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Pedro Alonso, el actor que decidió dejar de ser Berlín

Tras casi una década dentro del villano más carismático de La casa de papel, el actor gallego cierra el personaje justo cuando más se le mira. Esta semana se estrena la segunda y última temporada del spin-off, y con ella se va él.
Penelope H. Fritz

Hay decisiones que un actor no suele tomar. Pedro Alonso lleva casi diez años habitando a Andrés de Fonollosa, el ladrón aristócrata y aburrido que se convirtió en la presencia más terca de La casa de papel, asesinado en la segunda parte de la serie y resucitado una y otra vez porque el público se negaba a soltarlo. Tiene la segunda y última temporada del spin-off Berlín a punto de estrenarse, el universo a su alrededor se prepara para seguir creciendo y, en la víspera de ese estreno, ha dicho con todas las letras que ha terminado. No es una decisión económica. Tampoco hay amargura. Es algo más raro: un actor que elige bajarse en el momento de mayor ruido, mientras la puerta todavía sigue abierta.

El actor creció en Vigo, hijo de una ciudad atlántica donde casi cualquier familia mantiene su propia conversación privada con el mar. A los veinte se fue a Madrid a formarse en la Real Escuela Superior de Arte Dramático. Pasó por Teatro de la Danza, por el trabajo experimental con La Fura dels Baus y por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, por todo ese teatro español duro y poco glamuroso que nunca fabrica estrellas televisivas de la noche a la mañana. Durante la mayor parte de su treintena fue un intérprete de oficio con un rostro reconocible en Galicia y algún papel pequeño en series nacionales. Nada de aquella primera curva anunciaba una fama global.

Lo que sí anunciaba era paciencia. Volvió a Galicia para interpretar al padre Horacio Casares en Padre Casares, en la TVG, un cura-detective de provincias al que sostuvo durante ciento treinta y seis capítulos entre 2008 y 2015, esa estancia larga que afina el oficio mucho más que el ruido. Para cuando Antena 3 lo eligió como Diego Murquía en Gran Hotel, en 2011, la silueta del actor que iba a ser ya estaba dibujada: un protagonista capaz de ser cruel sin teatralizarlo, íntimo sin ser blando, y muy precisamente seductor en pantallas que todavía no pertenecían a los algoritmos.

Después llegó La casa de papel. La emisión original en Antena 3 alcanzó buenas cifras en España. La compra por parte de Netflix unos meses más tarde la convirtió en la serie no anglosajona más vista de la plataforma, un fenómeno que estalló de Buenos Aires a Bombay y a Estambul. Berlín, en teoría un personaje secundario, se transformó en el centro de gravedad emocional del relato. Los guionistas lo mataron; el público se negó a aceptarlo; los flashbacks lo trajeron de vuelta durante tres partes más. En 2023 Netflix le había construido su propio spin-off, ambientado en París y articulado alrededor de su pasado anterior al gran golpe, y lo renovó por una segunda temporada antes incluso de que la primera terminara de emitirse.

El spin-off es también donde se aloja la contradicción. El personaje es, en cualquier lectura honesta, un romántico misógino: un hombre que trata el amor como un proyecto estético y a quienes lo rodean como reparto secundario. La primera temporada coqueteó con eso sin atreverse a nombrarlo. La segunda, Berlín y la dama del armiño, que llega el 15 de mayo de 2026 y traslada el golpe a Sevilla alrededor de un cuadro de Leonardo da Vinci, profundiza al parecer en esa incomodidad. Alonso siempre ha defendido al personaje argumentando que la serie está hecha para interrogar a Berlín, no para celebrarlo. Esa defensa no siempre ha aterrizado limpia entre quienes ven en su carisma una cobertura que el guion no termina de pinchar.

Su respuesta fuera de cámara ha sido la de redirigir constantemente la atención lejos del espectáculo. Publicó un libro, Libro de Filipo, en Grijalbo, en 2020. Pinta y expone como artista visual bajo el seudónimo Pedro Alonso O’choro. Y a comienzos de 2025 estrenó en Netflix un documental de tres episodios, En la nave del encanto, que codirigió y en el que recorre México para pasar tiempo con curanderos y círculos de ayahuasca, hablando frente a cámara de la depresión que atravesó a los treinta y de la larga discusión que mantiene desde entonces con su propia práctica meditativa. No fue un capricho de estrella. Fue un actor intentando dejar constancia de que la versión suya que los fans reconocen no es la versión que decide.

Eso vuelve legible el momento elegido para irse. Según ha contado, el rodaje de Berlín del año pasado fue físicamente y psicológicamente exigente. Su representante y confidente de toda la carrera, Clara Heyman, murió a mitad de ese proceso. En las entrevistas más recientes ha hablado de sentir por primera vez en nueve años que el ciclo tenía que cerrarse, y de hacerlo desde dentro del trabajo y no después como única opción honesta. Anunció la decisión antes de que se estrenara la temporada para que el público se encontrara con este Berlín sabiendo ya que era el último.

Lo que viene después está más abierto que cualquier cosa que haya hecho desde 2017. Mantiene una relación larga con la hipnoterapeuta y artista parisina Tatiana Djordjevic y tiene una hija adulta, de una pareja anterior, que estudia bellas artes. Lleva años viviendo entre Madrid, París y México. No ha anunciado un próximo papel protagonista en la televisión española. El spin-off de Berlín se cierra con él en esta temporada; el universo de La casa de papel sigue sin él. Por primera vez en casi una década, la próxima frase sobre Pedro Alonso la está escribiendo Pedro Alonso, no el calendario de estrenos de Netflix.

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