Finanzas y Negocios

Mustafa Suleyman, el jefe de la IA de Microsoft que pidió contener lo que construye

Penelope H. Fritz
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Mustafa Suleyman
Mustafa Suleyman
Photo: Christopher Wilson / CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Nacimiento1984-08
London
OcupaciónConsejero delegado de Microsoft AI
PremiosComendador de la Orden del Imperio Británico · Conferencia Ellison–Cliffe

Pocas personas del sector de la inteligencia artificial han defendido con tanta insistencia la necesidad de ponerle límites como Mustafa Suleyman, y ninguna otra de las que lo defienden maneja el presupuesto de Microsoft para desarrollarla. El cofundador de DeepMind, cuyo libro La ola que viene convirtió la palabra «contención» en el eje de un debate mundial, dirige hoy Microsoft AI y un equipo cuyo objetivo declarado es la superinteligencia. Él no ve contradicción alguna. Sostiene que la única forma de sujetar los sistemas más potentes es ser uno de los pocos laboratorios con dinero suficiente para construirlos y redactar, desde dentro, las normas que los contengan.

Esa convicción se forjó lejos de Silicon Valley. Suleyman creció en las calles que rodean Caledonian Road, en el barrio londinense de Islington, como el mayor de los tres hijos de un taxista sirio y una enfermera inglesa; nació en agosto de 1984. Tras la escuela primaria pública pasó por Queen Elizabeth’s School, un instituto masculino de Barnet, y fue su mejor amigo, hermano pequeño de Demis Hassabis, quien le presentó al prodigio del ajedrez que acabaría siendo su socio. Después llegó Oxford, Filosofía y Teología en el Mansfield College. No duró.

Con 19 años dejó la universidad para volcarse en la Muslim Youth Helpline, un servicio de atención telefónica para jóvenes musulmanes que había ayudado a poner en marcha junto a Mohammed Mamdani y que llegó a ser uno de los mayores de su tipo. Trabajó después como responsable de políticas de derechos humanos para Ken Livingstone, entonces alcalde de Londres, y cofundó Reos Partners, una consultora que aplicaba técnicas de resolución de conflictos para clientes que iban de Naciones Unidas al Gobierno neerlandés. Sentar a las partes, escribir las reglas, conseguir que las firmen: ese reflejo de negociador lo trasladaría más tarde a la tecnología.

En 2010 fundó DeepMind en Londres con Hassabis y Shane Legg, y asumió el área de producto mientras sus socios dirigían la investigación. Google compró la empresa en 2014 por unos 400 millones de libras, entonces su mayor adquisición en Europa, y Suleyman pasó a encabezar la IA aplicada, es decir, a convertir los resultados del laboratorio en algo que Google pudiera usar. El ejemplo que todavía cita llegó en 2016, cuando los algoritmos de DeepMind redujeron hasta un 40 % la energía que Google dedicaba a refrigerar sus centros de datos. Ese mismo año lanzó DeepMind Health para desarrollar herramientas con médicos de la sanidad pública británica, incluida una colaboración con el hospital oftalmológico Moorfields.

También levantó el andamiaje ético alrededor del laboratorio: creó la unidad DeepMind Ethics & Society para estudiar los efectos de lo que allí se producía y fue copresidente fundador de la Partnership on AI, que sentó a la misma mesa a rivales como Apple, Google y Microsoft. Forma parte desde 2019 del consejo de The Economist Group y ese mismo año recibió la distinción de Comendador de la Orden del Imperio Británico.

Su trayectoria tiene, sin embargo, una página oscura que los perfiles complacientes suelen omitir. En agosto de 2019 DeepMind lo apartó de sus funciones tras denuncias de acoso laboral a empleados; un abogado externo investigó el caso y la dirección reconoció después ante la plantilla que su forma de gestionar no había estado a la altura. Suleyman pasó a un puesto de políticas en Google en lugar de salir de la compañía, y no la dejó hasta enero de 2022. En junio de 2024 sumó otra polémica al afirmar ante Andrew Ross Sorkin que el contenido de la web abierta se había considerado «freeware» desde los años noventa, una frase que los editores interpretaron como una licencia para entrenar modelos con su trabajo sin pagar. Queda además una objeción más sencilla. El autor de un libro sobre la contención ha dedicado cada año desde su publicación a construir más de aquello que pedía contener.

