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‘Espacio para moverse’ en Netflix: una coreógrafa relee tres décadas de su propio cuerpo tras un diagnóstico de autismo a los 33

Martha O'Hara

La primera vez que Jenn Freeman se ve a sí misma en un vídeo de la infancia, la cámara la sorprende haciendo lo que siempre ha hecho: saltar, agitarse, brincar por la cocina, por el cuarto, por el pasillo, allí donde encuentra aire. Tiene seis años en las imágenes. Tiene treinta y tres cuando las vuelve a mirar y, por primera vez, dispone de una palabra para lo que su cuerpo ya estaba diciendo.

Esa palabra es autismo. Freeman, coreógrafa y bailarina con carrera en el circuito de danza contemporánea de Nueva York, recibió a los treinta y tres años un diagnóstico de trastorno del espectro autista. ‘Espacio para moverse’ no la sigue mientras aprende a convivir con ese diagnóstico. La sigue haciendo algo más incómodo: releer cada minuto de una vida que ya ocurrió. Los vídeos caseros, los ensayos grabados, los pequeños rituales privados que ella daba por compartidos. El argumento del documental es que su cuerpo había estado produciendo un autismo gramatical y fluido durante tres décadas y que nadie, ella incluida, conocía el idioma.

El director Alexander Hammer aporta a este retrato de estudio el oficio que afinó durante casi una década editando a Beyoncé: Lemonade, Homecoming, Black Is King. Allí trataba la música y el movimiento como texto primario, no como ilustración de la letra. Esa intuición sobrevive al cambio de formato. La película está estructurada en tres líneas de tiempo —el ensayo en presente, la conversación clínica, el archivo de la infancia— tejidas sin marcas de costura. Hammer no avisa cuándo es el presente y cuándo el pasado. Los trata como una sola frase continua, lo que permite al espectador experimentar lo que experimenta Freeman: cada gesto presente resuena en el archivo, y el archivo reorganiza el presente.

El objeto central del documental es el espectáculo que Freeman construye durante el rodaje, un solo autobiográfico titulado ‘Is It Thursday Yet?’. Sonya Tayeh, coreógrafa ganadora del Tony por ‘Moulin Rouge!’ en Broadway, colabora en la pieza. Aparece en el documental no como guía ni intérprete, sino como testigo. Hammer la deja mirar trabajar a Freeman y rechaza la tentación de traducir lo que ella ve. La mayoría de los documentales de danza no resiste cortar en cada cambio de frase coreográfica; este aguanta, a veces de manera incómoda, sobre un mismo gesto. La permanencia es el argumento. Hammer pide al espectador leer la danza como lenguaje, no como imagen, y el lenguaje exige atención sostenida.

Fuera del documental, los datos que Freeman encarna se mueven rápido. Las estimaciones de identificación adulta de los CDC siguen subiendo a medida que se amplían los circuitos de derivación, y el sector demográfico que más crece es el de mujeres y personas asignadas mujer al nacer cuya presentación nunca coincidió con la plantilla masculina infantil que dominó los criterios diagnósticos del siglo XX. Freeman pertenece a ese sector. Su película llega en un año en el que la población autista identificada en la adultez —cada vez más visible en TikTok, en las memorias y en la todavía escasa literatura sobre presentaciones femeninas y no binarias— hace en público exactamente lo que ella hace en el escenario: reconstruir la autobiografía.

El crédito de productora ejecutiva de Amy Schumer podría haber sido el dato más ruidoso de ‘Espacio para moverse’, y el filme lo trata como uno de los más discretos. Schumer, que lleva años hablando de lo que significa criar a un hijo en el espectro junto a su marido Chris Fischer (también productor ejecutivo), pone su nombre para abrir hueco en la parrilla de distribución y se hace a un lado. Su aparición frente a cámara es breve y analítica, no performativa. La decisión productiva —respaldar un retrato íntimo y observacional de una mujer adulta en lugar de un documental explicativo conducido por una celebridad— se aparta del registro del mes de la concienciación al que Schumer fácilmente podría haberse acogido.

‘Espacio para moverse’ se inscribe en una tradición concreta: el retrato-estudio del documental de danza que utiliza el proceso creativo como biografía. ‘Pina’ (2011), de Wim Wenders. ‘Cunningham’ (2019), de Alla Kovgan. ‘Twyla Moves’ (2021), de Steven Cantor. Hereda el respeto de esa tradición por la coreografía como texto primario y rompe su supuesto tácito: aquí el cuerpo no está terminado, está en mitad de una traducción, y la cámara la captura en marcha. La película también bebe del vérité sobre discapacidad —‘Crip Camp’ (2020), ‘The Reason I Jump’ (2020)— pero renuncia tanto a su marco colectivo como a su registro abierto de defensa: este es un cuerpo, no un movimiento; una biografía, no una campaña.

Lo que el documental no responde, y se niega a fingir que puede responder, es qué hacer con los treinta años que ya transcurrieron. Un diagnóstico a los treinta y tres no desbloquea retroactivamente los años escolares, las audiciones, las relaciones, las salas de ensayo cuya luz fluorescente había deshecho a Freeman en los primeros diez minutos por razones que ella nunca pudo nombrar. La coreografía metaboliza esos años en un documento público; no los devuelve. La pregunta que ‘Espacio para moverse’ deja abierta es para qué sirve realmente un diagnóstico tardío: si funciona como comprensión, como compensación o como una forma de duelo que no tiene nombre en el vocabulario clínico.

‘Espacio para moverse’ tuvo su estreno mundial en el Festival de Tribeca en junio de 2025 y llega a Netflix globalmente el 27 de mayo de 2026. Alexander Hammer dirige y monta. Jenn Freeman y Sonya Tayeh aparecen como sí mismas; Holland Andrews y Timo Elliston firman la banda sonora. Entre los productores ejecutivos están Amy Schumer, Chris Fischer, Sarah Sarandos, Sonya Tayeh, Miguel Blanco, Deborah Van Eck y Pamela Ryckman. Duración: 110 minutos. La película es un documental de danza, en sentido estricto: construido alrededor de un cuerpo que piensa moviéndose y una cámara que deja terminar el pensamiento antes de cortar.

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