Actores

Sally Field, la actriz a la que nunca dejaron entrar en la sala

Penelope H. Fritz

Dos Óscar, tres Emmy, un Kennedy Center Honor y una vida de premios. Y todavía habla de las puertas que nunca se le abrieron.

Tiene dos Óscar, tres Emmy, un Kennedy Center Honor, la Medalla Nacional de las Artes y un premio honorífico del Sindicato de Actores, y todavía habla de las salas a las que nunca la dejaron entrar. La frase aparece en sus entrevistas como un tic que ya no se molesta en disimular: los agentes de casting que no la incluían en la lista, los productores incapaces de mirar más allá de su cara de sitcom, los años que pasó en el Actors Studio porque la televisión había decidido lo que era y el cine se negaba a contradecirla. Esta semana, a los setenta y nueve años, Field encabeza un drama de Netflix cuyo camino hacia ella pasa por su propio hijo, y el largo argumento que su carrera lleva sesenta años defendiendo se responde solo, en una sala silenciosa que por fin controla.

Ese argumento es la biografía, más que los premios.

Sally Field
Sally Field in Places in the Heart (1984)

Creció en Pasadena, en una casa de showbusiness que le dio acceso temprano y poco más. Su madre, Margaret Field, trabajaba con regularidad como actriz dentro del sistema de estudios; su padrastro era el actor y especialista Jock Mahoney. La entrada en la industria estaba clara; la salida del encasillamiento, no. Field consiguió su primer papel protagonista a los diecisiete años como la adolescente surfera de Gidget en la ABC, un papel que siempre ha recordado con cariño, y poco después llegó The Flying Nun, la sitcom de la novicia voladora por la que ha pasado el resto de su vida pidiendo perdón. Tres temporadas levitando bastaron para causar el daño que dos Óscar tendrían que reparar.

La reinvención empezó en privado. Entre 1973 y 1975 se formó en el Actors Studio con Lee Strasberg, el rito de paso que Hollywood exigía a los intérpretes serios de la costa este y a casi nadie de la televisión de la oeste. Las escenas que preparó allí son el puente entre las dos mitades de su carrera. El despegue llegó como telefilme: cuatro horas en la NBC interpretando a una joven con trastorno de identidad disociativo en Sybil. El primer Emmy llegó después. Era la actuación televisiva que por fin convenció a los ejecutivos de cine de meterla en la sala.

Norma Rae llegó tres años más tarde. Dirigía Martin Ritt; Field interpretaba a una obrera textil del sur que acepta organizar su fábrica para conseguir un sindicato. La interpretación, construida desde el acento, el lenguaje corporal y esa quietud contenida que su pasado en sitcom decía que era incapaz de producir, ganó el premio a la mejor interpretación femenina en Cannes y el primer Óscar a la mejor actriz. Lo siguió con un papel más frío y cortante junto a Paul Newman en Ausencia de malicia, y después se llevó su segundo Óscar por En un lugar del corazón, el drama de Robert Benton ambientado en el Texas de la Depresión, donde interpretaba a una viuda que intenta sacar adelante una cosecha de algodón con un huésped ciego y un jornalero negro.

El discurso de aceptación de aquel segundo Óscar es el más mal citado de la historia de la academia, y la cita errónea es la biografía. Lo que ella dijo fue que la primera vez no lo había sentido, que esta vez sí, y que no podía negar el hecho de que la sala la quería, justo en aquel momento. La frase iba de la distancia entre dos estatuillas: una actriz que se había llevado a casa el primer Óscar sin creérselo y miraba ahora al segundo y decidía, en público, dejarse sentir el cariño de la sala por primera vez. Los humoristas y los anuncios la convirtieron en «you really like me», una mujer vanidosa pidiendo aplausos. Es uno de los ejemplos más limpios de cómo a una mujer sincera la editan en directo hasta convertirla en caricatura. El contexto entero solo apareció con En pedazos, su libro de memorias de 2018, donde reveló los abusos sexuales prolongados que sufrió por parte de su padrastro, una historia que corría por debajo de los años que pasó peleando para que la tomaran en serio.

Los años noventa le entregaron las películas que el público no cinéfilo asocia a su nombre: Magnolias de acero, Señora Doubtfire, Forrest Gump. Ninguna es su mejor interpretación, y ella lo ha dicho en entrevistas sin rodeos. Los papeles de madre llegaron antes de tiempo: tenía treinta y seis años y ya hacía de madre de un Tom Hanks adulto en pantalla, una pieza de edadismo de Hollywood que ha señalado en público y que se ha negado a convertir en agravio. La década se cerró con Eye for an Eye, el proyecto que, según ella, le enseñó a dirigir sus propias decisiones. Debutó como directora de cine con Beautiful y volvió en serio a la televisión coral en Urgencias y Cinco hermanos, esta última le valió su tercer Emmy.

La fase tardía ha sido la más variada de su carrera. Interpretó a Mary Todd Lincoln para Steven Spielberg en Lincoln, una tercera nominación al Óscar y un retrato que defendía a Mary Todd como algo más que la Primera Dama inestable de la historia consensuada. Hizo de tía May en dos The Amazing Spider-Man, un trabajo que ha admitido haber aceptado en parte porque se lo pidieron sus nietos. Volvió a Broadway como Amanda Wingfield en El zoo de cristal y se llevó una nominación al Tony, y después debutó en el West End como Kate Keller en Todos eran mis hijos de Arthur Miller, junto a Bill Pullman. Hizo de superfan de Tom Brady junto a Jane Fonda, Lily Tomlin y Rita Moreno en 80 para Brady, y matriarcas, tías y compañeras en duelo en Spoiler Alert, Winning Time y Dispatches from Elsewhere.

Lo que está en pantalla ahora es la prueba presente. Criaturas luminosas, dirigida por Olivia Newman a partir de la novela superventas de Shelby Van Pelt, llega a Netflix el 8 de mayo. Field interpreta a Tova Sullivan, una viuda que limpia de noche un acuario del Pacífico Noroeste y que termina trabando una amistad improbable con un pulpo gigante doblado por Alfred Molina. La novela le llegó por su hijo: el guionista Peter Craig, que codirige con el productor Bryan Unkeless la productora Night Owl, le pasó un ejemplar antes de que el libro se publicara. Field leyó cuatro capítulos y se comprometió; Night Owl construyó la película alrededor de ella. La actriz a la que nadie dejaba entrar en la sala encabeza ahora un proyecto que llegó hasta ella por la productora de su hijo. No hay moraleja limpia ahí dentro, solo el momento.

Sally Field
Sally Field in Hello, My Name Is Doris (2015)

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