Actores

Jennifer Lopez, la marca que lleva treinta años intentando ser actriz

Penelope H. Fritz

A los cincuenta y seis años, Jennifer Lopez tiene más premios Ícono que Óscar y Grammys juntos —cinco frente a cero— y esa distancia es el dato más sincero de su carrera. Cada cierto tiempo se mete en un proyecto pensado para cerrarla: un biopic, un policial de Soderbergh, un atraco rodado por Lorene Scafaria, un musical de Bill Condon que llevaba persiguiendo desde el estreno original en Broadway. Cada vez, la conversación sobre ella cambia. Cada vez, vuelve a su sitio.

El camino para salir de Castle Hill iba a ser la facultad de Derecho, y luego el baile. Lopez creció en el Bronx, hija de padres puertorriqueños que se conocieron en Nueva York, en una casa donde su madre matriculó a las tres hermanas en colegio católico y noches de domingo cantando. La ruptura llegó con In Living Color: entró en las Fly Girls y aprendió el vocabulario coreográfico que terminaría sosteniéndolo todo, conciertos, películas, medio tiempo de la Super Bowl.

Su primera oleada de cine llegó en tres años. Selena (1997) la convirtió en la primera actriz latina pagada con un millón de dólares por un papel protagónico. Anaconda, ese mismo año, le construyó la presencia de cabecera de cartel de género B. Out of Sight, el atraco de Steven Soderbergh con George Clooney, hizo el trabajo más difícil: defendió que era capaz de sostener una pareja romántica de cine negro con tempo, no solo con carisma. La nominación al Globo de Oro por Selena confirmó la trayectoria. La conversación de los Óscar empezó y se detuvo en silencio.

On the 6 (1999) y los singles a su alrededor —«If You Had My Love», «Waiting for Tonight»— la convirtieron en artista de estadio antes de que ese cruce fuese rutina. En 2001 tenía un álbum número uno (J.Lo) y una película número uno (Planes de boda) la misma semana, la única artista del momento que lo conseguía. Los años Bennifer empezaron ahí, y el tratamiento de la prensa se comió el trabajo: Sucedió en Manhattan, Gigli, Jersey Girl, se leyeron más como acontecimientos biográficos que como interpretaciones. La taquilla aguantó. La altitud crítica bajó.

Los años como jurado de American Idol rehicieron su presencia televisiva y volvieron a llenar su circuito de conciertos. La residencia All I Have cerró en Las Vegas en 2018 con más de medio millón de espectadores. Estafadoras de Wall Street (2019) volvió a abrir la conversación sobre la actriz. Scafaria le dio un personaje con cálculo: Ramona, la veterana del club de striptease que orquestaba la estafa a banqueros neoyorquinos, y Lopez levantó su presentación sobre una coreografía en barra que la crítica trató como una de las escenas individuales del año. Llegó la nominación al Globo de Oro. No llegó la del Óscar. La discusión sobre si la habían dejado fuera duró más que la propia carrera de premios.

Esta es la contradicción que la biografía tiene que nombrar. Lopez lleva tres décadas defendiendo que la marca y la actriz son la misma persona, y la industria ha premiado a la marca mientras le escatima las medallas. Cinco premios Ícono de cinco organizaciones distintas. Cero victorias competitivas de la Academia, la Recording Academy, la Television Academy o la prensa extranjera de Hollywood. El beso de la mujer araña en 2025 —la adaptación musical de Bill Condon que coproduce ejecutivamente y que Condon dice que sólo se hizo porque ella la empujó— era el proyecto pensado para zanjarlo. La interpretación corrió con quiniela de Mejor Actriz de Reparto desde Sundance. La película recaudó alrededor de dos millones de dólares con un presupuesto de treinta. Las dos cosas son ya verdad al mismo tiempo.

Lo que vino después fue el movimiento típico de Lopez: pivote antes de que el resultado se cuaje. Cerró la residencia Up All Night Live en el Caesars Palace en marzo de 2026 y se metió directa en Office Romance, una comedia con calificación R para Netflix con Brett Goldstein, prevista para el 5 de junio de 2026. El giro es legible —de un teatro literario con vocación de Óscar al rom-com de streaming de gran volumen, el tipo de estreno que no se reseña en Cahiers pero que ven veinte millones de personas el primer fin de semana. En mayo de 2026 aceptó el premio Adelante en el Festival Internacional de Cine Latino de Los Ángeles; el lenguaje del homenaje era impacto cultural, no oficio, y ha dejado de fingir que la diferencia no le importa.

Qué tiene que defender la próxima etapa no se ve claro desde fuera. Su productora Nuyorican tiene más proyectos en desarrollo que en cualquier otro momento de su historia. Tiene cincuenta y seis años, está divorciada otra vez y sigue llenando estadios. La pregunta que su década actual repite es si las estatuillas competitivas llegan en algún momento, o si —a esta escala, con este público— siempre fueron el instrumento equivocado para medir lo que en realidad ha construido.

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