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The Midwife: dos vidas rotas que chocan

Liv Altman
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El espejo roto en las primeras imágenes de The Midwife (2017) es una metáfora visual descarada, pero efectiva: los fragmentos que Claire recoge con manos temblorosas son el reflejo de su vida, fragmentada por un pasado que nunca cerró del todo. Martin Provost, director conocido por su sensibilidad hacia historias íntimas (Violette, 2013), construye un drama francés que explora las heridas familiares con una honestidad desgarradora. La película, estrenada fuera de competencia en el Festival de Berlín, no busca ser revolucionaria, pero sí respetuosa con su material: un retrato de dos mujeres atrapadas en la red de sus propias decisiones.

Claire Breton (Catherine Frot), comadrona en un centro maternidad condenado al cierre, ve su vida trastocada cuando Beatrice Sobolevski (Catherine Deneuve) —la amante de su difunto padre— reaparece después de tres décadas. La trama podría ser el escenario de un melodrama barato, pero Provost evita los clichés con una dirección sobria y una narrativa que prioriza los silencios sobre las palabras. El guión, escrito por Provost, construye una tensión sutil entre ambas mujeres: Beatrice es una fuerza disruptiva, egoísta hasta el final, pero también vulnerable; Claire, en cambio, es un pilar de estabilidad, aunque su vida ordenada se resquebraja ante la llegada de esta intrusa. La película no juzga, sino que observa cómo estas dos figuras chocan y se complementan.

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El punto fuerte de The Midwife son las actuaciones. Catherine Frot y Catherine Deneuve llevan el peso del filme con una química palpable. Frot transmite la frustración y la resignación de Claire con miradas que valen más que cualquier diálogo: su rostro, marcado por el cansancio y la contención, es un estudio de la fortaleza emocional. Cuando Claire se enfrenta a Beatrice en la escena clave de la película —un intercambio verbal cargado de reproches y revelaciones—, Frot logra transmitir años de dolor reprimido con solo una expresión. Deneuve, en un papel secundario pero crucial, ofrece una Beatrice compleja: caprichosa, manipuladora, pero también profundamente humana. Su interpretación evita caer en el estereotipo de la villana, mostrando matices que humanizan a un personaje que fácilmente podría haber sido unidimensional.

La dirección de Provost es meticulosa, aunque no innovadora. Utiliza planos cerrados para enfatizar la intimidad de las relaciones y contrastarlos con espacios abiertos cuando Claire busca escapar de su propio dolor. La fotografía de Yves Cape merece mención especial: los interiores cálidos, llenos de tonos dorados y rojizos, contrastan con los exteriores grises y lluviosos, reflejando el estado emocional de Claire. Esta dualidad visual refuerza la idea central de la película: la lucha entre el orden que Claire intenta mantener y el caos que Beatrice representa.

Sin embargo, no todo funciona a la perfección. El romance entre Claire y Paul (Olivier Gourmet), aunque bien escrito, parece un tanto forzado dentro del arco narrativo principal. La relación sirve más como escape para Claire que como desarrollo orgánico de la trama. Además, el uso de flashbacks para explicar el suicidio del padre es predecible y rompe el ritmo pausado pero efectivo del presente. Estos elementos, aunque bien ejecutados, distraen levemente de la tensión central entre las dos protagonistas.

La banda sonora, compuesta por Grégoire Hetzel, refuerza este contraste sin ser intrusiva. Las piezas musicales son suaves, casi imperceptibles, pero cumplen su función: acompañar los momentos de mayor intensidad emocional sin sobrecargarlos. El sonido ambiente —el llanto de los bebés en el hospital, las risas de los niños en el parque— añade una capa de realidad que ancla la película en un mundo tangible.

The Midwife es una película sobre la redención, pero también sobre cómo el pasado nunca se va del todo. Provost evita el sentimentalismo fácil y, en cambio, ofrece un retrato crudo de dos mujeres que, a pesar de sus diferencias, comparten una herida común. La película no busca soluciones fáciles ni finales felices; en su lugar, presenta un final ambiguo que refleja la complejidad de la vida real.

Dirigida a un público adulto que aprecie los dramas psicológicos con diálogos inteligentes y actuaciones sobrias, The Midwife es una experiencia cinematográfica que valora la profundidad sobre el espectáculo. No es una película para todos: aquellos que busquen acción o giros dramáticos quedarán decepcionados.

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