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Dibu Martínez: el pibe que ataja el tiempo convierte la línea del penal en un documental de Netflix

Jack T. Taylor

Un chico en Mar del Plata aprendió, en algún momento entre los ocho y los trece años, que el instante anterior a que un delantero apoye la pierna de apoyo es el más largo del fútbol. Años después, en la línea del punto penal en Doha, ese mismo chico caminó de costado, le habló a un internacional francés y le salvó un Mundial a la Argentina. El nuevo documental de Gustavo Cova sostiene que esas dos escenas son la misma, separadas por dos décadas de ensayo.

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El film toma su título de un relato de Hernán Casciari sobre un chico que descubre que puede parar el tiempo y discute con una pelota que le adelanta todo lo que vendrá. Cova injerta esa premisa de ficción en una biografía real. Ricardo Liniers — el dibujante detrás de Macanudo — ilustra la trama animada. Agustín Aristarán pone la voz de la pelota. La animación no decora. Es la única forma de filmar lo que ocurre en la cabeza de un arquero el segundo previo al impacto, y la película lo asume.

El documental deportivo, como género, suele tener que elegir. O el archivo lleva el peso y los entrevistados explican, o la estructura inventa un marco y abandona el detalle histórico. Esta producción híbrida se niega a esa disyuntiva. Las líneas de Liniers cargan la interioridad. El archivo de Cova carga el registro público: la Copa América 2021, las atajadas del Mundial 2022 ante Coman y Tchouaméni, el Topo Gigio convertido en meme. La película alterna registros sin pretender que las dos mitades acuerden entre sí, y ahí está la apuesta.

Lo que el documental construye, en realidad, es una tesis sobre el arco que el tráiler no termina de mostrar. El oficio en los doce pasos no es velocidad de reacción. Es la decisión deliberada de retrasar la percepción del pateador. Caminar de costado. Sostener una mirada medio segundo de más. Demorar el apoyo de la pelota en el manchón. El pie de apoyo del rival se convierte en una decisión que tiene que tomar dos veces. Martínez en Doha hizo todo esto frente a las cámaras; los espectadores lo leyeron como personalidad. La premisa de Casciari vuelve literal lo que era figura: el pibe que ataja el tiempo creció hasta ser el hombre que le hace olvidar al delantero francés dónde plantar la pierna.

La genealogía del documental deportivo argentino sostiene la apuesta. El modelo de archivo de Asif Kapadia — Senna, Maradona, Federer — usa el montaje para rechazar el formato de bustos parlantes. The Last Dance de ESPN fue al lado opuesto: sillón, micrófono y rito de legado. La animación híbrida en la no ficción aparece, cuando aparece, como ornamento. La decisión estructural de Cova es que el hilo animado cargue la tesis. Mantiene a Lionel Messi, a Lionel Scaloni y al legendario arquero de Independiente Miguel Ángel «Pepé» Santoro en la silla del entrevistado, y deja que Liniers haga lo que el archivo de Kapadia nunca podría: meterse dentro del nene de pueblo que todavía no es nadie.

La firma de Cova es lo que decide no hacer con el archivo. Se niega, casi siempre, al cámara lenta. Las atajadas de Doha existen a cualquier velocidad en las bibliotecas de las cadenas; la repetición reverencial es el camino fácil. El documental deja el archivo a la velocidad que eligieron los relatos en vivo. El tiempo lento, cuando aparece, vive en la animación. El tiempo real corre en el broadcast. Esa partición obliga al espectador a registrar la técnica del arquero como algo que pasó en la cabeza, no en la cámara. La atajada nunca fue lenta. El ensayo sí.

La película aterriza dentro de un momento argentino muy particular. El país tiene la Copa. Tres años y medio de identidad pos-Qatar corrieron del fútbol al relato nacional: Scaloneta, Selección como terapia, el fantasma de Maradona retirado a museos, tatuajes y Nápoles. La ansiedad que sigue a un logro deportivo máximo es qué hacer el año previo al próximo Mundial, con el trofeo ya en la vitrina y la media de edad del plantel subiendo. Cova responde yendo hacia atrás. Pone al pibe antes que al ídolo, el ensayo antes que el trofeo, la duda antes que la certeza.

Agustín Pichot, ex capitán del seleccionado argentino de rugby, hoy productor bajo el sello PEGSA, armó el equipo. Casciari para el guion, Liniers para el trazo, Cova para la dirección: el conjunto es una asamblea cultural argentina deliberada, no una plantilla de documental deportivo importada. La película se rodó entre Argentina e Inglaterra durante 2025, con las escenas inglesas tomadas en Birmingham, donde Martínez juega en el Aston Villa desde 2020. La jugada de Netflix también está a la vista en el casting: la plataforma anunció su slate argentino 2026-27 al abrir sus oficinas en Buenos Aires en abril, apostando por propiedad intelectual deportiva en español que viaje sin pedir permiso al idioma del documental anglo.

La pregunta que el film abre y no cierra es si la premisa del chico que ataja el tiempo le devuelve algo a la familia que lo vio irse de Mar del Plata a los trece. El chico animado sigue hablándole a una pelota. El chico real subió a un tren rumbo a las inferiores de Independiente, después a un avión hacia el Arsenal a los diecisiete, después a préstamos por Oxford, Sheffield Wednesday, Rotherham, Wolves, Reading y Getafe. Ocho clubes antes del estallido en el Aston Villa a los veintisiete. La premisa hace legible la carrera pública. No achica la distancia que vivieron en casa.

Dibu Martínez: el pibe que ataja el tiempo se estrena en Netflix el 28 de mayo de 2026. Dirigida por Gustavo Cova, sobre un relato original de Hernán Casciari y con ilustración animada de Ricardo Liniers. La voz de la pelota animada: Agustín Aristarán. Con Lionel Messi, Lionel Scaloni, Miguel Ángel «Pepé» Santoro y la familia Martínez. Producida por Agustín Pichot para PEGSA.

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