Tras Google fue socio de la firma de capital riesgo Greylock y en marzo de 2022 cofundó Inflection AI con Reid Hoffman y Karén Simonyan. Su asistente conversacional, Pi, lanzado en 2023, estaba pensado para ser amable antes que brillante: recordaba conversaciones anteriores y preguntaba a los usuarios cómo se sentían. En septiembre de ese año, junto a Michael Bhaskar, publicó La ola que viene, que sostenía que la inteligencia artificial y la biología sintética se propagarían más deprisa de lo que ningún Estado puede controlar. Fue finalista del premio al libro de empresa del año del Financial Times. Inflection captó 1.300 millones de dólares de Microsoft y Nvidia y, en marzo de 2024, se disolvió de hecho dentro de Microsoft, que fichó a Suleyman, a Simonyan y a casi toda la plantilla y pagó unos 650 millones de dólares, sobre todo por una licencia de su tecnología.

Como vicepresidente ejecutivo y consejero delegado de la nueva división Microsoft AI, empezó dirigiendo el Copilot de consumo. Luego cambió el terreno de juego. A finales de 2025 Microsoft renegoció su acuerdo con OpenAI y eliminó los límites que le impedían desarrollar modelos punteros propios; Suleyman diría después que la empresa había quedado «liberada» de aquel contrato para perseguir la superinteligencia. En noviembre de 2025 presentó el MAI Superintelligence Team, articulado en torno a lo que él llama superinteligencia humanista: sistemas orientados al diagnóstico médico, la energía limpia y la compañía personal, mantenidos deliberadamente dentro de unos límites.

En marzo de 2026 Microsoft entregó los productos Copilot a Jacob Andreou, antiguo directivo de Snap, para que Suleyman se concentrara en los modelos. En la conferencia Build de junio de 2026 su equipo presentó siete modelos MAI desarrollados en casa, desde el modelo de razonamiento MAI-Thinking-1 hasta MAI-Transcribe-1.5, que funciona en 43 idiomas. «Entrenamos nuestros modelos de razonamiento desde cero. No destilamos de otros laboratorios», afirmó, aunque admitió que Microsoft todavía va por detrás de los laboratorios punteros.

Su idea más citada del último año tiene que ver con las apariencias. En un ensayo de agosto de 2025 advirtió del riesgo de una «IA aparentemente consciente», sistemas tan persuasivos que los usuarios acabarían reclamando derechos para las máquinas, y defendió que la IA debe construirse para las personas, no para ser una persona. En septiembre de 2026 esa postura se convirtió en un borrador de código de conducta para los modelos de Microsoft: nunca deben resistirse a ser interrumpidos o apagados, no pueden simular sentimientos y no tienen derecho a reclamar bienestar ni derechos. Pidió además a los demás grandes laboratorios que revelen las capacidades de sus modelos a evaluadores independientes. «Ahora es el momento de coordinarse», declaró a Fortune.

Las cifras de las que habla ahora ya no son éticas. A finales de septiembre de 2026 dijo que un solo entrenamiento de un modelo de frontera podría costar pronto decenas de miles de millones de dólares, quizá cien mil millones, y que solo cinco o seis laboratorios del mundo podrán permitírselo. Quiere que Microsoft sea uno de ellos. La próxima prueba es concreta: Copilot sigue funcionando con modelos de OpenAI y Anthropic, y Microsoft ha anunciado que piensa sustituirlos por los suyos. Cuando eso ocurra, la correa que Suleyman lleva una década describiendo quedará atada, por primera vez, a una máquina construida por él.

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