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The Exorcism: un horror predecible sin alma

Martin Cid
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La escena inicial de The Exorcism (2024), donde el actor Tom es asesinado misteriosamente en el set de una película de terror, promete un viaje oscuro y perturbador. Sin embargo, bajo la dirección de Joshua John Miller, esta promesa se desvanece rápidamente en un ejercicio confuso de horror meta.

El filme sigue a Russell Crowe como Anthony Miller, un actor en declive cuya salud mental se deteriora mientras filma una remake no nombrada pero claramente inspirada en The Exorcist. La premisa es intrigante: ¿está Miller cayendo en sus viejos demonios de adicción y trauma, o hay algo sobrenatural en juego? Desafortunadamente, la película nunca logra equilibrar estos dos elementos. Las secuencias de terror son predecibles—saltos repentinos, sombras amenazantes—y carecen del ingenio visual que podría haberlas redimido. La dirección de Miller es competente pero anodina, dependiendo demasiado de clichés del género en lugar de innovar.

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Crowe entrega una actuación física notable, especialmente en las escenas donde su personaje parece poseído, contorsionándose y golpeando su cabeza contra una mesa. Sin embargo, el guion no le da profundidad emocional; sus momentos de vulnerabilidad son ahogados por diálogos forzados sobre fe y redención. Ryan Simpkins, como la hija de Miller, tiene potencial, pero su arco narrativo—de sospecha a preocupación activa—se siente superficial, como si el filme temiera explorar realmente los temas de duelo y adicción que menciona.

Donde The Exorcism podría haber brillado es en su exploración del horror detrás de cámaras. La idea de un actor reviviendo traumas pasados mientras filma una película sobre exorcismos es rica, pero el filme nunca profundiza lo suficiente. Las escenas en el set son interesantes visualmente—los planos de la cámara capturando reflejos distorsionados y sombras alargadas—but they lack narrative payoff. La estructura, que alterna entre el presente del rodaje y flashbacks del pasado de Miller, es confusa en lugar de intrigante.

El clímax, un exorcismo improvisado con crucifijos y oraciones, carece de la tensión acumulada necesaria para ser satisfactorio. En cambio, se siente como una serie de momentos desconectados: Miller atacando a su hija, el sacerdote (David Hyde Pierce) siendo poseído, y finalmente, Crowe recitando un exorcismo con convicción repentina. La resolución—Miller encontrando redención en la fe—es predecible y poco convincente después de horas de ambigüedad.

The Exorcism intenta ser algo más que otro filme de posesión, pero no logra elevarse por encima de los tropos del género. La dirección de Miller carece de la audacia visual necesaria para justificar su ambición temática. Crowe, a pesar de sus esfuerzos físicos, está atrapado en un guion que prioriza el shock sobre el sustento emocional. Simpkins y el resto del elenco—incluyendo a Chlöe Bailey como Blake y Sam Worthington como Joe—son subutilizados, reducidos a marcadores narrativos en lugar de personajes tridimensionales.

La película también falla en su intento de comentar sobre la industria cinematográfica. Mientras que filmes como 8 1/2 de Fellini o The Truman Show exploran el caos detrás de cámaras con profundidad psicológica, The Exorcism se queda en la superficie. Las referencias a The Exorcist son obvias pero no añaden nada nuevo; en lugar de desconstruir el mito, Miller lo repite sin propósito.

En términos de horror, el filme tampoco logra destacar. La posesión de Miller se siente más como un dispositivo narrativo conveniente que una amenaza genuina. Las escenas de terror carecen de la atmósfera opresiva necesaria para crear inquietud duradera. Comparado con Hereditary o incluso The Conjuring, The Exorcism parece un ejercicio técnico sin alma.

El guion, co-escrito por Miller y M.A. Fortin, intenta abordar temas complejos como el abuso infantil, la adicción y la fe, pero lo hace de manera torpe. Las revelaciones sobre el pasado de Miller—incluyendo su historia como víctima de abuso sexual—se sienten forzadas e introducidas demasiado tarde en la narrativa. En lugar de integrarse orgánicamente, estos elementos parecen añadidos para darle peso emocional a una trama que ya lucha por mantenerse coherente.

La película también sufre de un tono inconsistente. A menudo oscila entre el drama familiar y el horror sobrenatural sin encontrar un equilibrio satisfactorio. Las escenas más efectivas son las que exploran la relación entre Miller y su hija Lee, pero incluso estas se ven eclipsadas por momentos de terror mal ejecutados.

The Exorcism intenta ser una reflexión sobre el cine, la fe y los demonios personales, pero termina siendo un pastiche de ideas sin cohesión. Su intento de reinventar el género del exorcismo es admirable, pero falla en la ejecución. Miller, como director, muestra prometedoras habilidades visuales, pero le falta la visión clara necesaria para llevar una narrativa tan ambiciosa.

En última instancia, The Exorcism es un filme que podría haber sido algo más, pero se queda corto debido a sus decisiones narrativas y técnicas.

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