningún actor haya pronunciado una palabra.

Catherine Walker encarna a Agatha Earnshaw, una viuda que ha mantenido oculta a su hija Audrey durante diecisiete años, lejos de la comunidad que sufre abajo. Cuando Bridget Dwyer (Hannah Emily Anderson) cruza la frontera invisible hacia la granja, las dos mujeres del centro de la trama empiezan a orbitarse mutuamente en una negociación que el guión mantiene deliberadamente opaca.

Walker, que ya había sostenido A Dark Song con una ferocidad sobrecogedora tres años antes, trae aquí una quietud diferente: la paciencia contenida de alguien que lleva mucho tiempo esperando. La cámara confía en su rostro más que el propio guión, encuadrándolo contra las colinas y el cielo gris con la atención de un pintor a lo que la luz hace sobre la edad de una persona.

La Maldición de Audrey Earnshaw (2020)
La Maldición de Audrey Earnshaw (2020)

El logro más consistente de la película es su gramática visual: la paleta desaturada y acromática de la comunidad que sufre frente al mundo saturado de color de la granja de los Earnshaw. Diseño de producción y fotografía trabajan juntos sobre un argumento acerca de quién merece la abundancia y quién recibe la plaga. Se sostiene con disciplina real a lo largo de 93 minutos.

Donde La Maldición de Audrey Earnshaw no logra mantener el argumento es en el impulso narrativo. La historia — plaga, acusación, posesión, venganza — sabe lo que quiere decir sobre el poder femenino heredado y la violencia de la devocion religiosa, pero se conforma con la atmósfera donde la energía dramática habría servido mejor a esas ideas.

Hannah Emily Anderson interpreta a Bridget como la vía de entrada del espectador: una joven atraída hacia un mundo que funciona por otras reglas. El conjunto de actores — Don McKellar, Geraldine O’Rawe, Sean McGinley — realiza el trabajo del drama de época con solidez.

El terror rural extrae su poder del peso de las creencias colectivas hechas paisaje. Thomas Robert Lee lo entiende: la herencia irlandesa de su comunidad, desplazada hacia suelo canadiense, da al filme una especificidad cultural que convierte lo sobrenatural en duelo desplazado. Lo que distingue a esta película de La Bruja o Midsommar es su lealtad a una perspectiva femenina en ambos extremos: Agatha y Audrey no son víctimas ni villanas.

El debut de Thomas Robert Lee establece a un cineasta con un argumento visual preciso y la paciencia para mantenerlo. Que el guión no haya alcanzado todavía lo que las imágenes ya saben es una condición del primer largometraje, no un techo.

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